En el blog de historias urbanas escribe José Vicente Solórzano Aguilar.

De niño fui tan bien portado que me nombraron presidente de la clase y no funcioné. También fui abanderado toda la primaria. Me creí el cuento de que era un alumno inteligente hasta que me recetaron mi duro encontronazo con la verdad en los básicos. De ahí en adelante floté en la zona media, lejos de la hexagonal final por el título pero a salvo del repechaje o la lucha por evitar el descenso a tercera división.

Si pudiera retroceder a aquel entonces, tan cercano en mi memoria, me gustaría pertenecer a la banda del colegio. Supongo que les hubiera causado más gastos a mis papás: todo integrante de banda que se respete debe lucir su uniforme con galones dorados y cubrirse la cabeza con su quepis al estilo Sargento Pimienta. Mi instrumento sería el redoblante, lo que implicaría la compra de parches y baquetas de repuesto. No tiene gracia pasársela somatando el bombo durante todo el desfile: ha de causar la misma sordera que afectaba a los artilleros cuando las guerras se resolvían a cañonazos. Y el xilófono se me hace demasiado complejo. ¿Cómo hacer para no confundirse de tecla? Mejor dirijo el paso de gastadores, batonistas y demás alumnos obligados a marchar.

Seguro que los ensayos eran más entretenidos que pasarse todo el rato haciendo tareas y estudiando para responder los cuestionarios del viernes. Tenía sus compensaciones (podía deleitarme con la franja de dibujos animados y teleseries como El auto fantástico, Lobo del aire, Los Magníficos y El Renegado antes de acostarme), pero me privé de lecciones para no tomarme las cosas demasiado en serio y el conocimiento necesario para superar mi timidez ante las mujeres. Eso se aprende con los amigos, no metido entre los libros. Seguro que tendría más nociones de teoría musical, me inspiraría en el Blanco Aporreador de Tambores imaginado por Miguel Ángel Asturias para “Cuculcán, serpiente envuelta en plumas” y me la pasaría emulando a Mel Taylor, Mitch Mitchell y John Bonham los fines de semana.

No pertenecí a la banda del colegio, pero años después tuve la oportunidad de ir a traer la antorcha y regresar con ella antes de la medianoche del 15 de septiembre. Esa es otra historia. Su principal inconveniente son los peligros de la carretera: una caída del picop o del bus que transporta a los corredores, un camión que pase cerca y se le vayan los frenos. Pero todo eso se olvida en nombre de la aventura, la camaradería y la satisfacción de arribar a la meta aunque las plantas de los pies terminen en carne viva. Todavía me acuerdo cuando atravesamos cierta zona costera, sin árbol que diera sombra e infestada de zancudos; ahora me pregunto cómo no nos enfermamos de paludismo o dengue. Me pasé dos o tres días con el zumbido atravesado en mis oídos.

Total que no me amargo si se retrasa la camioneta a causa de las antorchas o de oírse hasta mi casa el repaso de la banda escolar. Por supuesto, evito los nacionalismos y no caigo de rodillas ante la bandera. Me es grato pertenecer al territorio que alumbró los mitos del pueblo mayaquiché recopilados en el Popol Wuj, brindó espacio para que Bernal Díaz del Castillo fundara la literatura escrita en el español de América con la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, y motivó la composición de la Rusticatio Mexicana, poema neolatino debido al primer escritor guatemalteco muerto en el destierro, Rafael Landívar. Y eso, mi amigo, no es cualquier moco de pavo.

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