¿Son tan importantes los intereses económicos que se canjean principios y valores con tal de lograrlos?

Hemos pasado los últimos diez días viendo cómo se han aliado personas que, durante décadas, se han atacado unos a otros. Todo el grupo de extrema izquierda que ha desfilado por los medios de comunicación y las redes sociales en estos días, han tenido como propósito de vida destruir al sector empresarial.  Se dedican a acabar con la “oligarquía” cuando este término les aplica a ellos mismos. Son las “élites” (otro insulto que les encanta decirles a los empresarios), que han definido los destinos de nuestro país, comprándolo con dinero.  ¿O todo lo que sucede con el sistema de justicia es gratis?

¿Es la constancia en las formas de actuar algo pasado de moda?

Aparecen unidos, hablando el mismo idioma: la lucha contra la corrupción.  Esta es una lucha en la que todos debemos participar, aunque sea proponiendo, dado que la mayoría de nosotros no participa en las tareas gubernamentales.  Esa “bandera” podría considerarse hasta loable, pero deja de serlo en el momento que escuchamos los discursos, las entrevistas y los comentarios. Más aún cuando se nos tilda de corruptos cuando nos oponemos a esa lucha.

¿Es válido aparecer ante las cámaras y tildarnos de corruptos por no estar de acuerdo con esto?

No lo es, para nada. Todo el espectro ideológico de Guatemala ha rechazado esta farsa.  Más que los actos mismos, hemos rechazado la falta de coherencia en todo esto.  Después de décadas de ataques mutuos, ahora intercambian palabras y discursos, obviamente para satisfacer intereses que, por ahora, desconocemos.

Con esto no quiero decir que alguien no puede cambiar.  Por supuesto que sí, y hay muchos ejemplos de connotadas personas que han salido de las fauces del socialismo y se han convertido en líderes empresariales, o han destacado en las letras, entre otros.

Sí se puede cambiar, siempre que ese acto sea legítimo.  Sí podemos dialogar y encontrar puntos en común, aunque sean mínimos, siempre que ese diálogo sea legítimo.  Pero el rechazo aplastante que hemos visto es muestra que no creemos en esa legitimidad.  Todos cambiaron su discurso por unas horas para luego regresar a sus trincheras con su mismo discurso anticuado y desgastado, para ejecutar los planes que tienen para lograr, cada quien, sus objetivos bastante oscuros y desconocidos.  Seguramente no serán para construir país.

Mientras tanto, los demás seguimos en la lucha, pero esa diaria en la que tratamos de salir adelante con nuestro trabajo honesto, queriendo tener una mejor calidad de vida en medio de tanta polarización.  La mal llamada “lucha contra la corrupción” sí ha generado una caída del PIB, de inversión y por ende, de empleos.  Salimos a buscar oportunidades de trabajo, de negocios, para vivir mejor. Nos mantenemos firmes a nuestras creencias, sean cuales sean, a nuestros principios y valores y no los negociamos por nada.  Con nuestras virtudes y nuestros defectos, somos consecuentes.  Eso es lo que se perdió en esta parodia de los últimos diez días.  No tardaremos en ver cuáles eran los propósitos de cada uno de los que estuvieron allí, posando para la foto, buscando estar al lado de quien ahora dice tener crisis de identidad.

Mientras tanto, Guatemala se cae, se desintegra, se polariza, se autodestruye. ¿Hasta cuándo?

 

República es ajena a la opinión expresada en este artículo