Si vamos a iniciar un diálogo nacional para construir la república, convendría partir de aquellos principios en los que todos estemos de acuerdo para luego discutir las distintas interpretaciones y formas de implementarlos. Supondré que estamos de acuerdo en los principios republicanos declarados por los revolucionarios de la Ilustración: Libertad, igualdad y fraternidad.

LIBERTAD

Libertad no es igual a libre albedrío o autodeterminación. El libre albedrío es la facultad de actuar según la propia voluntad, es decir, poder deliberar entre distintas opciones y actuar según se haya elegido. La autodeterminación es la capacidad para tomar determinaciones por cuenta propia, poder optar entre actuar de un modo o de otro, poder personalmente determinar sus objetivos y elegir los medios que estime mejores.

Tampoco se refiere “libertad” a estar exento de las limitaciones que las leyes físicas imponen. Decir que uno no es libre porque no puede volar como un pájaro no tiene sentido. Tampoco lo tiene el afirmar que uno no es libre porque tiene que trabajar para producir los bienes que necesita para su sustento diario. Menos aún lo es pretender no sufrir los efectos perniciosos en órganos físicos y mentales del hombre como resultado de consumir drogas.

Mucho menos significa la sustitución de la responsabilidad personal por los hábitos virtuosos o viciosos, ya que uno nunca es esclavo de su conducta. Decir que uno es esclavo de sus vicios es confesar la propia falta de voluntad de enmendar su comportamiento.

La idea de libertad sólo cobra sentido en la esfera de las relaciones interhumanas. Es una fantasía suponer que el hombre era libre en el quimérico estado de naturaleza anterior al establecimiento de las relaciones humanas. Tal animal hombre, autárquico e independiente, gozaría de autodeterminación sólo mientras, en su deambular por la tierra, no se tropezase con los contrapuestos intereses de otros más fuertes que lo obligaran a entregarse incondicionalmente. Ciertamente nuestros primitivos antepasados no nacieron libres.

La liberta es la capacidad de actuar en búsqueda de la propia idea de la buena vida sin estar sujeto a la voluntad arbitraria de otro, al estar protegido por leyes que salvaguardan su autonomía con un gobierno capaz de imponerlas.
Ser libre es no ser esclavo. ¡Así de simple!

Ser libre es poder uno actuar de acuerdo a su mejor juicio, de poder buscar vivir la vida como uno quiera vivirla, de poder disponer del fruto del propio trabajo –su propiedad– como uno desee para el fin que uno se haya propuesto.

Gobernar implica siempre recurrir a la coacción y a la fuerza, y la función del gobierno es respetar y defender la libertad de sus ciudadanos a determinar el camino de sus propias vidas. Esta acción sólo es compatible con el mantenimiento de la libertad cuando se delimita y restringe convenientemente la órbita estatal por medio de una constitución. En la esfera del gobierno y del estado, la libertad implica una restricción específica impuesta al ejercicio del poder político. Como el mundo se halla pleno de matones y tiranos sin escrúpulos, la sociedad debe poder defenderse de los más despiadados opresores. Quien ame la libertad debe hallarse siempre dispuesto a luchar hasta la muerte contra aquellos que sólo desean suprimirla. Este precepto lo entendió bien Thomas Jefferson quien escribió en El Espíritu de Resistencia: “El árbol de la libertad debe regarse de vez en cuando con la sangre de patriotas y tiranos.”

Por eso, el anhelo de libertad exige combatir siempre la tiranía. La tiranía debe provocar en nosotros la justa indignación al observar el abuso del fuerte sobre el débil. La tiranía debe ofender nuestro sentido de justicia y de igualdad, pues al colocar a algunas personas por encima de otras basado únicamente en el privilegio, amenaza la dignidad y autonomía humana.

Pero la tiranía no se presenta sólo con la faz del dictador o del déspota –los derechos básicos y libertades de los individuos pueden ser violados aún en una democracia. El filósofo John Stuart Mill escribió en su libro Sobre la Libertad, de la posibilidad de la tiranía de la mayoría, en la que una mayoría de votantes en una elección legítimamente democrática, podían violar los derechos y libertades de una minoría. Desafortunadamente esta no es sólo una posibilidad teórica, sino que una realidad que hemos visto a lo largo de la historia de nuestro país así como la de otros cuando a mujeres, afroamericanos, indígenas y a homosexuales se les ha negado su derecho moral a tener propiedad, disponer sobre su propio cuerpo, votar, y casarse.

Esta violación de los derechos y libertades de minorías es producto de leyes ilegítimas aunque democráticas. La tiranía de las mayorías debe servirnos como recordatorio de que los principios esenciales, los derechos y libertades no son sujetos del voto democrático, sino que deben garantizarse por justicia e igualdad.

Es muy difícil ejercer plenamente la libertad sin un sistema efectivo de justicia que proteja los derechos de todos por igual. Por eso debemos concordar en un sistema que límite el voto democrático a aquellos aspectos que no violen los derechos de individuo alguno.

Continuará.

 

República es ajena a la opinión expresada en este artículo