Algunas reflexiones detrás de la historia del superhéroe.

Hace unos fines de semana, aquejado por una gripe que me condenó a la cama, tuve algunas horas libres de la rutina. Sucumbiendo a las presiones de Daniela, quien desde hace meses me ha insistido en expandir mis horizontes cinematográficos, y cambiar las películas históricas o políticas por algo más mundano, me adentré en la trilogía de Batman: The Dark Knight.

La idea no me pareció tan mala. Después de todo, la dirección de la trilogía es de Christopher Nolan, quien a mi gusto es el mejor director del siglo XXI. Nolan –por cierto- se caracteriza por la profundidad psicológica de sus personajes, por plantear el conflicto entre la realidad del yo y las percepciones creadas por el subconsciente y por abordar diversas motivaciones humanas como el miedo, la venganza o la competitividad extrema. Además, recurre a técnicas narrativas como la temporalidad no-lineal o la utilización de recursos literarios como giros de trama que permiten al televidente llegar a sus propias conclusiones sobre el final de sus obras.

Para mi agrado, me topé que la trilogía más allá de presentar la historia de un superhéroe, plantea una profunda reflexión sobre el crimen, la corrupción y la lucha por la justicia.

El contexto de la historia rápidamente se me hizo conocido: Ciudad Gótica vive en el desasosiego, que se manifiesta en una seguidilla de crisis que afecta el mismo espíritu de su sociedad. Todo es producto de una degradación de valores sociales: la corrupción es aceptada, el crimen se ha extendido, las mafias inundan la ciudad con drogas, la Policía ha sido cooptada por la mafia y no existe una remota expresión de liderazgo para contrarrestar estos males.

Batman no es más que la lucha de un “vigilante” por romper ese círculo vicioso de corrupción y desasosiego. Pero más que un superhéroe, en la construcción del personaje, Nolan quiere presentar algo más trascendental: un mito unificador. Batman representa la trascendencia de la persona a un símbolo, que aspira a ser imitado y que busca dar esperanza a la sociedad respecto que luchar contra el crimen, el conflicto, la violencia y la corrupción, es posible.

Pero no nos perdamos. Batman lucha contra el mal desde la oscuridad y con violencia. Por ello, su deseo de convertirse en el mito unificador se queda corto. El verdadero cambio de patrones sociales requiere de una figura humana que simbolice ese mito. Ese rostro es el fiscal Harvey Dent, quien personifica la lucha contra el crimen y la corrupción, y para lo cual utiliza recursos legítimos como la ley y la institucionalidad. La función de Dent es sustituir a Batman en el rol del “mito unificador” y de generador de esperanza entre los ciudadanos.

Ante la arremetida de la justicia, era natural esperar la contraofensiva del crimen. Y eso es lo que representa el Guasón personificado por Heath Leather, el sicario a quien la mafia temerosa y acorralada le entrega el poder de contraatacar a los promotores de la justicia. En esa contraofensiva, Dent sufre una tragedia, lo que le hace transitar hacia el bando del mal.

El final de la segunda y tercera película pone en relevancia la salida a ese dilema. La necesidad de salvaguardar la pureza del mito. Cuando Batman se inmola para garantizar la buena imagen de Dent, se materializa la frase repetida en varias ocasiones durante la trilogía: “O mueres siendo un héroe o vives lo suficiente para volverte un villano”. Es decir, el mito unificador de justicia tarde o temprano pierde la pureza y se convierte en una fuente de cuestionamiento.

Pero más allá de la trama, existen algunos dilemas de los cuales se logran extraer analogías importantes. Por ejemplo, la presencia de un actor externo que sacude los cimientos corrompidos de la sociedad, provoca temor e inestabilidad, lo cual lleva a muchos a cuestionar si realmente vale la pena luchar por la justicia. Otra reflexión está asociada a la escalada. En su momento, el Comisionado Gordon le plantea a Batman el dilema de cómo evitar que el conflicto entre el mal y la justicia suba de intensidad hasta niveles insostenibles de violencia.

Y finalmente, el grado del purismo en la búsqueda de la justicia. Para Ra’s al Ghul, quien entrenó a Bruce Wayne y Batman, “el crimen no debe ser tolerado y los criminales prosperan por la indulgencia de la sociedad”, lo cual deja entrever en su purismo el deseo de perseguir cualquier expresión de delito, por mínima que parezca. Pero para Ghul, la lucha contra el crimen y la corrupción requiere de una destrucción creativa, es decir, destruir todos los cimientos podridos de la sociedad para construir sobre ella un tejido social con nuevos valores. Sin embargo, el mismo Batman rechaza esa visión nihilista de la construcción de justicia. Él cree que en medio de todo se puede trabajar con las personas e instituciones existentes.

¿Será posible resolver el conflicto entre el mal y la justicia? ¿O será un proceso inherentemente cíclico? ¿Será que el temor al caos prevalece sobre la justicia?

Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Si le parece fuera de tono esta columna, tómese unas cuentas horas (unas diez, la verdad) para que pueda descubrir (como yo lo hice) que detrás de la historia del superhéroe existen reflexiones bastante profundas.

 

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