Pocas cosas me sorprenden más que cualquier noticia e historia sobre migrantes. Esta semana fue especial en cuánto al contenido noticioso sobre los indocumentados que pareciera que atraviesan el infierno en la tierra en búsqueda de la promesa de un cielo que no es tan glorioso como les han prometido.

Leer sobre aquellas balsas que zarpan desde tierras africanas enfrentándose al feroz Mar Mediterráneo, con una multitud de pasajeros que se aferran a sus salvavidas (si es que tienen suerte) y a sus oraciones, sabiendo que al momento de tocar tierra europea (si es que no mueren en el intento) tendrán que hacer su vida de nuevo, piedra por piedra, euro con euro, es impresionante. Estas historias le roban un suspiro a cualquier ser humano

Sorprendido, también suelo leer otras noticias de personas igual de valientes que se aventuran, ya no por mar, pero por tierra. Sumergidos en los espesos bosques de Centroamérica y atravesando desiertos mexicanos, estos migrantes ansían llegar a Estados Unidos o Canadá, sabiendo también que al momento de cruzar esa frontera (si es que lo logran) tendrán que comenzar otra vez, paso a paso, dólar con dólar; remesa a remesa.

Esta semana consulté el registro de la Agencia Migratoria de la ONU, solo para enfrentarme a cifras tormentosas. Solo el año anterior, 400 indocumentados murieron tratando de cruzar la frontera entre México y Estados Unidos. Dicha frontera ha sido calificada como la “más desigual en términos socioeconómicos del mundo”. Estas cifras no han hecho más que aumentar desde 2014. Lo que significa que, si sigue la tendencia, este año morirán por lo menos 413 personas en la frontera.

Días más tarde, 50 guatemaltecos fueron capturados por las autoridades mexicanas mientras viajaban en un camión rumbo a Veracruz. Los migrantes aseguran que habían pagado cerca de US$10 mil por el viaje. Una suma de dinero muy alta, pero lo más sorprendente es que sin dudarlo, los migrantes harán otro intento. Solo deben conseguir el dinero antes.

Sin embargo, la noticia que más me impactó fue aquella que redacté a principios de la semana. En Suchitepéquez, 13 personas habían sido aprehendidas por la policía. A continuación en dato sorprendente: eran nepalíes (de Nepal – medio oriente) y se dirigían a Estados Unidos. Una señora me hizo tres preguntas, las mismas que intenté hacer a la polícia sin obtener respuestas: ¿Cuánto tiempo llevaban viajando desde que dejaron su nación? ¿Por qué iban a Estados Unidos (territorio a miles de kilómetros de distancia) en vez de dirigirse a Europa como hacen los egipcios, libaneses y nigerianos? ¿Cuál fue la razón principal para emprender aquel viaje tan inseguro, largo y arriesgado?

La migración no es un tema para tomarse a la ligera. Movernos de un lugar a otro es lo más común; el ser humano necesita movilizarse. La diferencia está en las condiciones, razones y formas en las que lo hace. Los migrantes tienen historias que quienes estamos muy cómodos ni siquiera imaginamos. Los indocumentados merecen ser escuchados, no por morbo, pero para poder trabajar en darle una solución a estas personas que escapan de todo lo que conocieron para experimentar lo desconocido, solo por la promesa de una vida mejor… si quiera una vida digna.

¿En qué clase de lugar tienen que vivir estas personas para considerar que su única solución está en esos 10 mil dólares en las manos de un completo extraño que los guiará por el peor viaje de todos, sin ninguna garantía de éxito ni supervivencia? Pues en países como los nuestros, en Centroamérica. Pero quizás la pregunta clave aquí sea: ¿Qué clase de personas viven ante esta realidad y no hacen nada para cambiarla? Puede que esa interrogante nos incluya a usted y a mí.

 

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