Estas son las Crónicas policiales del Comisario Wenceslao Pérez Chanan. Comenzamos con Si Dios me quita la vida. El autor es Francisco Alejandro Méndez. República la publicará domingo a domingo. Para más información consultá el correo [email protected] o en Twitter: @elgranfascinado

El pequeño del pijama rayado

—Fabio —expresó el comisario, mientras desenfundaba su arma reglamentaria.

—Proceda con las puertas —ordenó.

—Yo ya me comuniqué con el Ministerio Público —le explicó a uno de los

bomberos—debemos entrar ¡ya! —¿Qué dicen sus hombres? ¿Hay sobrevivientes?

—Hace unos minutos que el Pupo y Chasis de Gato están dentro, comisario. Ambos se ven consternados. Qué tragedia, Pérez Chanán, ni nos hemos repuesto de lo del estadio.

 

Fabio no necesitó derribar el portón. Con una llave maestra logró desactivarlas. Tras Fabio y Enio, los dos detectives estrella del comisario, ingresó Wenceslao y Darwin Baudilio. Atrás de ellos intentaron entrar los Tres Monos Sabios, pero no les fue permitido. Otra patrulla policial se hizo presente. De inmediato los agentes acordonaron el sitio.

 

***

Lo primero que vieron los ojos del comisario dentro de la casa fue una escena en la que se observó al Pupo y al Chasis abrazados y llorando amargamente. El comisario giró sobre sus talones y tras avanzar unos metros comprendió por qué lloraban ambos apagafuegos.


Los que las pepitas de sus ojos se negaban a creer era algo inédito para el comisario. En la sala principal encontró tres cadáveres sentados frente al televisor el cual permanecía encendido. Los tres cuerpos presentaban laceraciones en las extremidades y en sus rostros.

 

—No puede ser, comisario, gimió Enio. —Están vestidos con las camisetas de la selección nacional. Si más adelante lo comprueba el doctor Sierra, el forense, podríamos determinar que fueron asesinados el día de la tragedia en el Mateo.

Las vestimentas azul y blanco estaban rasgadas, como si un felino las hubiera desgarrado con furia. Dos de los cadáveres permanecían abrazados. Más adelante los identificarían como papá y mamá Figueroa.

 

El rictus y la hinchazón destacaban, pero, también el mal olor se apoderaba de cada respiración de los presentes.


En las mesitas de centro destacaban envases de cerveza, gaseosas, botellas de licor, boquitas y cientos de manís tirados en el suelo. En el sillón individual destacaba el cadáver de un anciano, también vestido con una playera con un número 10.

Los tres agentes y el bombero, con mascarilla y guantes en mano, continuaron inspeccionado la casa.

 

El impacto continuaba: a medio corredor yacía el cadáver de un muchacho de unos 15 años. Su largo cuerpo permanecía estirado y presentaba contusiones y severos golpes que habían rasgado sus ropas, también azul y blanco. Su cabeza estaba prácticamente destrozada. Horas más tarde, el informe que redactaría Darwin Baudilio diría algo así:

el cuerpo del joven presenta explosión craneal con exposición de masa encefálica.

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Wenceslao avanzó hacia el comedor. Una silla de madera llamó de inmediato su atención. Estaba pegada a la mesa, pero sobre ella se desplomaba el cuerpo de un pequeño. El comisario titubeó antes de que sus piernas prosiguieran. Su respiración se fue acelerando. El dolor del ácido úrico en el dedo gordo del pie le recordó que no había tomado su medicina. Las manos le temblaban, pero, cuando menos lo pensó, ya estaba a la par del pequeño cuerpo, que vestía una pijama azul, con rayas blancas. No percibió heridas, sangre y cuando su mano palpó los signos vitales, casi emite un alarido al percatarse que el pequeño respiraba. Al sentir la presencia del comisario, la boca del pequeño comenzó a abrir y a cerrarse, como si se tratara de un pez.

 

—Está vivo, muchachos —bramó Wenceslao. Su gritó fue entre esperpéntico y de alegría.


Fabio y Enio se aproximaron incrédulos.

—Este chiris, que ven allí, muchachos, es un sobreviviente de esta masacre. En ese momento Enio lo cargó y lo cobijó de inmediato, mientras se lo pasaba a Darwin Baudilio.

 

—Durante estos días permaneció en la sillita comiendo galletas. Vean. La bandeja lo salvó. No todo está perdido.

 

—Perdón que lo contradiga, comisario. Hay más muertos. Venga, sígame, —lo jaló Fabio de la mano mientras se dirigía a una de las habitaciones.

 

Wenceslao sintió alegría por un momento, pero solo por un momento, pues se aprestaba a seguir presenciando a la muerte burlándose de la vida.

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Estas son las Crónicas policiales del Comisario W.P. Chanan. Comenzamos con Si Dios me quita la vida. El autor es Francisco Alejandro Méndez. República la publicará domingo a domingo. Para más información consultá el correo [email protected] o en Twitter: @elgranfascinado

Francisco Alejandro Méndez es Premio Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias 2017

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