Una fusión de tradiciones, costumbres, platillos, olores y experiencias única en el mundo.

Mis dos épocas favoritas del año son Navidad y Semana Santa. Y entre más reflexiono la razón de porqué mi fascinación con ambas épocas, la respuesta es bastante sencilla: porque solo en Guatemala se vive la Semana Santa y la Navidad con la misma intensidad y con una mezcla tan única de tradiciones, vivencias, sabores, sonidos y olores.

Hace varios años, por razones familiares y de estudios, tuve que pasar las fiestas fuera del país. Y quizá nunca sentí tanta nostalgia de casa como los días previos al 24 de diciembre.

Lo que hace única a la Navidad guatemalteca es la fusión de tradicionalismo social y religioso, con diversos símbolos originales de nuestro entorno, junto a algunas costumbres importadas.

A diferencia de Estados Unidos, donde las celebraciones de fin de año arrancan con la cena de Acción de Gracias, en Guatemala no hay una fecha formal que marque el inicio de las celebraciones. Para mi abuela, el día de Todos los Santos era la señal que anunciaba el final del año. De niño recuerdo que el espíritu de la época me invadía a partir de la quema del diablo. Para los más religiosos, las celebraciones de la Virgen de Concepción marcan el inicio de la temporada navideña. En cambio, para los parranderos “el Guadalupe-Reyes” anuncia que ha llegado la época de compartir; o tal y como platicaba ayer con Lilian –mi compañera de trabajo– ahora los convivios se han adelantado, y arrancan desde mediados de noviembre. En fin, la Navidad en Guatemala empieza cuando el espíritu de la época nos invade a cada uno.

En cuanto a la experiencia sensorial, mi favorito es el olor a pinabete y manzanilla. La experiencia de llegar a casa y sentir el olor del árbol de Navidad no tiene comparación. O qué decir de los sabores propios de la época. Esa fusión entre lo tradicional con lo importado. El tamal y el ponche han ido dando paso al pavo y el puré de calabaza, pero no por ello han sido desplazados, sino por el contrario, conviven en una mezcla de platillos. Por ello, a Pancho –mi primo, y anfitrión de la cena familiar– le toca planificar cuántos comen pavo y cuántos tamal. Y de estos últimos cuántos lo prefieren rojo y de marrano, y cuántos lo quieren negro.

Lo mismo ocurre con las tradiciones. Las procesiones de la Virgen y las posadas se entremezclan con costumbres importadas como los villancicos, o personajes como Scrooge y el Grinch. O qué decir de los adornos hogareños, donde el nacimiento de Cristo y las artesanías chapinas cohabita con el árbol navideño, las bombas y las luces. Los regalos también son objeto del sincretismo de tradiciones. Si bien Santa Claus es el referente de la época, todavía hay quienes esperan la visita de los Tres Reyes Magos. Y cómo olvidar los cohetes –mis favoritos de la época. Las ametralladoras, los volcancitos y las estrellitas coexisten con las luces chinas más sofisticadas que cada vez se adentran más en el mercado nacional. Por cierto, este año junto a Mariano –mi cuñado– tenemos preparada una ametralladora de cien metros para hacer ruido a la medianoche. Bueno, eso si mi suegra no nos regaña en el proceso.

Aun así, varios simbolismos y usanzas se han ido convirtiendo en tradiciones de la época. El Árbol Gallo, las decoraciones en la Avenida La Reforma, el Boulevard Liberación y Próceres, en la Roosevelt y en el Centro Histórico anuncian que se acerca la Navidad. El entretenimiento familiar queda a cargo de las Luces Campero, la pista de patinaje en la Plaza de la Constitución, y desde unos años, el mapping en la Catedral Metropolitana. Y cómo olvidar la Maratón del Juguete, recordatorio anual que esta es época de compartir.

Esa es la Navidad guatemalteca. En medio de lo tradicional y lo importado, cada persona y familia incorpora sus propias costumbres y tradiciones. ¡Feliz Navidad!

 

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