En el blog de historias urbanas escribe José Vicente Solórzano Aguilar.

En mi oficina ronda un muerto de hambre.

Me enteré el jueves de la semana pasada, al ir por el trasto donde guardo mi almuerzo.

Nada más encontré las papas, las zanahorias y un par de rodajas de cebolla.

Ni señas del trozo de milanesa de res que aparté anoche, con su huevo estrellado encima.

Maldije al gracioso, deseándole una severa infección intestinal por apoderarse de la comida ajena, y salí a comprar pepián de pollo.

El lunes volvió a las andadas.

El filete de pescado que estaba seguro haber visto desde anoche, cuando guardé el recipiente en el refrigerador, pasó a la historia.

Todo mi almuerzo se redujo a un puñado de coditos y la bolsa de sandía que logré comprar en las afueras.

Desde hoy sello con cinta de aislar mi trasto.

El muerto de hambre pasará trabajo si intenta romperla. El sello solo se puede cortar con la cuchilla cortahojas que guardo en la gaveta.

Estaba ocupado en quitársela cuando una de las recepcionistas me preguntó por qué envolvía mi comida.

Le conté la historia acerca del muerto de hambre.

“Huy, es cierto”, contestó.

Me dijo que hacía poco, cansada de buscar sus recipientes en la refrigeradora, se encontró con que ya los estaban lavando en el fregadero.

“A otro compañero”, prosiguió, “le robaron sus platos y sus cubiertos”.

Ahora me pregunto quién podrá ser el muerto de hambre.

Me fijo en los compañeros a la hora del almuerzo.

¿Quién podrá tener aspecto de irlandés famélico, de los millones que vagaban entre sembradíos de papa arrasados por la plaga de tizón a mediados del siglo XIX?

¿O quién tiene pinta de cubano arrasado por la hambruna bautizada como “período especial en tiempo de paz”, cortesía de algún siniestro ocurrente, que asoló la isla de 1991 a 1995?

Tampoco detecto a quien semeje niño criado a duras penas en el corredor seco del Motagua, condenado a la poca estatura y el escaso desarrollo intelectual.

Entonces me imagino el ambiente que lo rodea.

No ha de tener una madre amorosa, una esposa atenta, una hermana abnegada, alguien que le prepare su comida.

Quizá es el único varón de la familia –estos hurtos tienen sello masculino– y lo malcriaron cuando pequeño.

No puede valerse por sí mismo y se ve en la necesidad –funesta palabreja– de apoderarse de la comida ajena.

Mientras tanto, el muerto de hambre respeta el sello.

Seguro que otros platos sufren sus asaltos.

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