Partiendo de la definición del concepto “RSE” acuñado por la ISO 26000, la cual indica que es la “responsabilidad de una organización ante los impactos que sus decisiones y actividades ocasionan en la sociedad y el medio ambiente, a través de un comportamiento transparente y ético que: contribuya al desarrollo sostenible, incluyendo la salud y el bienestar de la sociedad; tome en consideración las expectativas de sus partes interesadas; cumpla con la legislación aplicable y sea coherente con las normas internacionales de comportamiento; y esté integrada en toda la organización y se lleve a la práctica en sus relaciones; Podemos concluir que actualmente la puesta en práctica de la RSE podría ser considerada como una estrategia relevante dentro del ámbito de desarrollo y sostenibilidad de una empresa o corporación de negocios.

La naturaleza o esencia de la RSE radica, a mi parecer, en la búsqueda del bien común como parte fundamental de ser ciudadano. Tiene como fundamento principal, la práctica de valores universales (aquellos que fueron promovidos por grandes pensadores como Aristóteles y Tomás de Aquino, entre otros). Sin embargo, en el transcurso de los años se ha visto la necesidad e importancia de construir sobre esa esencia y naturaleza, una estrategia que le permita salir del concepto filantrópico para convertirse en un modelo económico sostenible, no solo para el empresario y las corporaciones, sino también para la sociedad.

Queda claro que el concepto de RSE actualmente, así como a lo largo de los años, no es entendido de la misma manera por todo aquel que le conoce y/o aplica. Y esto podría tener como base la escala de valores personal que cada individuo posee. Para muchos, existe una pelea directa entre los términos “bien común” y “libertades individuales”, por ejemplo. Para otros, lejos de ser un plataforma para poder ejercer una ciudadanía responsable, se ha convertido en un medio que les permite “maquillar” las malas prácticas que se llevan a cabo dentro de grandes corporaciones empresariales.

Por otro lado existe quienes siguen comprendiendo la RSE de una manera limitada, y al mismo tiempo hasta dañina, considerándola únicamente como un instrumento de filantropía y ayuda social. Claramente la filantropía y ayuda social son buenas en sí mismas y son altamente necesarias en nuestra sociedad, sin embargo no son lo mismo que la Responsabilidad Social Corporativa o Empresarial. Por lo tanto equiparar ambos conceptos puede resultar dañino para los fines específicos que la segunda pretende alcanzar.

Está claro que la naturaleza y esencia de la RSE busca impactar directamente el desarrollo (humano integral, social, económico, etc.) de las comunidades alrededor del mundo. Su origen, posterior a la era industrial, y las diferentes corrientes que han suscitado a partir de este, son ejemplos concretos de la propia necesidad humana de hacer el bien, construir, reparar los daños ocasionados, retribuir y enmendar errores del pasado.

Sin embargo en muchas ocasiones, los vicios del ser humano (poder, ambición, avaricia, por poner algunos ejemplos) irrumpen abruptamente la buena voluntad de querer trabajar no solo de manera egoísta e individualista, sino también de poder aportar de manera positiva a la sociedad que nos acoge, a través del propio trabajo.

De este modo podemos comprender entonces las ventajas y desventajas que actualmente trae consigo el discurso de la implementación de la responsabilidad social, como estrategia de sostenibilidad dentro las grandes corporaciones. Pero también podemos visualizar la necesidad imperante de construir una cultura de responsabilidad social a nivel nacional, en donde todos los actores (ciudadanos, empresarios, academia y Estado) asuman su papel para poder recuperar la patria que estamos viendo sucumbir lentamente.

 

República es ajena a la opinión expresada en este artículo