Navidad es para soñar. Imaginar un camino para todos los seres humanos, aquel que nos condujera con una fe y esperanza hacia Belén. Y que en ese lugarcito tan sencillo, uniera en un solo sentido la forma en que concebimos a Jesús. Un único amor para todas las religiones. Abrazar al hermano sin distinción de iglesias.

La Navidad tendría que ser una época en el tiempo, donde la iluminación divina llegara al fondo de los corazones. Porque un beso a las lágrimas de tanta gente necesitada, no cuesta mucho, ya que a unos cuantos pasos esos besos se transforman en el agradecimiento de unos tamales, un pedazo de esa torta que al final no fue terminada en casa, o quizás un jarrón de ponche brindado con ternura.

La gente de Guatemala no está preparada para que los ojos de un niño pobre pasen desapercibidos. Porque somos buenos, muy buenos.

Desde que comienza diciembre, el aire frío trata de transmitirnos desde cualquier horizonte, de donde venga, que hay alguien que espera por un consuelo. La gente buena siempre en su camino no solamente observa al frente, también tiene ojos para ambos lados. Por eso si usted viaja en carro, no solamente mire, también sienta, porque sólo así percibirá un alma que necesita de su ayuda. Don dinero es grande y, más grande debe ser el corazón del ser humano.

La Navidad sigue viva para aquellos que desean que el mundo mejore. La tristeza solamente llega cuando estamos vacíos por dentro. Su espíritu de servicio y su bondad harán que note el verdadero fulgor de las luces que su entorno iluminan. Y si las personas se quedan por un instante en silencio, podrán oír que en verdad algún prójimo llora en su soledad. No se debe temer, invite a su mesa a alguien que no quiere estar solo. Pregúntese el guatemalteco, en qué familia no ha habido momentos críticos en estas fechas. En algún momento el padre al que no le alcanza su salario, voltea a ver los zapatitos desgastados de sus hijos, aquella playera que se ha convertido en su fotografía, aquel juguete que en su vida tiene hasta prohibido soñar. La Navidad no nos pide que estemos tristes, porque con tristeza a nadie ayudamos. Si no tiene dinero, aún así en su armario encontrará un abrigo para un niño con frío. Dios se encargará de duplicarle sus actos piadosos.

Guatemalteco, si usted es bueno, arránquele con amor un poquito de esa inmensa tristeza que tiene la persona que deambula en las calles sin dirección ni destino.

No hay algo que dé más felicidad que compartir lo que tenemos. La presencia física y sobria en nuestra familia, el tiempo para hacernos niños y quemar estrellitas, nuestros dones de maestros para encender las mechas de los cohetillos, nuestro tiempo sin prisas en la cena de Navidad. Haga que su primer instante de felicidad sea compartido para quien lo necesite. Dentro de casa mírele los ojos a sus hijos, verá en ellos el espejo del niño aquel que vive en su cuadra y no tiene nada. Recuerde que el mejor premio será una sonrisa de alguien solitario.

Usted adulto no está para componer el mundo, pero casi lo logra si le brinda un pan a alguien que tiene hambre. Al menos aquel que nació en el pesebre de esa manera se lo contará.

 

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