Tuve la dicha de tener un padre que si bien fue pésimo marido, fue un extraordinario Papá. Me enseñó desde niña que en la vida uno debe ser Ceiba y no Palmerita que se dobla, y sobre todo, que lo único que realmente poseemos es lo que está en nuestra mente y en nuestro corazón. “Hoy tenemos, y mañana, no sabemos” me decía siempre. Gracias a eso, crecí atesorando mi libertad en unos tiempos en los que la guerrilla casi nos convierte en otra Cuba. Si bien hoy muchos anhelan romántica, e ilusamente, que eso hubiese acontecido, debieran hablar con gente no del gobierno cubano, sino los que de ese han escapado, para que les cuenten. Recuerdo cuando conocí en la ONU a Armando Valladares, en 1998 luego de más de 20 años como preso político en su natal Cuba. Me impactó lo que nos contó de los horrores que Castro y su pandilla cometían contra quienes osaban expresarse en contra de su régimen o de la ideología comunista. Hoy, podrían hablar también con las víctimas de los dictadores venezolanos, por ejemplo.

Ahora, me río cuando leo los insultos y patanería que escriben los progres, pobres ilusos que creen en esa que Tomás Moro bien describió como una gran utopía, quizás bien pagados oportunista, o ambas cosas. Esos que despotrican, agreden y se desgarran las vestiduras mentales denunciando la crueldad del sector productivo seguro no van a los centros comerciales, no manejan, no usan celular, ni computadora (ponen sus quejas en redes por telepatía ya que odian a las minas que extraen la plata indispensable para cualquier cosa con switch de on/off), no tienen trabajo, no tienen acceso a medicina, no tienen papel higiénico ni pañales ni leche ni huevos ni pollo en sus mesas, seguro andan desnudos y moribundos. En su miopía mental, buscan acabar con quienes, por ejemplo, sí están haciendo esfuerzos substantivos para erradicar la malnutrición en nuestro país. Odian al sector productivo que hoy nos permite tener energía eléctrica barata, vestir como queremos, comer lo que queramos y ser profesionales. Porque los que atacan no son precisamente pobres indigentes, ni gente humilde del interior. Esos que destilan resentimiento y odio en su cantaleta de idioteces no carecen de ninguna de estas cosas, van al cine, a conciertos, usan computadora etc. Los patojos que más despotrican en redes son los que se ven en los cafés de la zona uno, que por cierto es ahora transitable y sumamente agradable gracias al Alcalde Álvaro Arzú (les simpatice o no, es así) y los ve uno con sus T-shirts hechas en la China con la foto de su sociópata favorito, fumando monte y bebiendo cerveza (fabricada por otra empresa que odian a muerte), mientras escuchan musicón de todo tipo (trova, jazz, rock en español y de protesta, etc. creada toda en el mundo libre). Irónicamente, obedecen a quienes tienen sus reuniones en La Noria o Fontabella (que existen también gracias a la oligarquía que detestan) y comen en los mejores restaurantes, los más costosos de la ciudad. Son una partida de hipócritas, pero toca agradecerle que hacen los Euros circular. El resentimiento social que destilan no es más que envidia disfrazada.

La realidad es que Guatemala es un país con un potencial de crecimiento bárbaro, no precisamente gracias a la mentalidad progres. Somos una metrópoli moderna, no gracias a los resentidos sino a los que arriesgando su patrimonio, construyen, abren negocios y arriesgan, porque nada se hace con cáscaras de huevo, invierten y siguen creyendo en su país. Somos una nación con diez mil problemas, pero tenemos diez mil ventajas. No somos Sudán, ni Iraq o Siria, no somos Afganistán o Mongolia. Los problemas se resolverían si nos uniéramos y dejáramos de lado las animosidades del pasado. Si todos queremos progreso, ese se logra sólo con trabajo y el trabajo sólo se obtiene creando oportunidades de empleo. Generación de empleo no se hace desde el Estado, es el sector productivo quien lo crea. El Estado da las condiciones para que se pueda generar empleo, el marco legal dentro del cual se construye y se mantiene el Estado de Derecho, basado en una Constitución que ya tenemos. Todas las leyes son hechas por hombres, y el ser humano es intrínsecamente falible, por lo que todas las leyes son, han sido y siempre serán imperfectas. Lo importante es que no coarten la libertad de ser, crear, inventar y producir.

Otro punto que resalta de los comentarios ridículos en redes es que los mismos emanan del órgano equivocado, porque no vienen del cerebro de quienes los escriben. Si vinieran de sus cerebros, quizás recordarían, como la lógica misma lo indica, que el poder corrompe y el poder absoluto CORROMPE ABSOLUTAMENTE. Justificar un sueldo mensual de casi Q400 mil (sí, casi cuatrocientos mil Quetzalitos al mes, equivalentes a 40 mil EUROS), libre de impuestos, o tener aproximadamente 70 (si setenta) guardaespaldas pagados con nuestros impuestos, justifica el exigir que persigan a TODOS por igual. El que la debe que la pague, pero respetando el debido proceso. Si le exigimos al Presidente de la República, podemos exigirle al Fiscal General, a los Diputados, a los Magistrados y porqué no, al Comisionado Velásquez. Recuerden que sus 40 mil Euros también vienen de impuestos que cada nación contribuyente para pagar el fondo que sostiene la Cicig. Basta de shows mediáticos para justificar el mantenerse en el poder. Queremos ver condenas, de todos los que sean culpables, incluyendo ex Fiscales y ex Comisionados (véase caso Sperisen, proteger a CUC y CONIC por ejemplo). ¿O es que las faltas a la Ley no atañen a quienes la aplican? Queremos ver casos bien sustentados, con todas las respuestas listas, no cacerías de brujas políticamente orientadas, no nada más anuncios de que “pronto” las tendrán. Aunque algunos se la crean aún, porque quieren, nada en política es casualidad. Y esta semana recién pasada, nos vieron la cara con todo este circo mediático surgido de quien haya filtrado información a la Fiscal, que inspiró reacciones de todos los sectores, incluyendo mías, sólo deja claro que estamos desesperados, pero lastimosamente no todos por las mismas razones.

Mientras unos nos preocupamos por amor al país y a nuestra sacra libertad, porque nos da pánico vivir en un régimen a la Venezuela aunque no tengamos fortunas y propiedades que perder, mientras otros, buscan llegar a ese poder que los tiene salivando desde hace décadas, para confiscar lo que no han tenido ni el ingenio ni el valor de producir, amasar fortunas facilito, a la Maduro y a la Castro, mientras nos igualan en la miseria.

Teniendo esas tristes verdades en mente, pregunto, si realmente pusiéramos a Guatemala por encima de nuestros intereses, de nuestras pequeñeces, mezquindades o enemistades, frustraciones y sobre todo, por encima de ambiciones desmedidas, quizás lograríamos dialogar sobre como fortalecer las instituciones en lugar de estar vociferando en favor o en contra de personajes que no serán eternos, buscando resolver todo rompiendo el orden constitucional (y luego no queremos que nos vean como retrógrados a nivel internacional o república bananeras). La idea es ser una nación que lucha por resolver sus tremendos retos civilizadamente. Sin endiosar a personaje alguno que se circunscriba a un momento histórico, pero que como todos los mortales, no encarna en sí mismo la historia de Guatemala.

República es ajena a la opinión expresada en este artículo