En el blog de literatura participa Fredy Portillo. Esta es la colaboración de hoy.

De niño soñaba que volaba mientras un espasmo me recorría las venas, y me despertaba sudoroso sin poder moverme. Temblando desde los párpados hasta las uñas, luchaba por defenderme del sueño, y ni bien lograba levantar las pestañas, una pesada modorra me las volvía a cerrar, para enviarme de nuevo a la tortura.

Estas pesadillas me torturaron hasta que conocí sueños aún más irreverentes. Historias más tenebrosas que se escondían en páginas polvorientas y apolilladas. Eso que dio por llamarse surrealismo. Más que una escuela, una tendencia milenaria. En todo el mundo, la historia está poblada de sueños.

De Itaca a Iximché, del Hades a Xibalbá, de Odiseo a Hunapú a Ixbalanqué; de Bretón a Asturias, Cortázar, Marechal, Onetti o Borges; de Unamuno, a Rulfo, Azuela, a Monteforte y Luis de Lión, los sueños que se hacen presentes cuando más despiertos estamos.

La Odisea y todas las posibilidades del mundo helénico; la condensación de todo un destino de la Tierra Media de Tolkien, y las pesadillas del Gaspar Ilom, por más oscuras e impenetrables que parezcan, siempre tiene la virtud de volverse excitantes e inexplicables en cada lectura y relectura.

Aunque para acceder a estos universos hay que educar el alma y ejercitar las neuronas, la literatura es un mundo abstracto de sueños, y solo quienes logran dominarlos tienen la capacidad de transmitir esas sensaciones oníricas para que los lectores podamos darle la interpretación que mejor se nos antoje.

Pero por más retorcidas que parezcan las mentes que crean esos planetas alternos de la ficción narrativa, en todos se escapan atisbos de realidad; pequeñas conjeturas que explican un momento social determinado, sin que, necesariamente, su objetivo sea el apasionamiento del panfleto del amor o la subversión.

Por ello cada libro complementa la perspectiva de la historia teórica o las versiones oficiales o periodísticas de aquello que nos es lejano o que no nos consta, que nos permite comprender un poco más la época que nos ha tocado vivir.

Y de ahí también deviene la angustia de saber que hay tanto por leer y tan poco tiempo de vida, que es una locura no hacerse amigo de un libro, de vez en cuando.

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