En el blog de historias urbanas escribe José Vicente Solórzano Aguilar.

¿Se acuerdan del anime japonés basado en la novela La isla del tesoro, del escocés Robert Louis Stevenson? Era un canto al valor, la amistad y la fraternidad; incluía drama, traiciones y crímenes; también retrataba el arrobamiento que el pequeño Jim Hawkins sentía por el audaz cocinero John Silver.

Tengo muy presente la escena donde Jim, oculto dentro del barril de manzanas, se entera que su adorado Silver incitaba al resto de la tripulación a apoderarse del barco La Hispaniola, matar a los que siguieran fieles al severo capitán Smollet y quedarse con el tesoro del capitán Flint. A veces nos enteramos de ciertas cosas en el lugar menos esperado, y pasé por algo parecido hace poco.

Resulta que fui al baño a descargar la orina acumulada tras la ingesta de cuatro o cinco tazas de agua pura. El sanitario estaba vacío; uno de los conserjes, que guarda parecido muy estrecho con uno de mis amigos mexicanos (al grado de que al saludarlo confundo los nombres y pienso que estoy ante mi cuate de la colonia Villa Coapa, delegación Tlalpan), trapeaba el piso. Me paré ante el mingitorio, empecé a drenar y sin querer escuché el monólogo que intentaré rehacer de memoria.

isla del tesoro-blog

La pieza estuvo a cargo de ese personaje agobiado por la calvicie prematura, barriguita incipiente y papada mal rasurada, que algún día verán con su tabla periódica de los elementos bajo el brazo dando órdenes por aquí, pidiendo que muevan este mueble para allá y tomando medidas para colocarle cortinas nuevas a las ventanas recién polarizadas.

No desaprovecha ocasión para mostrar que tiene don de mando, por lo que aprieta las cejas, saca el pecho e impone tono marcial a la voz. El personaje en cuestión entró al baño cuando yo estaba por echar el agua. Y lo confieso: evité hacer todo movimiento que delatara mi presencia. Si inspeccionaba el sanitario fingiría que estaba librando tenaz batalla contra mi vejiga, reacia a dejarse exprimir hasta la última gota de orina. Entonces capté lo siguiente:

“Con vos quería hablar. Fijate que ayer me llamaron la atención porque pasó uno de los jefes por el baño, en ese rato vos estabas trapeando el baño de mujeres, y se fijó que no estaba colocado el aviso de que no se puede pasar porque el piso está húmedo y alguien se puede resbalar.

Me dijeron que, de ahora en adelante, siempre que entrés a limpiar el baño, tenés que colocar ese aviso. Porque no puede ser así, vos. ¿Imaginate si el jefe se hubiera resbalado y caído? La responsabilidad hubiera sido tuya. Pero si se resbala y se cae, pero el cartel estaba colocado, eso ya es su responsabilidad (la típica regañada).

¿Sabés qué? A partir de mañana vos vas a estar limpiando la recepción. Te vas a poner de acuerdo con el otro muchacho para intercambiar turnos: que él se venga aquí y vos te vas para allá.

Pero tus cosas no las podés sacar de aquí, aquí se tienen que quedar. Venís, te arreglás acá, y bajás a recepción (nunca falta la sanción ejemplar). Ah, y otra cosa (pensé que ya se iba; volví a simular mi tenaz batalla con la orina), ¿ya revisaste si hay jabón de baño? El otro día se fueron a quejar que solo espuma salía (al fin se retiró y yo pude salir)”.

El conserje seguía ocupado en su tarea. Había suficiente jabón antibacterial. Podía lavarme las manos, seguro de que podría saludar cuantas veces quisiera sin temor a transmitir enfermedades como la influenza y el rotavirus. Me ahorré comentarios; me gustaría que las palabras tuvieran el efecto de convocar el alivio y el olvido inmediatos.

“Por eso es que no quiero ser jefe de nadie”, pensé mientras me escurría los dedos; no funcionaba el secador automático.

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