¡Por fin se cierra una herida histórica de siglos!

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La decisión del Presidente Trump de trasladar la Embajada de los Estados Unidos de Tel-Aviv a Jerusalén ha despertado, como era de espera, las furias islámicas en todo el Próximo Oriente.

Y ello, a su vez, encerrado en un simbolismo monumental, que dejará marcada a esa decisión presidencial como la más trascendente de su entero gobierno. Aquella tenue esperanza de Teodoro Herzel, el fundador del moderno sionismo ha llegado por fin a su fruición.

Muy contundente para cualquier creyente en la existencia de un Dios único como lo han propagado por milenios las tres religiones monoteístas más enriquecedoras en el entero planeta: el Judaísmo, el Cristianismo y el Islam.

Jerusalén ha palpitado como el corazón de la fe de los Patriarcas, de los profetas y predicadores, unos santos, otros no tanto, por lo tres mil años posteriores a su conquista por el rey David.

También ha servido de referente geográfico más fácilmente discernible para emperadores, reyes y adalides sociales que la han bañado repetidas, y alternativamente, de sangre inocente o culpable en sus múltiples y exaltadas diferencias doctrinarias y en sus frecuentes planes ambiciosos de conquista y dominación.

Lo que, por otra parte, la ha mantenido convenientemente más a nuestro nivel humano y no tanto a un asequible nivel sobrenatural.

Jerusalén, por tanto, se ha mantenido por milenios como la antesala del cielo, la huella del Creador, y hasta la fuente de la identidad de muchos pueblos. Hebreos, filisteos, babilonios, persas, egipcios, griegos, romanos, cruzados, germánicos e inspirados semitas que se han disputado su posesión, su promesa y sus frutos incesantemente. Como si todos ellos respiraran, cada uno a su manera, el inspirado refrán, “olvídeme de mí si te olvidare”.

Jerusalén, el punto geográfico por el que trascendemos todo lo creado y nos elevamos hasta el seno de todo lo increado. Más trascendencia no nos ha sido dada en este mundo.

Por ahí cerca está la tumba de Abraham, el padre de todos los creyentes. Por allí merodearon Isaac, Jacob, Moisés y Salomón. Allá subió Jesús de Nazaret con sus discípulos más íntimos para celebrar la Pascua. Y por ahí ya habían dejado sus huellas los macabeos, Juan el Bautista camino del Jordán y Pablo, a caballo, camino a Damasco. Fue el objeto amoroso de la infatigable Elena, la madre del emperador Constantino, como también lo había sido de Herodes el Grande y lo hubo de ser, según una leyenda posterior, del Profeta Mahoma. Y por Jerusalén hasta midieron sus armas Ricardo Corazón de León y Saladino. Y en ese territorio circundante, el eslabón inevitable entre el Nilo y el Éufrates, paseó sus carrozas de guerra de Ramsés II, y siglos más tarde Alejandro Magno y hasta casi en nuestros días Napoleón Bonaparte.

Encima, nuestro concepto hoy universal en torno a la virtud de la justicia, elevado actualmente a la cúspide de nuestra común escala de valores, está íntima e inevitablemente entrelazado con ese centro hebreo de la civilización occidental.

Y esa noción de la justicia, con la que hoy comulgan hasta los sedicentes ateos y agnósticos, resulta imposible de desligarlo históricamente de esa Tierra Santa de Israel.

Su trascendental relevancia no ha podido escapar a toda mente alerta y bien informada en cualquier rincón del Orbe. “El año próximo en Jerusalén”, fue el lamento homogéneo de los judíos en añoranza de un segundo cuasi paraíso perdido durante la muy larga diáspora de los mismos que precedió al restablecimiento del Estado de Israel en mayo de 1948.

No creo poderme recordar de ningún otro sitio donde hayan confluido las nostalgias, los anhelos, las ilusiones, y también a veces los remordimientos, de la Humanidad.

Geológicamente, es tan solo un vecindario histórico a lo largo de la hendidura más visible en la superficie de la entera Tierra: esa del Rif, que se inicia al pie del Monte Carmelo en la frontera con el Líbano, y que se ahonda a lo largo del Jordán, desciende en transversal al Mar Rojo, y que vuelve a la superficie paralelo al punto que los geólogos modernos identifican como la cuna prehistórica del hombre, hasta terminar en el corazón del África negra subsahariana, en las cercanías del lago Victoria y de las fuentes del Nilo.

Pero a todo lo largo de esa hendidura gigantesca que vio emerger a los humanos, se hallan los primeros estímulos al pensamiento abstracto, a la devoción religiosa, y a la especulación filosófica, como un eje espiritual continuado y revelador de la presencia de los distintamente humano y, por cierto, además muy por encima de su singularidad física.

Y, en consecuencia, tierra de profetas, místicos y mártires como ninguna otra. Joya del Helenismo heredada sucesivamente a romanos, bizantinos, árabes y turcos. Y Puente neurálgico inclusive para los imperialismos europeos modernos de los siglos XVIII y XIX hacia el África y el Asia.

Pero sobre todo, objeto alegórico de todos los anhelos humanos por un paraíso perdido y vicariamente recuperado en una cruz, símbolo, a su vez, y resumen de todas las inhumanidades del hombre para con el hombre.

A mis ojos, además, tema propicio para la reflexión durante este tiempo de adviento, precursor inmediato de la navidad, para todos nosotros quienes hemos osado a responder con un “sí” a la invitación a las bodas de Cristo con toda alma humana, y que por ello se constituye en el momento más propicio para reflexionar en esos temas cumbres que solemos identificar como las postrimerías del hombre y del mundo.

Y por eso tanto me ha alegrado que un estadista en lo más profano haya decidido, empero, saldar esa deuda histórica de elemental justicia hacia ese encuentro de civilizaciones único entre el Oriente y el Occidente del que hoy en día derivamos universalmente el fundamento de nuestras escalas de valores.

¡Felicitaciones al Primer Ministro Benjamin Netanyahu en nombre de todos aquellos que  hemos sido tocados por las luces bíblicas de la Jerusalén de los israelíes!

 

República es ajena a la opinión expresada en este artículo