La nena no entiende lo que siente. Cree estar aburrida pero intuyo que está como las mil demonias.

Hace media hora que su mamá la está obligando a comerse su menú. Le dice:

Abra la boca nena”.

Ella lo hace y se queda con el bocado en sus tiernas fauces. Está callada, me ve. Mientras lo hace juega con la comida en la boca y me pregunto qué pasará por su cabeza de monito tierno.

Tiene un pedazo de carne en la mano. Media rebanada de la carne de salchicha está en sus manos. Busca el momento preciso, espera por el instante en el que yo me distraiga para tiralo de mi lado. Lo sé.

Ocupo la mesa contigua a la de ella, y mientras, escribo esto. Ella no sabe que le tomo la película.

La nena está empashamada. Mamá está revisando el teléfono mientras ella, la nena, mira al techo o me mira a mí, no sabe qué hacer.

Ya lleva más de un minuto con el bocado en la boca, me pregunto cuanto más aguantará.

Son las siete y media de la mañana. Es lunes y este restaurante solo tiene las almas de los trabajadores, y la de mis vecinas. Yo solo espero porque baje el tráfico. Estamos en la zona 16, y no quiero ni pensar por el tráfico de bulevar Lourdes.

Prefiero ver qué hace la niña con su comida.

La nena, hace tiempo que ya no ve por sobre la división de mesas al área de juegos. Mamá no quiere dejarla ir a jugar. La nena voltea y me sonríe.

Sigue con la boca llena.

Me ve tomar café, me ríe con los ojos y mastica tres o cuatro veces más. Luego se detiene y mira al vacío. Daría mi vida entera por saber que piensa. Su rostro es tan impasible, tan sereno.

Mamá voltea y la regaña. No logro escuchar lo que dice por los audífonos que tengo puestos. Escucho el mismo playlist de siempre.

Luego del regaño, mamá regresa al celular. Ahora la nena baja al suelo y se pasa a las bancas de mi mesa.

Sube sin la rebanada de salchicha. Creo que ya sé donde está.

Regresa a su banca, junto a su mamá. Luego vuelve a verme, y mastica una o dos veces, más. No quiero imaginar el bolo alimenticio que se pasa de una mejía otra. Dos o tres masticadas más y ahora ve a los demás comensales que se acercan a las mesas.

Siento que quiere hacer contacto visual. Cruzamos miradas y sucede:

La nena abre la boca y me muestra su desayuno. Bajo la mirada y me cago de la risa pero en silencio. Sé que si mamá se da cuenta, en un país tan retorcido como este, pensará que soy un pederasta o algo peor.

Rio en silencio.

La nena tararea y juega con la comida. Sus dedos, rasgan la rebanada de hashbrown. Se incorpora y se para sobre la banca. En eso mamá se da cuenta y le da una nalgada:

“¡Sentate bien!, ¡ya basta, nos vamos!….”

La nena comienza a llorar. “¡Deteneme el café querés!”, la pequeña recibe un vaso, y luego es jaloneada de una mano. Se van de cara al sol de las ocho de la mañana, salen por la puerta del restaurante.

La nena me ve por sobre el hombre. Se ríe aunque aún tiene los ojos lloroso. No tengo idea de la edad, soy muy malo para esos cálculos.

Ahora el que quiere llorar soy yo. Debo ir a la oficina.

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