Adiós estrés, adiós tumultos, adiós ofertas, adiós anuncios. Eso de dejar la ciudad para meterte en el campo es una bocanada de aire fresco, ya no para los pulmones, sino para la mente. Los perros andando libres entre patio y patio, los niños jugando en mitad de la calle y la ropa colgando en las terrazas cual exhibición de mercadillo. Una gozada de tranquilidad en la que los disgustos de la vida sin pausas de la ciudad no tienen cabida.

Pero, ¿qué pasa cuando no es la gente de ciudad, sino la propia ciudad, la que “se va” al campo?

De las cosas que te regala el tráfico de Carretera a El Salvador es poder (de forma obligada) recorrer las “vías alternas” que no son más que viejas aldeas en las que pocos, sea por desconocimiento, sea por temor, se meten a conducir en el intento de acortar tiempo. Una de ellas queda justo detrás del Condado Concepción.

El estrecho callejón alberga a una cantidad de personas impensable al verlo desde afuera. Viejas casas de campo conviven con nuevas construcción de cemento divididas en un gran número de cuartos de alquiler.

Los niños siguen jugando a los indios y vaqueros con palos de madera en mitad de la calle, pero en lugar de apartarse de alguna carreta tirada por bestias, han tenido que convertir el intento de acera en el campo de batalla más recurrido, para evitar que los grupos de todoterrenos deportivos se los pasen llevando.

Las tortillerías siguen funcionando a pie de calle, pero el aroma a maíz que tantos clientes atrae ha sido opacado por el de las camionetas que sacrifican pasaje con tal de adelantar a su “compañero”.

La ropa sigue exhibiéndose en las terrazas, aunque ahora, en lugar de tener un secado “curado”, lo tiene ahumado. El zapatero tiene por vecino a un bloque de apartamentos y la abarrotería a un auto hotel. El asfalto sustituyó a la tierra (progreso) y los túmulos poblaron este nuevo suelo negro (retroceso a la edad de piedra).

Y sí, durante un rato entré en el campo, pero el campo no logró entrar en mi mente, porque ha sido devorado por ese intento de urbe organizado con menos cabeza que un pueblo medieval.

No puedo decir que sea rural, porque de campo solo le quedan los nombres de las aldeas, pero tampoco que sea urbano, porque jamás se han detenido las alcaldías a establecer un plan de ordenamiento.

A este paso, en lugar de crear ciudades intermedias, hemos comenzado a inaugurar barrios intermedios.

 

República es ajena a la opinión expresada en este artículo