En el blog del arte participa Leo De Soulas y esta es su colaboración.

Es de suponer que, para ser artista, una persona debe reunir en principio una serie de condiciones esenciales, sin las cuales sería imposible llamarse como tal. Estas condiciones podrían resumirse basándose en cuatro aspectos básicos que, en cierto sentido, repiten un proceso comunicativo. Y es que el meollo del asunto es que toda expresión artística, al final de cuentas, no deja de ser más que una forma de comunicación, especial si se quiere, pero comunicación al final de todo. De ahí que, entre estas condiciones básicas, todo artista debe tener algo qué decir, un contenido sustancial que desea —a veces de manera imperiosa— dar a conocer. A su vez, este contenido necesita tomar una forma a través del dominio técnico de un medio de expresión, gracias al cual la obra se concretiza. Pero este medio de expresión solo logra obtener realidad material a través de un código, que en el caso del arte se caracteriza por su autenticidad y originalidad. Finalmente, la obra de arte no existiría sin la presencia de espectador que sea capaz procesarlo y digerirlo.

Habiendo, pues, establecido estos cuatro aspectos, merece la pena detenerse específicamente en cada uno de ellos para dilucidar con claridad la esencia de ese conjunto de productos a los que los críticos, los curadores y los academicistas llaman «obras artísticas» y que, hasta el siglo XVIII, fueron clasificadas en categorías más o menos rígidas dentro de las artes figurativas, clásicas y modernistas de cuño burgués. También a aquellos productos que experimentaron la liberación romántica y que gradualmente fueron perdiendo su precisión y pureza, hasta quedar convertidos en híbridos no figurativos, con una apertura mayor hacia los valores estéticos y que fueron desembocando hacia un posmodernismo en el que prácticamente todo se valida y en el que la misma actividad crítica ha alcanzado las mayores de sus cumbres.

La vida como materia bruta del arte

Pero volviendo a los cuatro aspectos antes mencionados, merece la pena detenerse de manera breve en cada uno para sugerir diversas reflexiones filosóficas. Para comenzar, todo artista tiene algo qué decir. Sin esta condición, simplemente el arte no puede existir. La vida misma es la materia bruta a la que recurre el artista ante esa necesidad de expresarse. El artista es un emisor y el pequeño fragmento que extrae de ese universo amorfo que es la vida se convierte en su referente. Al respecto, la antonimia clásica entre «arte por amor al arte» y «arte comprometido» termina siendo una ilusión academicista más aparente que real. En alguna medida, podría decirse que todo el arte está comprometido con un fragmento de la vida misma que contiene. No hay, pues, arte que no esté comprometido, inclusive si el compromiso es con el arte mismo. En otras palabras, aunque los creacionistas y culteranos, los cubistas y los dadaístas y los surrealistas hayan intentado crear universos subjetivos con sus propias leyes, la materia de la que se nutren tiene como referente a la vida misma. De ahí que es imposible pensar en la obra artística como una abstracción desligada por completo de la vida.

Existen también las creaciones artísticas recubiertas con un baño de realismo social, que decididamente suelen abrigar una causa social, política o ideológica y que, en casos extremos, son capaces de erguirse como panfletos. Muchos de los artistas que abrazan esta corriente se pueden convertir en activistas y probablemente su arte persiga una función utilitaria extra-artística. No por eso, sin embargo, sus contrapares más individualistas, más introvertidos, más «espirituales» tienen un compromiso menor con sus obras y, en todo caso, hasta subrepticiamente pueden estar guiados por una intención utilitaria que rebasa el ámbito de lo artístico, ya sea para adquirir riqueza, fama o prestigio individual. Más allá de todas estas segundas intenciones, es imposible pensar que el arte, por muy abstracto que pretenda ser, no se nutra de la misma vida y no encuentre más allá de ella misma los motivos y referentes de sus creaciones.

La tarea técnica y artesanal

Pero llegar a pensar que la necesidad de expresarse es suficiente para crear arte es un craso error que, de manera muy clara, contradice los principios de la semiótica, de la lingüística y de la pragmática. El contenido, por sí solo, es intangible. Necesariamente necesita de un medio de expresión, es decir, de una realidad tangible a través de la cual pueda materializarse. Así como el agua pierde su forma sin un recipiente que la contenga, un contenido artístico no tiene existencia sin un basamento material que le otorgue cohesión, unidad y forma. Un contenido solo llega a hacerse símbolo tras la manipulación de un material a través del cual se plasma una idea. Es por eso que uno de los aspectos esenciales de la creación artística es la preparación técnica, que lleva al artista a convertirlo en un virtuoso.

Marcada por la ignorancia, fruto de una soberbia desmedida y de un egotismo exacerbado, muchos artistas asumen una actitud rebelde y su carácter indomable se resienten a la paciente preparación que requiere el desarrollo técnico y virtual de su medio de expresión. Sin esta competencia indispensable, el artista termina como un ser amputado por más ricas que sean las imágenes que pueda llegar a concebir. El dominio de los medios de expresión precisamente provee la preparación técnica que se necesita para darle forma a una idea, ya sea por sonidos o bien por imágenes visuales o por volúmenes o por imágenes cinéticas. Sin este adiestramiento, el artista termina convertido en un analfabeto, víctima de su propia desidia y vanidad.

En busca de una voz original

El entrenamiento y dominio de los medios de expresión no deben confundirse con la creación del código. De todos los aspectos, quizá este sea el que determine la originalidad y el estilo personal de un artista. El código no es más que el lenguaje que comunica el contenido a través de los medios de expresión. Al respecto, es mucho menor la cantidad de artistas que desarrollan su propio lenguaje en comparación con aquellos siguen una corriente. Si bien es cierto que la estructuración, consolidación y la decadencia de un movimiento artístico se consigue a partir de la replicación de un código estético determinado, el creador más original es aquel que, además de configurar su obra, es capaz de generar su propio código.

El código estético puede convertirse en ese sello único y original capaz de darle un giro inesperado a una expresión artística e influir a generaciones de artistas. En otras palabras, la creación de un código estético puede determinar un estilo que, a su vez, puede acabar por imponerse. Precisamente quienes ha sido considerados como maestros del arte en cualquiera de sus disciplinas son aquellos que, con su lenguaje personal, han logrado aportar el desarrollo de nuevas directrices que han logrado redefinir el curso de su historia.

El rol del público

Finalmente, el arte no llega a tener sentido alguno si no existe el espectador, ese ser que no solo está dispuesto a comprender la obra creada, sino también a reinterpretarla y reelaborarla. Sin este receptor, todo intento de hacer arte vendría a dar al traste. Pero, como en todo acto cultural, el descifrador puede llegar a ser algo más que un observador pasivo. Su sistema sensitivo debe estar condicionado de manera tal que le permita absorber por la vía afectiva la impresión que la obra de arte transmite consciente e inconscientemente. Esa capacidad de despertar la sensibilidad solo puede ser producto de una educación, pero no se entienda como tal a una formación cultural —que también la incluye—, sino más bien a ese condicionamiento que despierta en el espectador esa necesidad de consumir la obra de arte. Gracias a ese entrenamiento, que más parece culto de iniciación, el espectador no solamente consigue comprender y apropiarse emotivamente de la obra de arte, sino verla como un reflejo de nuestros propios impulsos vitales. Ejercicio aparte es aquel que realiza el crítico, quien puede llegar a ser capaz de formular un saber racional a partir de la intensa experiencia emotiva que consigue vivir al confrontarse con la creación artística. Este trabajo requiere una preparación aparte de la que hace el espectador común, el cual, si bien puede reflexionar sobre sus propias experiencias, carece de las herramientas indispensables con que debe contar el crítico para emitir juicios de valor y crear, a partir de su crítica, un reflejo racional de la experiencia estética vivida.

¿Arte culto y arte popular?

Todo esto nos puede llevar a pensar que tanto la creación como la apreciación del arte es un asunto de entendidos e iniciados. Sin embargo, la realidad nos demuestra lo contrario. Aunque mucho del arte occidental que hoy se produce, proviene de las galerías y los «espacios oficiales», no debe olvidarse que, en sus inicios, la creación y la confrontación con experiencias estéticas han surgido de la entraña misma de enormes conglomerados. No por gusto, durante mucho tiempo y todavía ahora, la mayoría de la producción artística es de carácter popular, creada en el anonimato y comprendida por públicos masivos, y que tenían tanto éxito, precisamente porque representaban un Espíritu de Corps. Al respecto, uno no puede dejar de pensar en la enorme influencia que tuvieron los ritos dionisiacos que desencadenaron el origen de las tragedias griegas o el éxito de los espectáculos de los corralones isabelinos o españoles. Esto se debe a ese elemento que unifica y permite que las multitudes se identifiquen con los elementos culturales.

La creación de un arte individualista y burgués fue una concepción que surgió con el Renacimiento y que, por distintos derroteros, llevó a la consolidación de un arte elitista y con una influencia europeizante, al que muchos, equivocadamente llaman arte culto y que contraponen al arte popular. Sea como sea, el arte no tiene sentido si no existe esa persona a la que se le pueda compartir y que esté dispuesta a sumergirse en su aventura.

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