Cuántas veces nos hemos dejado llevar por todo aquello que debería estar en segundo plano. Cuántas veces le hemos dado toda nuestra atención a algo que luego, en el recuento de los daños en realidad vale muy poco. Y la respuesta es que muchas.

Conforme he ido creciendo me he dado cuenta que entre más adultos disponemos de menos tiempo para lo importante. Se va todo en el trabajo, los mandados que la adultez nos demanda o en el tránsito. (Lo último es la cosa más triste porque es tiempo desperdiciado enfrente de un timón.) Y dejamos de lado cosas como pasar tiempo con nuestras familias, salir a comer con los amigos, sacar a pasear a nuestra mascota, quedarse en casa a solo existir, hacer algún voluntariado o realizar algo que realmente nos apasione.

Es cierto que no podemos pedirle al mundo que pare y que nuestras necesidades, económicas, sobre todo, desaparezcan así por así. Es importante tener una estabilidad económica, sí es importante, pero eso no nos garantiza el éxito y menos aún, la felicidad. Creo que son las cosas realmente importantes las que nos acercan un poco más a esas dos cosas tan anheladas.

Es un buen momento para hacer una pequeña pausa y reflexionar en aquellas cosas que disfrutábamos hacer, pero que hace tiempo no logramos realizar. Para recordar a esas personas que extrañamos y que aún tenemos la oportunidad de llamar o visitar y así compartir. Para detenernos y pensar más allá de las deudas y de los bienes materiales que hemos logrado alcanzar. Para escuchar una buena anécdota de la que fuimos parte o aquellas que nos han contado ya, pero que siempre nos sacan una buena sonrisa.

Hay que detenerse en lo que merece la pena, lo importante. Lo que le hace bien a nuestro corazón y nos hace sentir con más ganas de enfrentar este mundo que a veces llega a ser muy frío y hostil.

 

República es ajena a la opinión expresada en este artículo