La semana que recién concluye nos deja una serie de sinsabores, gracias al Congreso de la República. Con la aprobación apresurada y a la medida de las reformas al Código Penal, demostraron la decadencia en que se encuentra la clase política en el país y confirmaron la necesidad de depurar al Legislativo.

De lo poco positivo que puede rescatarse de tan penoso capítulo está el hecho de que distintos sectores y distintas ideologías demostraron que hay un consenso sobre la necesidad de renovar liderazgos y partidos políticos. Las voces y expresiones que salieron a luz tras el #Pactodecorruptos llegaron a un punto de convergencia: urge depuración y una reforma a la Ley Electoral y de Partidos Políticos.
Perfecto. Ya sabemos qué necesitamos; ahora es necesario concentrarnos en el cómo. Es aquí donde empieza de nuevo la polarización y las dudas sobre cuál es el camino correcto. Por mi parte, no quiero ser pesimista, pero muchos de esos cambios están en manos de esa misma gente que, con tal de blindarse a sí mismos, le dieron impunidad también a pandilleros y otros delincuentes.

En lo personal, me aterra saber que una reforma electoral estaría en manos de una Unidad Nacional de la Esperanza (UNE) que se vende al mejor postor; un FCN con cero credibilidad y otras bancadas que bailan al son que les toquen. Son pocos diputados, a quienes se les puede contar con una mano, los que han intentado rescatar un poco la dignidad del Congreso… tan solo un poco.
Por ello, una reforma electoral no puede dejarse solamente en manos de los parlamentarios. El acompañamiento ciudadano es indispensable, por parte de organizaciones que tengan representatividad y credibilidad, y no de grupúsculos oportunistas que siempre surgen en el marco de las crisis.

La otra vía que se debe explorarse para evitarse más tragos amargos como el del miércoles 13 de septiembre, el miércoles negro, es recurrir a la formación de nuevos liderazgos. Hasta hoy, los partidos políticos eligen a sus candidatos por la cantidad de dinero que aportan o por el cacicazgo que ejercen en sus comunidades; en este último sentido, han confundido el liderazgo con el dominio, pues solo les interesa la cantidad de personas que puedan acarrear en un mítin, aún a base mentiras o de una falsa solidaridad (el clan Medrano en Chinautla es el mejor ejemplo).

El candidato mismo, incluso, se aprovecha del partido, el cual sirve únicamente de vehículo electoral y se deja de lado la preparación de figuras con perfiles dignos, con formación académica de alto nivel y con un pasado intachable. Si los partidos políticos invirtieran más en capacitar a su gente y tuvieran una auténtica visión de futuro, no tendríamos organizaciones canceladas o señaladas de financiamiento ilícito, sino verdaderas instituciones.

Es el panorama anterior lo que espanta a los buenos guatemaltecos. La inestabilidad de las organizaciones políticas y una burocracia pantanosa, hace que los buenos perfiles vean una candidatura como lo último que harían en su vida. ¿Quién quiere hacer política en Guatemala? Yo, al menos, he sondeado a personas cercanas sobre esa posibilidad y solo responden espantados que “jamás” perderían su buen nombre con un partido político.

Y formar nuevas organizaciones tampoco es fácil. Hay buenas organizaciones que fungen como tanques de pensamiento o de formación, pero tampoco quieren arriesgarse en las aguas turbulentas de la política.

No podemos esperar más. Por una parte, debemos reformar el sistema de partidos y las reglas del juego y, paralelo a ello, inspirar a la gente buena y darle las condiciones óptimas para que nos represente en el Congreso, en el Ejecutivo y todas las instituciones del Estado.

Ya nos enojamos, ya nos indignamos, pero, ¿qué haremos ahora para darle una limpieza profunda a los poderes del Estado? Manifestar está bien, pero una consigna se pierde en el aire. Que esta crisis sirva para inyectar valentía a quienes sí harían un buen papel desde una curul o la misma silla presidencial, y ayude a canalizar toda la energía social en la formación de una nueva generación de políticos.

 

República es ajena a la opinión expresada en este artículo