En el blog de historias urbanas escribe José Vicente Solórzano Aguilar.

Abro los ojos. Estoy seguro que me acabo de acostar. Busco a tientas el celular, espero a que encienda y achino la vista para ver la hora. La una y cuarto de la madrugada. No puedo volverme a dormir. Temo que pase de largo, me despierte a las cinco de la mañana, y deba cumplir penitencia de hasta dos horas de pie en el bus. En cierta ocasión estuve tan apretado, sin la posibilidad de estirar las piernas, que sentí los escalofríos que anuncian el desmayo. Resistí porque no quise dar espectáculo.

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Sé que falta poco para levantarme cuando escucho la plática de los señores que van a hacer ejercicio en los campos situados a tres cuadras de mi casa. Los vi un par de veces, cuando me tocó salir más temprano. Ya rebasan los cincuenta años, se han de conocer desde niños, y forman grupo para sentirse menos solos. Otra señal es el motorista repartidor de periódicos –¿o será panadero?, nunca lo he visto– que bocina al llegar a cada cruce mientras prosigue su recorrido. En ocasiones pasa hasta dos veces. Esa segunda vez me avisa que ya debo levantarme sí o sí. Al paso que vamos, me digo, se invertirán nuestros hábitos: pasaremos a dormitar de día y trabajar de noche.

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Invasiones musicales

El transporte de la colonia es manejado por dos empresas. La más antigua cayó en poder de delincuentes. Los choferes conocidos desde siempre fueron reemplazados por tipos con siniestro aspecto de pandillero. Hay quien capta pasajeros con las luces apagadas y se desvía por calles que no son las habituales, como si fuera a entregarlos a quién sabe cuál entidad diabólica. Eso, y los rumores de los asaltos que sufren sin que los ladrones carguen con el dinero producto del pasaje, me hicieron cambiarme a la otra empresa.

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Vigencia del “Informe de un suicidio”

Estos buses se instalan en el parque a cinco cuadras de donde vivo. Me toca caminar en lugares poco iluminados. Los distraídos afinamos nuestros sentidos a la fuerza para detectar sombras que puedan brotar de algún poste o casa abandonada, las motocicletas que vienen desde lejos, las personas que vengan en dirección contraria a la nuestra. Cambio de ruta cada dos días por aquello de que me estén controlando. Y me reencontré con calles que tenía años de no recorrer. Veo parqueos donde antes hubo casas con árboles de mango, níspero y guayaba. Una venta de electrodomésticos ocupa el lugar de la farmacia donde compré mis chistes de Archie y Condorito. Demolieron el antiguo edificio de la biblioteca donde solía pasar mis vacaciones y lo cambiaron por un salón más amplio. Espero conserve sus libros; ahí ocurrieron mis primeros encuentros con las páginas escritas por Stendhal, Isaac Bashevis Singer y Juan Carlos Onetti.

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Con suerte encuentro asiento a la par de la ventana. Así evito que mis hombros sirvan de respaldo a los pasajeros que van de pie. Coloco mi mochila en el piso para ocultarla de la vista de los ladrones. Y espero a que el encargado de controlar los turnos de los buses dé un silbatazo para que el chofer arranque. Espero que ningún camión se haya accidentado, o que algún tráiler no se descompusiera al cruzar la avenida. De ocurrir, a cumplir otra vez con las dos horas de penitencia.

Zapatos ajenos