Fragmento del libro Toño Ciruelo de Evelio Rosero (Tusquets), © 2017. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

1

Confesión

Estaba solo, y tocaron a mi puerta, con fuerza, ¿quién podría ser? Desde hacía un siglo nadie llamaba a esta casa, y de semejante manera. Seguí sentado en la sala, abierto el libro como un sombrero en la rodilla. Pregunté quién es.

—Abre, hombre, estoy que me cago.

La espesa voz surgió como un relámpago en mi memoria, dio un salto hasta mí desde el otro lado de un abismo de veinte años. Era Antonio Ciruelo, no podía ser. Era Toño. Toño Temadruga, Toño el Infaltable, Toño el Ubicuo, asquerosamente Toño.

—Abre de una vez.

Abrí y Toño Ciruelo cruzó ante mí como un incendio; llevaba al hombro una mochila arhuaca que arrojó a un rincón; lo oí gritar: ¿El baño?

Señalé con los ojos.

Toño se encerró.

Un jadeo furioso.

Las ropas desbaratándose.

Y los ruidos más desgarradores se hicieron oír: las vías digestivas de Toño Ciruelo, mi conocido (nunca podré llamarle amigo), se volcaron sobre el techo y las paredes, inundaron los cimientos, rebasaron las ventanas, se adueñaron de este viejo barrio de Bogotá, lo remecieron, y después la ciudad entera cayó pulverizada: eran los ruidos de la carne de Toño, un terremoto más aterrador por lo íntimo, sus vísceras se rebelaban, su mundo de intestinos estallaba, y se apoderó del aire el olor horrible de su mierda humana, mucho más abominable que la del noble asno o perro o colibrí.

Con la mano en la nariz corrí a abrir las ventanas, volví a la sala y se oía y se oía infinita la más telúrica expresión de Toño humanizado deshumanizándose, su carne en su absoluta definición, cuando ella misma se abre y arroja lo podrido de ella misma, el olor reptaba por la garganta adentro, se transformaba en sabor agrio incorporándose al aire y se apropiaba de cada célula, el sabor del olor, todavía más invencible que las vísceras que rugían y se vertían, el sabor del olor, oscuro, viscoso, se transformaba en veneno afrentándome el alma, por qué, me pregunté, y me grité porque proviene del odioso y pérfido intestino grueso del todavía más odioso y pérfido Toño Ciruelo, sí, y lo recordé tal como era en el colegio: yo sé que la maldad que recorría las facciones de Ciruelo a sus catorce años me recorría en ese instante a mí, a mis cincuenta años.

Lo odié más.

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Solo una vez me ocurrió algo semejante: tenía nueve años; iba a viajar con mamá a Popayán y aguardábamos en un garaje de autobuses. Me dieron ganas de ir al baño. Aquí te espero, dijo mamá, y yo corrí a la búsqueda del baño —el único y disputado altar, un solo baño para cientos de hombres y mujeres, el baño público que entonces, en Bogotá, era algo parecido a un sepulcro pútrido, pero un sepulcro por dentro, toda Bogotá era ese baño.

No había nadie esperando, la puerta estaba cerrada.

Me acerqué y la puerta se abrió y brotó una monja negra de hábito blanco que pasó por mi nariz como una ráfaga excrementicia, una ráfaga mortal, funérea, que me hizo trastabillar, perder el alma. Todavía, en la inocencia de los nueve años, pretendí orinar, pero —una vez dentro y ya cerrada la puerta— el olor como un mazazo en los sentidos me apabulló: empecé a vomitar, irreversible, no solo el estómago, el alma, perdí el alma. Conté a mamá lo de la monja y ella acercó su nariz a mi cabeza y me olió: No es nada, me dijo, es que esa monja se va a morir Ciruelo se va a morir, pensé, y parecía, porque tres veces sonó el desagüe de la taza y solo a la tercera se desatoró y la puerta se abrió y emergió sepulcral Toño Ciruelo, ¿con cuántos kilos de su porquería ofrendó a Bogotá?, emergió más alto que el techo, verdoso, sudando, un extraterrestre recién llegado del abismo del tiempo: si entrecerrara los ojos al mirarlo pensaría que es el mismo Toño adolescente, estirado como un alambre, su eterna cara de payaso pérfido sonriendo con ternura, pero una ternura tenebrosa que acechaba en sus labios mojados, un gesto sin alma, un ente fatal, pendiente de tu más mínimo error.

Su largo brazo musculoso apoyándose en la nada, su camisa desabotonada, su cabeza de cuello de toro doblada.

—No sé qué me dieron —dijo—, yo solo sé que me comí una gallina.

Y se pasó la mano por la cabeza; vi que no tenía un dedo, el índice de su mano derecha. Y se puso a llorar, en silencio.

A llorar, él!

Después, extendido en el sofá —no es posible escribir cuán largo era porque era todavía más largo—, su vasto pecho de marinero subía y bajaba precipitado, el vello de macho cabrío afloraba por su camisa abierta, sobresalía en la blancura enfermiza de su piel, en las puntudas orejas, era un erizo, el ruin que siempre conocí, un rictus de ángel, pero la oscura perfidia se imponía al final, era el mal, un remoto brillo asomó a sus ojos cuando dijo: Es mentira, nunca me comí una gallina, simplemente me quise envenenar a tu salud.

Se relamió los labios. Ah, su lengua de rumiante! Sus colmillos amarillos, su sangre inyectándole los ojos!

—Empecé a comer —dijo delirante—, a comer más, vomité peor que Nerón, me comí una vaca y una cerda y media perdiz y estoy aquí, vine a morir aquí en tu casa, envenenado, y que nuestra sabia policía te declare envenenador.

Aquí entornó los ojos como si implorara, ¿o estaba borracho perdido? Borracho jamás lo vi.

—Pero vine sobre todo porque antes de morir quiero confesar, igual que los cobardes cuando van a morir, cuando buscan la paz en el umbral de la nada, cuando ya no es posible un castigo ni escuchar recriminaciones…

Así hablaba Toño Ciruelo, un principalísimo actor: el que pronuncia el último parlamento del último acto, ¿o había resuelto al fin decir la verdad a sus cincuenta años?, y ¿cuál verdad?

Guardó silencio para que una mueca de dolor trepara por sus labios hasta sus ojos, su frente se arrugó, su dolor era verdad, ¿de verdad le dieron a comer una gallina asesina, una vaca emponzoñada, una cerda fermentada, media perdiz?, ¿de verdad se intoxicó?

Cuando el dolor desapareció sus ojos subieron al techo, o a la nada, o simplemente regresaban de un recuerdo antiguo y doloroso, pero ¿era Ciruelo capaz de sentir dolor por recordar? Dolor de estómago, sí. Y ¿del otro dolor? Oí su malhadada voz, que nunca se sabía si era burla o vagido:

—¿Te acuerdas de la Indígena?

—¿La Indígena? —pregunté como si no me acordara.

—La Indígena, güevón: la Oscurana. ¿Por qué te haces el loco? Te la comiste en mi propia casa, yo dormía, te la fondeaste mientras yo roncaba, y fue lo mejor que te pudo ocurrir, Eri, porque de lo contrario estarías muerto.

—La Indígena —volví a decir asintiendo con la cabeza—, la Oscurana.

Toño Ciruelo, que seguía recostado como si flotara, de pronto se medio incorporó y su carota verde quedó a un centímetro de la mía; yo estaba sentado en un sillón, frente a él, un doliente médico y su paciente, pero qué paciente, Dios, el Ubicuo, en mi casa, ¿en dónde más estaría ahora, quintuplicado, a la búsqueda de otra víctima?, entre los fieles de una iglesia en Bogotá, en la terraza de un hotel de Riohacha, en un café de París, en un cine de New York, en el más recóndito entresijo de tu mente persiguiéndote peor que la locura.

—Eri —siguió diciéndome—, tú sí que eres pendejo.

Y su manaza izquierda, que tenía completos los dedos, me rodeó por el cuello. Dos de sus dedazos me estrangulaban. Fingí la calma que estaba lejos de sentir. La mano siguió apretando. El rostro, detrás de la manaza, me consultaba, me invadía:

—¿Cómo no te acuerdas de la Oscurana? —Y apretó más.

¿Iba a asfixiarme? Pero no quité mis ojos de los ojos que aplastaban; su boca se movía sin sonido; me dijo, contoneando los labios, sin pronunciar jamás las palabras, me dijo solo dibujando con los labios las palabras: La-ma-té

Acaso solo se oyó su aliento.

Con gran esfuerzo pude preguntar, como si lo más sencillo, como si charláramos mientras fumábamos —aunque yo ya estaba a punto de la asfixia: Por qué.

—Porque había que hacerlo, cabrón —me respondió

Y soltó mi cuello.

 

2

Repulsión

Pero voy a atestiguar quién era Toño, y quién yo, por supuesto. Y descubro, al empezar a recordar quiénes éramos, que hacía años que no reía, y me estoy riendo ahora, pero río además del puro pánico, un apretujón en el estómago, una tenebrosa polución del espíritu: aflora amarga la saliva a la boca, quisiéramos no habitar nuestro cuerpo, no habitarnos nunca más.

A Toño lo conocí en el colegio, a los catorce años (no volví a verme con él desde que rondábamos los treinta, hace veinte años). Lo conocí al empezar Segundo de bachillerato. Era un alumno «nuevo». Puse atención en él por primera vez en clase de español, después de escuchar su creación literaria —que se debía leer en el salón cada viernes—: Toño leía fascinado su composición, ¿fascinado de sí mismo, de su voz?, pero el profesor Tovar lo increpó:

—Eso es plagio, señor Antonio Ciruelo. Copió un fragmento de Marianela, de don Benito Pérez Galdós, y tuvo el descaro de copiarlo exacto. Ni siquiera alcanzó la decencia de todo buen plagiador, que pone de su parte uno que otro cambio, con el fin de pasar inadvertido y lograr un plagio… digno. Se ha ganado un cero, señor, y el desprecio no solo de nosotros sino de Dios.

Ciruelo trató de decir algo, pero la voz del profesor como un cuchillo lo cercenó:

—Siéntese ahora, señor, si no quiere que advierta al Padre Berrío. Vergüenzas como esta en un colegio de Padres Agustinos son causa de expulsión.

Aunque Ciruelo era apenas un desconocido, sentí lástima por él. Lo vi ponerse rojo carbón, balbucear alguna disculpa y derrumbarse en el pupitre. Y enseguida me tocó mi turno de leer. Con todo empeño me había esforzado en mi composición durante noches. Desde entonces me gustaba escribir, era mi sino. Recuerdo que ideé la breve historia de un perro callejero, ¿Conversación con un perro?, no recuerdo bien el título, algo banal, pero el vaivén de admiración de mis condiscípulos a medida que leía me enalteció. Solo recuerdo una frase, porque después de leerla el profesor Tovar me interrumpió. Decía: Era un perro, y ese patio olía a perra.

—De dónde lo copiaste —me atajó el profesor.

No respondí de inmediato, perplejo por la pregunta; pero la misma pregunta me orgulleció mucho más.

—No lo copié, profesor.

—De dónde lo sacaste.

—De ninguna parte, profesor.

—De dónde.

—De mi cabeza.

—Un cero, señor Heriberto Salgado, por no revelar de dónde copió su cuento.

Aquí debo aclarar que cargo sobre mis hombros el horrible nombre de Heriberto, pero también que gracias a los dioses y a la pereza de la gente me llaman Eri, desde niño.

Después de clase, ya en recreo, cuando los imbé­ ciles, esbeltos y aguerridos, corrían a jugar fútbol, me fui a la biblioteca: ratón de biblioteca desde que aprendí a leer. Iba cruzando el frío pasillo y percibí una sombra a mi lado: Antonio Ciruelo, no podía ser. No se alargaba todavía como un alambre; teníamos la misma edad, éramos los más altos del curso. Me detuve, impaciente. Los ojos de Ciruelo buscaron los míos en la fría oscuridad:

—¿Y?

—preguntó.

—Qué.

—De dónde lo copiaste. Que lo preguntara el profesor Tovar me había orgullecido. Que lo preguntara este bestia me contrarió.

—De la Biblia —dije, y continué mi camino. Ciruelo siguió detrás; nunca dejaría de seguirme, peor que una sombra:

—¿Verdad?

—preguntó—, ¿de qué lugar de la Biblia?

—Oh, es una parábola, una especie de cuento que le cuenta Jesús a los niños en las bodas de Canaán. Se llama Conversación con un perro, o Parábola de la Caridad.

—No te creo, no te burles. A mí también me gusta escribir.

—No me creas entonces.

Me puse a leer la Odisea en la mesa más retirada. Ciruelo, de pie, a mis espaldas, rozándome como un ala fría, espió el título del libro, buscó un ejemplar idéntico y se sentó a leer, a mi lado, en concentrado silencio, durante todo el recreo.

A Ciruelo no lo atraía escribir, por supuesto, solo copiar, como lo demostró esa tarde en clase de español, y copiar nada menos que a don Benito Pérez Galdós, pero, en su descargo, Antonio Ciruelo hablaba.

Hablaba.

Contaba… unas… historias —de él, de su familia— que pronto me capturaron, a mi pesar, para toda la vida. Acepté la sinuosa compañía, acepté su frío, o acepté el frío, porque, y fue un descubrimiento extraordinario, comprobé que la presencia de Ciruelo daba frío, pero esa sensación (era un frío repulsivo) desaparecía tan pronto yo la discernía; o seguramente las palabras inmediatas de Ciruelo lograban que me olvidara del frío y que, en su lugar, escuchara su voz caer de todas partes como fuego.

Hoy recuerdo dos de esos «momentos estelares» de mi vida con Ciruelo, a los catorce años.

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