Sondeos entre círculos sociales, artículos en los medios de comunicación, debates en las redes sociales y una humilde encuesta que lancé vía Twitter me llevaron a calificar con semejante adjetivo (polémica) la Quema del Diablo, una tradición guatemalteca iniciada seis siglos atrás.

Celebrada cada siete de diciembre, la Quema del Diablo es una de las tradiciones guatemaltecas más populares e indica el inicio de las fiestas navideñas para muchos. Antes de criticarla o alabarla, es importante que conozcamos su historia para entenderla y luego juzgarla.

Quemar, en la Guatemala del siglo XVI tenía otro significado. Quemar era purificar. La Quema del Diablo estaba vinculada con la procesión en honor a la Virgen de la Inmaculada Concepción, fiesta católica que se celebra el ocho de diciembre. La época y la ausencia de luz eléctrica en las calles obligaba a los vecinos a encender velas y armar pequeñas fogatas en las calles para iluminar el paso de los asistentes a la procesión. Poco a poco la tradición evolucionó. Además de ser la víspera de una festividad católica, sus participantes comenzaron a relacionarla con un simbolismo positivo: deshacerse de lo malo para darle paso a lo bueno, mediante la quema simbólica de perturbadores recuerdos en las fogatas. La purificación, entonces, pasó a ser parte de la tradición. Los años fueron reuniendo a las familias y amigos para esta fecha y, luego de la fogata, la tradición evolucionó a una cena que, de cierta forma, marcaba el inicio de la Navidad.

Iluminación, purificación, reunión y celebración. Parece difícil pensar en un mal que podría haber en una tradición que reúne estas cuatro características. Pero hoy, siglos después, lo hemos encontrado. Lastimosamente la tradición ha ido perdiendo su esencia y se ha deteriorado, dando paso a contaminación ambiental, destrucción de infraestructura, descuido de la vía pública y mensajes subliminales malintencionados. Esto no es un secreto. Basta con poner atención cada siete de diciembre y detectar estos desvíos que han manchado una tradición de origen religioso y finalidad familiar.

Todo aquello que se aleje de lo anterior (iluminación, purificación, reunión y celebración) por lo tanto, no es parte de la tradición. Quemar llantas, bloquear calles, esparcir basura en la vía pública, incluso mofarse de figuras públicas por medio de diablitos con dedicatorias agridulces (como el diablo con el rostro del comisionado que desfiló por las calles de la zona 14, por ejemplo) corrompen la Quema del Diablo.

Según sus críticos, esta tradición debería prohibirse. Si bien estoy de acuerdo con que la Quema Del Diablo ha perdido, en cierta medida, su propósito histórico, no considero que debería eliminarse o impedirse. En todo caso, debería controlarse puesto que la falta de autoridad en la vía pública es lo que ha provocado esa corrupción a la que ha llegado esta tradición, que de encender velas ha pasado a quemar llantas. ¡No permitamos que se manche una tradición tan simbólica a causa de irresponsables y vulgares! Recordemos siempre los cuatro pilares de la Quema del Diablo: iluminación, purificación, reunión y celebración.

 

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