Todos los seres humanos buscamos en esta vida, un lugar en donde encajar. Vengamos de donde vengamos buscamos ese sitio en el que esperamos sentirnos cómodos, un espacio propio que dé respuesta a esa punzante pregunta existencial sobre nuestro objetivo en la vida.

Por más libres que nos creamos, el temor a la soledad es una constante que nos agobia, nos ata a lo que piensen de nosotros. La arrogancia de creernos autosuficientes siempre termina cuando estamos frente al espejo y vemos nuestros defectos.

Es en esa angustia eterna que pretendemos encontrar aquellos signos con los que creemos distinguirnos de los demás. Y para ello nos sirven detalles de nuestro intelecto o nuestra posición social o étnica, que teóricamente nos hace superiores.

En ese juego siniestro, en países como Guatemala, las diferencias raciales son una excusa perfecta para defender nuestro sitio en una sociedad diversa, caótica y desmemoriada, en la que, al fin y al cabo, todos perdemos.

De esa cuenta, no existe una sola concepción de la “guatemalidad” sino una serie de concepciones en la que cada individuo se crea su propio concepto de nación de acuerdo a lo que funciona para sí mismo.

Y es por ello que existe una Guatemala para los indígenas, una para los mestizos y otra para los criollos. Aunque muchas veces muchos de estos se confundan y convivan siempre con el propósito de que alcanzar lo que no son y en el camino atropellan, matan, desgarran y pisotean sin piedad.

Pedro Matzar fue el personaje creado en 1948 por Mario Monteforte Toledo en la novela Entre la piedra y la cruz, para recrear la lucha existencial de un indígena de San Pedro La Laguna, cuyo conflicto se basa en su búsqueda de la venganza contra el ladino y el criollo que pisotearon a su familia con la violación de su hermana y el sometimiento económico.

Para el momento de su edición, la historia se sale de lo común al tener a un indígena como personaje principal y no lo limita a ser un accesorio o una postal como solía hacerse hasta ese momento, y en donde los personajes principales son los idealizados y acaudalados hacendados, al estilo de Flavio Herrera y como aún suelen evocarse en muchas telenovelas.

Con el lago de Atitlán a sus espaldas el padre de Matzar intentará inculcarle el amor a la madre tierra y al maíz como el principal motor de la vida de la gente de su pueblo.

Sin embargo, el destino del joven indígena lo llevará a buscar un rumbo que lo acercará al ladino y al criollo. Algunas veces como redentor y salvador de su raza y otras como ángel de venganza para devolver la humillación.

Es de esa forma como Monteforte Toledo sintetiza en una novela corta la historia del racismo en Guatemala y parte en dos el desarrollo de la literatura guatemalteca.

Después de Entre la piedra y la cruz, principalmente durante los años 50, muchos escritores continuaron la tradición criollista con bellas y entretenidas historias, aunque un poco desfasadas, como las de Virgilio Rodríguez Macal.

Sin embargo, es a partir de la década de los  60, que la literatura guatemalteca empieza a tomar nuevos cauces de originalidad sin precedentes a través de múltiples recursos de experimentación, para llegar a lo que en realidad puede denominarse como la literatura nacional.

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