En el blog de historias urbanas escribe José Vicente Solórzano Aguilar.

Llego al fin de mes con 95 quetzales en la billetera y 14 resguardados en mi tarjeta de débito según la consulta que acabo de hacer en el cajero. No creo que el viernes vayan a liberar la quincena; me tocará esperar hasta el primer día hábil de octubre. Tendré que ser paciente, ahorrarme la salida al cine y permanecer en casa viendo películas.

En eso pensaba cuando dos compañeras llegaron a hacer colecta en la oficina. Murió el papá de uno de los conserjes; pedían ayuda para cubrir los gastos del funeral. Suelo apoyar, nunca se sabe qué emergencia tocará afrontar, pero esta vez “fingí concentrarme en mi trabajo” mientras las compañeras pasaban recibiendo billetes de a diez o veinte quetzales en sobre manila. Lo siento, mi necesidad es mayor. Con esos diez quetzales tengo parte del pasaje resuelto para el lunes.

Como buena parte de los trabajadores asalariados –no conviene generalizar al escribir “todo el mundo”, siempre están los previsores–, me pregunto en qué se me irá el dinero. Entrego mi cuota para el gasto del hogar, paso comprando lo que haga falta al supermercado –aceite de oliva, azúcar, leche, cereal–; siempre hago mi acopio mi cuota de discos y libros, aunque se me amontonen los que esperan años para escucharlos o leerlos. Y cada fin de quincena se repite el mismo episodio: a regatear centavo a centavo, a fijarme cuando salgo a la calle si por casualidad aparece tirado el billete salvador que me sirva de refuerzo y ver cómo le hago para pagar mi impuesto al pequeño contribuyente.

Entonces, me entretengo con películas y documentales. Sin imaginar sus tres horas de extensión, el sábado pasado me senté a ver Living in the Material World, documental de 2011 dirigido por Martin Scorsese centrado en la vida y obra de George Harrison.

Mi único reparo es que no citen el juicio que enfrentó por el supuesto plagio de la canción “He’s So Fine”, del conjunto vocal The Chiffons, cuya secuencia de acordes es demasiado parecido al que encadenó “My Sweet Lord”, su mayor éxito –o quizá si lo mencionaron, pero tan de pasada que no me di cuenta. A cambio incluye entrevistas con personajes que fueron vitales en la formación de los jóvenes Beatles, como la fotógrafa Astrid Kirchherr y el dibujante Klaus Voormann.

Ahora mi opción es completar los trece episodios de Koutetsushin Jeeg, puesta al día de la serie de robots que conocí en mi infancia como El Vengador. Entre el lunes y el viernes vi ocho capítulos. La historia se sitúa en el año 2025, medio siglo después de la saga original. Durante la batalla final entre El Vengador y la reina Himika, soberana del feroz imperio Haniwa, la isla de Kyushu, la más sureña del archipiélago japonés, quedó envuelta en una nube que la aparta del espacio y el tiempo. Un terremoto hace que la reina y sus secuaces despierten de su letargo para retomar la búsqueda de la campana de bronce, reliquia que utilizarán para reclamar el dominio de la Tierra. La oposición a sus designios está en manos de los científicos asentados en la Build Base –varios los combatieron en la incursión de 1975– y el nuevo Vengador, pilotado por el motorista Kusanagi Kenji.

Como todos los héroes japoneses, Kenji es un muchacho torpe, vanidoso y arrogante; recibirá unas cuantas palizas en lo que capta el significado de su misión y aprende a utilizar al Vengador. La serie está concebida para los adultos que siguen fieles a sus devociones de la niñez, por lo que abundan los dobles sentidos y las miradas golosas a los escotes femeninos. Los subtítulos al español incluyen explicaciones acerca de refranes y la relevancia de ciertos períodos de la historia japonesa desconocidos para el televidente. Total, que me aliviarán la espera del pago quincenal.

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