Se despierta en medio de la noche. Está cansada pero no puede dormir más; las pesadillas basadas en hechos reales la siguen atormentando y se han intensificado estas últimas semanas. Teme por su vida, por la de sus hijos y hasta por la de sus agresores, porque como madre buena, ninguno de sus hijos escapa de sus plegarias; pero como madre justa, los traviesos tampoco escaparán de sus regaños.

Pasan las horas de aquella noche que parece interminable. Reflexiona en silencio, con sonrisas escapadas y lágrimas escurridizas. Ya son más de las doce: está cumpliendo años. 196 para ser exactos. Comparada con sus hermanas y primas lejanas, ha vivido pocos pero la intensidad de cada uno ha sido tal que siente que cumplirá el doble.

Hace unos días tenía tanto miedo que sus constantes escalofríos produjeron temblores desde San Marcos hasta la capital. Pocos supieron interpretar su terror; es más, pareciera que le salió el tiro por la culata porque todo empeoró después. Ahora, en la víspera de su cumpleaños, se siente agotada pero no pierde la esperanza. Ya ha escuchado diversos comentarios de algunos hijos que, a raíz de las decisiones tomadas por otros, no se sienten con ánimos de festejarla. No entiende el porqué. No celebrar es perder la batalla; dejarse cambiar la sonrisa por los tiranos es debilidad, piensa.

Quiere festejar. ¡Quiere que la celebren! Sabe que son tiempos difíciles, pero ella aún está aquí. ¡No se ha ido a ningún lado y no planea irse! Quiere que le canten su canción y que la mimen; la han lastimado tanto que ahora esto es lo mínimo que pueden hacer por ella. ¡196 años no deben darse por sentado!

Se pone su mejor vestido. Se pinta de celeste y blanco. Se arregla el pelo y respira profundo. Acaricia a su bello quetzal, quien se postra en su brazo derecho, que levanta a la altura del hombro. Sale al balcón. Siente la brisa en la cara y levanta los brazos. “¡Libertad!”, grita. Se siente libre, aunque en el tobillo tenga unos grilletes, puestos por los tiranos, que por ahora no la dejan salir del edificio.

Esfuerza una sonrisa. Es su cumpleaños. ¡Es el día de la independencia! Independencia, aunque agridulce, es independencia y debe celebrarse como fiesta de esperanza; esperanza que apuesta para que algún día salgamos de esta.

 

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