Que todos tenemos una ideología, todos la tenemos. Sea que odia toda forma de gobierno y le gusta el anarquismo, o que le encanta que papá gobierno se meta hasta en la sopa y le gusta el socialismo, o que es amigo de repartir lo ajeno y le gusta el comunismo, o que por el contrario, quiere que el gobierno se meta en el mínimo indispensable y le gusta el liberalismo o el republicanismo. El punto es que todos tenemos nuestra visión y nuestra ideología, y aún en este país lindo en que vivimos, no hemos aprendido a respetarnos mutuamente.

Es así que cuando faltan argumentos, agredimos. En lo que al tema de la corrupción se refiere, han aflorado tantos resentimientos en unos hacia otros, que es como si sólo los hígados o los corazones funcionaran y las mentes pasaron a un quinto plano. Total, estamos sumergidos en una polarización sin precedentes en nuestra historia, que viene alimentada de los medios que mal informan a la población, de las pasiones que parecieran estar cual partículas en el aire que respiramos, las personas que creen lo primero que leen y no buscan extremos para sacar sus propias conclusiones, y quienes permanecen en el margen, apáticos e indiferentes al acontecer nacional.

Si nos detenemos un momento a pensar, dejando hígado y corazón afuera, pregunto ¿qué Guatemala deseamos? Creo que se sorprenderían al darse cuenta que las respuestas de casi todos son las mismas, o al menos eso elijo creer por mi manía de ver el vaso medio lleno y no medio vacío.

Los guatemaltecos queremos vivir en una Guatemala dónde el individuo sea libre de hacer con su vida lo que le plazca. Un país en el que si uno quiere se pueda educar hasta lo más profundo de su intelecto, y si no quiere, hasta su ambición poca o mucha le exija. Deseamos una nación en la que podamos salir a la calle a vivir nuestras vidas sin temor, sabiendo que la probabilidad de volver a casa sanos y salvos es altísima, quién quita y hasta sin tener que pensar en el tema de la seguridad. Queremos una Guatemala que ofrezca oportunidades a sus hijos, o a quienes están más jóvenes, para desarrollarse y alcanzar sus sueños. Un país que sin perder la belleza natural que Dios le ha dado, tenga desarrollo y progreso hasta en el último rincón. Dónde haya agua potable y energía eléctrica baratas, dónde las carreteras funcionen y los mayores peligros que corramos sean derivados de la incontrolable Madre Natura y no causados por la maldad o la negligencia de otros seres humanos. Y porqué no, un país dónde la gente se ayude y se apoye, no se ataque y se haga daño como si ese fuera el comportamiento natural del humano en sociedad.

El problema es como llegar a eso. Unos dicen que sólo nacionalizando hasta lo último, otros que liberalizando todo bien y servicio, otros que si el sector productivo no lo hace lo haga el Estado y viceversa, y variamos en cuanto a las reglas bajo las cuales operar.

Seguramente se necesitaría aprender a aceptar las ideas ajenas, escucharlas y analizarlas antes de debatirlas, y de poner lo substantivo por encima de lo subjetivo. Quien propone la idea puede que no sea santo de su devoción, pero si la idea es buena, si las consecuencias pueden ser positivas, si la meta lo amerita, ¿porqué no escuchar y tratar de trabajar juntos? El impedimento de esto es siempre el mismo, la ambición de poder y fortuna, que hace a quienes los tienen cegarse para preservarlos y a quienes no lo tienen, capaces de cualquier bajeza para alcanzarlos. Triste nuestro caso, pero con voluntad se podría salvar.

En estos momentos de crisis política, polarización y antagonismo, debiéramos buscar más bien esos puntos de convergencia para alcanzar las metas comunes, quizás inclusive mezclando fórmulas para abordar los retos. La idea al final es construir patria, no destruirla, espero.

 

República es ajena a la opinión expresada en este artículo