Para algunos, diplomacia y Donald Trump es un oxímoron similar a “caos controlado”, “secreto abierto” o “desorden organizado”. Ciertamente, el Presidente Trump no parece diplomático en el sentido de mostrar tacto o sutileza. Proyecta una impertinencia que cuestiona los protocolos diplomáticos convencionales.

La diplomacia depende de evasiones y ambigüedades. Recordemos, por ejemplo, que durante el conflicto de Vietnam un reportero preguntó al entonces Secretario de Estado Henry Kissinger cuánto tiempo él creía que duraría la guerra. A lo que Kissinger respondió: “No estamos en guerra en Vietnam”.

El estupefacto reportero argumentó: “¿Cómo puede decir que no estamos en guerra? Casi 50,000 americanos han muerto”.

Kissinger replicó: “No estamos en guerra hasta que el Congreso declare guerra”.

Evidentemente, por la definición de guerra del reportero estábamos en guerra en Vietnam. Por la peculiar definición de Kissinger, no. Tal es el oblicuo lenguaje de la diplomacia.

La diplomacia se define como la práctica de negociar para asegurar objetivos de política exterior sin recurrir a la fuerza. No fue hasta 1796 que el parlamentario británico Edmund Burke acuñó el término diplomacia para identificar lo que hasta entonces era llamado simplemente negociación o negociación continuada, según el término utilizado por el Cardenal Richelieu, legendario primer ministro del Rey francés Luis XIII. En otras palabras, la negociación representa la función más importante de la diplomacia. Así, la diplomacia de una administración debe evaluarse no por su retórica, sino por sus resultados promoviendo los objetivos de política exterior de EEUU.

En un artículo reciente argüí que la política exterior del Presidente Trump no abrazaría las tradicionales ortodoxias políticas de Idealismo o Realismo. Es decir, no seria una política exterior con el enfoque Idealista de intervenciones militares o “construcción de naciones” diseñada para fomentar la libertad y la democracia a través del mundo. Ni seria una política de perseguir intereses nacionales carentes de principios morales, como en la tradición Realista. Etiqueté el nuevo enfoque de política exterior como centrismo americano.

Dos recientes acciones militares de la Administración substancian mi argumento. Primero, el ataque con 59 misiles crucero Tomahawk lanzado desde naves militares contra la base aérea de Al Shayrat, de donde partieron los aviones sirios que lanzaron armas químicas contra los civiles. El ataque fue oportuno, concentrado y proporcional.

Y el uso por primera vez, en el este de Afganistán, de la BBU-43, “madre de todas las bombas” (MOAB) que destruyó túneles de ISIS y complejos de cuevas. De acuerdo a analistas militares, la BBU-43 era precisamente el arma adecuada para ese blanco.

El Presidente Trump, remarcando sobre el ataque en Siria, mezcló argumentos Realistas e Idealistas destacando en el aspecto Realista que “corresponde al interés vital de Estados Unidos prevenir e impedir el uso de armas químicas mortales”, añadiendo en lenguaje Idealista que “ningún hijo de Dios debería sufrir tal horror”.

Independientemente de su eficacia militar, ambas acciones señalan un enfoque centrista americano que esta en línea con nuestros valores, pero no compromete recursos de EEUU más allá de los necesarios para proteger nuestros intereses nacionales. Más importante, esas acciones enmarcan los futuros esfuerzos diplomáticos de la nueva Administración.

El obvio mensaje de esas acciones militares es que la Administración está preparada para actuar independientemente y que no vacilará en utilizar recursos militares. El mensaje más sutil es que actuará guiada por el centrismo americano. O sea, que hará lo que haya que hacer para proteger los intereses nacionales de EEUU, pero no más que eso.

El enfoque centrista americano abre posibilidades diplomáticas no aferradas a la ideología, sino a la intersección crucial de nuestros valores y nuestros intereses. No será una política exterior para atemorizar las mentes de regímenes opresivos, como algunos esperaban. Las dictaduras ofenden nuestros valores, pero no necesariamente nuestros intereses nacionales. Sin embargo, la ecuación cambia cuando son amenazados los intereses nacionales de EEUU.

Entonces, la diplomacia en la era Trump posiblemente sea malinterpretada e insatisfactoria para las audiencias habituales. Será una diplomacia enfatizando negociaciones, sin atarse a concepciones ideológicas de bien y mal, pero sensible a los requerimientos de los intereses nacionales de EEUU. Será una diplomacia poco diplomática.

El último libro del Dr. Azel es “Reflexiones sobre la libertad”

 

República es ajena a la opinión expresada en este artículo