Condiciones de una administración atípica.

Desde la campaña 2015, a Jimmy Morales se le identificó como la materialización de un outsider, concepto que sirve para referirse a aquellos candidatos que no provienen del mundo político-partidario, que en momentos atípicos y gracias a discursos cuasi-populistas resultan ganadores en una elección contra todo pronóstico.

Dicho y hecho. La frase de “Ni corrupto ni ladrón” y la imagen del excomediante sin ningún pasado político cayó como anillo al dedo para una ciudadanía que –en el contexto de 2015– rechazaba toda expresión de lo político, que denostaba a los grandes partidos del momento y que aspiraba a un parteaguas en la historia de corrupción política de Guatemala.

Sin embargo, a Morales rápidamente le alcanzó la maldición de todo outsider: la asimetría entre las altas expectativas creadas entre su electorado, y la incapacidad de poder real de gobernar. Esa incapacidad de poder real fue producto de varios factores.

Primero, una bancada insignificante, en términos cuantitativos. Segundo, la integración de un gabinete heterogéneo, en el cual se identificaban facciones de ministros más cercanos al mundo de la práctica privada, otros ministros más cercanos al vicepresidente Cabrera y la Universidad de San Carlos, una tercera facción de ministros cercanos a la Embajada de Estados Unidos y al Ministerio Público, y una última facción de ministros heredados de los gobiernos anteriores. Es decir, ningún ministro de partido ni del círculo personal del mandatario.

A esa atípica situación de poder real, se le sumó rápidamente el evidente desconocimiento del mandatario en temas de administración pública y gestión política. Esta situación provocó que para mediados de 2016 fuera evidente que el Gobierno de FCN –contrario a sus antecesores de Patriota y UNE– carecía de una dirección jerárquica y centralizada; y por el contrario, los ministros tenían amplia autonomía en sus respectivas carreras. Quizá una analogía que mejor retrata esta situación: el Gobierno de FCN se asemeja a una orquesta en la que director es débil, por lo que cada registro instrumental lleva su propio paso.

En ese contexto, la gestión de Gobierno empezó a evaluarse en función a los resultados individuales de cada ministerio. Y mientras en las carteras de Finanzas, Trabajo, Cancillería, Salud y Economía se empezaron a visualizar resultados tangibles hacia el décimo octavo mes de gobierno, en otras –como Comunicaciones– la incapacidad de gestión fue más que evidente.

Mientras ello ocurría, el Presidente entró en una situación compleja. Su manejo de la comunicación ha sido bastante malo, particularmente por la ambivalencia de discurso: en sus alocuciones públicas Morales pasa de un tono autoritario a un tono de Moraleja en 30 segundos. Y tal y como los expertos indican, la falta de una imagen coherente en el manejo comunicacional, le acarrea contradicciones de discursos. A ello se suma su relación conflictiva con la prensa, su gradual encierro y la falta de apertura para enfrentar los temas complejos.

Pero el parteaguas ha sido el divorcio gradual con su discurso de campaña. Primero, fue culpa de su bancada. Al momento que FCN-Nación amplió sus filas de 11 a 37 diputados, reclutando en el proceso a algunos de los legisladores más cuestionables del hemiciclo, el partido se convirtió en un lastre político para Morales. Luego, la gradual percepción que el mandatario no estaba realmente comprometido con una agenda reformista, de línea pro-transparencia y de transformación del sistema. Y finalmente, el enfriamiento de relaciones con MP y CICIG, que culminó en los eventos de agosto-septiembre 2017.

Todo lo anterior, aunado con la bajísima ejecución en materia de infraestructura y comunicaciones, además de los programas sociales del Ministerio de Desarrollo, empezaron a convertirse en las fuentes de desgaste de Morales, al punto que hoy su nivel de aprobación se encuentra entre los más bajos de la historia para un mandatario al finalizar su segundo año.

 

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