En países desarrollados ser maestro es el mayor de los honores. Me impresiona la manera en que estas naciones se han unido para elevar la profesión docente, y así dejar la educación de las futuras generaciones a cargo de su mejor talento. Sueño con el día en que la niñez guatemalteca reciba ese tipo de educación, pero el reciente fallo de la Corte Suprema de Justicia, nos aleja de ese sueño.

Hace algunos meses la Corte de Constitucionalidad abrió el camino para la restitución de la carrera de magisterio, cuando le autorizó a la Escuela Normal Bilingüe Intercultural del cantón Xolacul en Santa María Nebaj, Quiché, restituir la carrera magisterial a partir del 2018. Tal y cómo muchos temíamos, esta resolución generó un efecto dominó. El pasado lunes fue anunciado el regreso de la carrera de magisterio a nuestro sistema educativo, en esta ocasión, gracias al recurso de amparo planteado por la bancada de la Unidad Nacional de la Esperanza (UNE).

Recordemos que la reforma educativa de nuestro país ha recorrido un largo y empinado camino. En 2009 inició un diálogo multidisciplinario en la mesa de Formación Inicial Docente. Partiendo por reconocer las carencias del actual sistema, la mesa buscó consensuar los cambios necesarios. En 2012 el Mineduc resolvió preparar a los docentes a un nivel universitario, el magisterio fue oficialmente sustituido por el bachillerato con orientación en educación y se ampliaron los años de estudio. Estas medidas nos acercaban un poquito más a las mejores políticas de formación docente del mundo. Es evidente que, si tan solo el 35% de docentes optantes a plaza pasan la prueba de matemáticas, tres años es insuficiente para lograr una formación adecuada.

No existe una fórmula mágica para formar a esas futuras generaciones de maestros. Pero, en las últimas dos décadas, países de toda la región han impulsado reformas educativas que incorporan medidas orientadas a fortalecer y mejorar la calidad de la formación inicial docente. En ese sentido, es posible identificar tres tendencias. La primera es la búsqueda del fortalecimiento de las instituciones de formación. La segunda se refiere a la creación de instituciones rectoras que establezcan los estándares para los docentes, evalúen su desempeño y acrediten la calidad de los procesos de formación. Y, la tercera, definir los lineamientos curriculares que orienten la formación inicial.

Por ejemplo, en México y Colombia, la formación docente está a cargo de universidades pedagógicas. En Bolivia y Ecuador trabajan con Institutos Terciarios, cuyo sistema es parecido al de una universidad. Y en Chile, la formación de maestros es exclusiva de universidades. Sea cual sea el caso, se ve un profundo compromiso con la formación de futuras generaciones de maestros. Un escenario totalmente contrario a lo que pasa hoy en nuestro país. La reciente decisión de restituir el magisterio a nivel de diversificado implica un franco retroceso para Guatemala.

Esta medida no solo es retrógrada, sino que también es totalmente nociva para la educación de nuestros niños y jóvenes. No es más que un capricho de unos cuantos cuyos intereses no reflejan los del país entero. Me pregunto, ¿a quiénes busca congraciar la UNE, aunque signifique sacrificar a la niñez? ¿Qué motivó esta decisión? Es lamentable que asuntos tan importantes, como la educación de nuestros niños, se politicen así. Parece que ignoran por completo que la única manera de acabar con el círculo vicioso de la pobreza, es con una educación de calidad. En lugar de eso, nuestros honorables gobernantes deciden regresar a un modelo educativo totalmente obsoleto, como si hubiese funcionado. ¿Cómo pretendemos avanzar de esta manera?

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