Dicen que la política es como la física, que no existen espacios vacíos. Pero también hay que decir que se parece mucho al arte del sastre. Con una buena cinta métrica y una tijera afilada un buen sastre puede hacer una excelente pieza de vestir, así como un sastre torpe y descuidado simplemente la puede echar a perder. Todo depende de la habilidad de la mano que maneja el instrumento. En política funciona un tanto igual. Un marco legal simplemente será aquello que la destreza o impericia de quien lo elabore, pueda finalmente producir.

Con la crisis que se ha desarrollado en los últimos días, producto de uno de los episodios más vergonzosos de nuestra historia política, se ha puesto de nuevo sobre la mesa la discusión sobre las necesarias reformas a la ley electoral. Nadie duda que parte del problema que hoy tiene nuestro sistema de partidos políticos es el de presentar un esquema legal que favorece el clientelismo y el caudillaje. De hecho un político de colmillo largo presumía hasta hace no muchos años, que “llevaba al partido político en el baúl de su carro”. Esto ha sido producto de la falta de mecanismos democráticos internos en estas instituciones. Eso es parte, por ejemplo, de lo que habrá que conversar en este ejercicio.

Sin embargo la discusión deberá tener dos especiales cuidados. El primero es la prisa. El hecho de querer aprovechar el momentum para conseguir cambios estructurales no nos debe hacer aprobar a raja tabla y sin mayor análisis todo lo que se nos ponga enfrente. Recordemos que las últimas reformas todavía siguen siendo descifradas como si de una piedra roseta se tratara, todo esto por el hecho de haber sido redactadas al galope por un grupo reducido de diputados.

El segundo riesgo, rescatando la analogía del sastre, es el de querer hacer un traje a la medida. Tan inconveniente es tener hoy un modelo personalista como también lo es el querer diseñar un modelo político que calce a la perfección de intereses muy específicos. Todo aquello que parta de soslayar o hacer a un lado una norma general de aplicación debe ser objeto cuando menos de un sano cuestionamiento. El truco detrás de ciertos controles financieros, las cuotas políticas, la regionalización excesiva del modelo o los repartos del financiamiento público pueden terminar poniendo nombre y apellido a las reformas. Y de nuevo simplemente habremos sustituido a unos pocos usufructuarios del poder por otros. Mismos rituales, otra tribu.

La oportunidad la tenemos a la vista. A la discusión habrá que sumar no sólo a ciertos grupos de presión o de intereses especiales -que suelen ser los más vocales en estos asuntos- sino también a los expertos legales, a los que conocen y han llevado procesos electorales sobre sus hombros, a las entidades de servicio cívico y finalmente a los que conocen de prácticas internacionales exitosas. Con su consejo puede hacerse una buena reforma. El timing conveniente, la masa crítica para apoyar su aprobación y la coherencia técnica del contenido de la reforma serán al final los mejores auxiliares del sastre y su tijera.

 

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