Fragmento del libro De pixar al cielo, mis años con Steve Jobs y cómo reinventamos la industria del cine, de Lawrence Levy (Paidós Empresa), © 2018. Traducción: Juan Manuel Salmerón. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

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El porqué

Una tarde de noviembre de 1994 sonó el teléfono de mi despacho. Yo era director financiero y vicepresidente de Electronics for Imaging, una empresa de Silicon Valley que desarrollaba productos para el activo sector de la edición en color por ordenador. Era un día de otoño despejado y frío en San Bruno, California, cerca del aeropuerto de San Francisco. Cogí el teléfono, sin saber quién podía ser. Lo que menos me esperaba era hablar con un famoso.

—Hola, ¿hablo con Lawrence?
—Sí, soy yo.
—Soy Steve Jobs —dijo la voz al otro lado de la línea—. Hace

unos años vi una foto tuya en una revista y me dije que algún día trabajaríamos juntos.

Incluso en aquellos momentos, en que la caída de Steve Jobs era tema de conversación en todos los corrillos de Silicon Valley, su llamada me dejó suspenso. No sería tan célebre como lo fue hasta su brusca salida de Apple diez años antes, pero en nuestra industria no ha habido una figura tan carismática como él. No pude evitar sentir cierta excitación al ver no sólo que me conocía, sino que me llamaba.

—Quisiera hablarte de una empresa que tengo —dijo.

NeXT, pensé inmediatamente. Quiere hablarme de NeXT Computer. El último proyecto de Jobs, con el que se suponía que haría su reaparición largo tiempo esperada, había sido famoso por sus ordenadores de atractiva forma cúbica, pero se rumoreaba también que atravesaba dificultades, sobre todo después de haber tenido que cerrar el negocio de hardware no hacía mucho. Mi mente se disparó: quiere relanzar NeXT, lo que podría ser un reto muy excitante. Pero lo que dijo a continuación me pilló desprevenido.

—La empresa se llama Pixar.
No NeXT. Pixar. ¿Qué diablos era Pixar?
—Muy bien —dije, sin querer traslucir lo poco que sabía de Pixar—.

Me gustaría saber más.

Quedamos en vernos.
Colgué y mi primera reacción fue de asombro. ¿Que Steve Jobs me llamara de pronto? Era sorprendente. Pero la excitación inicial se desvaneció pronto; una somera pesquisa me reveló que Pixar tenía una historia de lo más accidentada. Steve había comprado esta empresa, que George Lucas había fundado como filial de Lucasfilm, ocho años antes, tras lo cual, al parecer, había invertido en ella varios millones de dólares con la esperanza de desarrollar un potente ordenador gráfico con el consiguiente software. ¿Resultado? Poca cosa. Pixar había renunciado hacía tiempo a desarrollar ese ordenador gráfico y ninguna de las personas a las que pregunté sabía muy bien cómo se mantenía Pixar en aquel momento.

Además, Steve Jobs sería una de las personas más famosas de Silicon Valley,

pero eso no hacía sino más llamativo el hecho de que llevara mucho tiempo sin obtener un gran éxito…, muchísimo tiempo. Sus dos últimos productos antes de abandonar Apple en 1985 —los ordenadores Lisa y el Macintosh original— fueron dos de- sastres comerciales, y NeXT Computer era para muchos observa- dores más un triunfo de la soberbia que del sentido práctico: anunciado como una maravilla tecnológica, este ordenador no había podido competir con los equivalentes de Sun Microsystems y Si- licon Graphics, que eran máquinas más baratas y compatibles. La gente empezaba a olvidarse de Jobs. Cuando les decía a mis amigos y colegas que iba a ver a Steve Jobs para hablar de Pixar, casi siempre me contestaban: «¿Y para qué vas a hablar con él?» Pero el caso es que estaba intrigado y por hablar no perdía nada. Llamé, pues, al despacho de Steve y fijamos una cita.

Pese a su mala reputación, me entusiasmaba la idea de conocer personalmente a Steve, aunque no sabía con quién me en- contraría. ¿Sería el tirano veleidoso que Silicon Valley gustaba de vilipendiar, o el brillante genio que había liderado la revolución informática? La cita era en la ostentosa sede de NeXT Computer, en Redwood City, California. Llegué y me condujeron al despacho de Steve. Éste, sentado a una gran mesa cubierta de libros, vestido con sus típicos vaqueros, jersey negro de cuello alto y zapatillas, y unos años mayor que yo, se levantó y me recibió como si llevara años queriendo conocerme.

—Adelante, adelante —dijo con entusiasmo—. Tengo mucho que contarte.

No hubo que romper ningún hielo. Enseguida Steve entró en materia y me habló largo y tendido de Pixar: su historia, su tecnología y su primer largometraje, que en esos momentos estaba produciendo.

—Sólo tenemos terminados unos minutos, pero tienes que verlos. No habrás visto cosa igual en tu vida.

Conectamos enseguida. xMe pasé casi una hora sentado al otro lado de la mesa escuchando a Steve, que me explicaba la función que esperaba que yo desempeñara. zMe dijo que quería a alguien que se encargara de Pixar mientras él se ocupaba de NeXT, alguien que dirigiera el negocio, que ideara una estrategia, que la sacara a bolsa. vMe contó cómo Pixar había revolucionado la computación gráfica y estaba ahora centrada en producir su primer largometraje.

Steve me interrogó sobre mi pasado, mi familia y mi carrera. Parecía impresionado de que yo hubiera estudiado derecho en Harvard, de que hubiera sido socio de Wilson, Sonsini, Goodrich & Rosati, el gabinete de abogados más grande de Silicon Valley, que muchos años antes había sacado Apple a bolsa, y que hubiera crea- do en él un nuevo departamento de transacciones tecnológicas, el primero de su clase, que yo sepa.

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Le agradó también que yo tuviera experiencia en sacar a bolsa a una empresa. Tuve la impresión de que sondeaba mis antecedentes; parecía importante para él que yo fuera persona de fiar. Me alegraba ver que lo que oía parecía gustarle.

La conversación prosiguió fluidamente. Pero aunque era evidente que conectábamos, un sordo malestar iba creciendo en mi interior. Si Jobs estaba pensando en sacar a bolsa Pixar, debía de tener una idea clara y una estrategia bien pensada. Pero de esto nada decía. Pensé en preguntarle si tenía cifras o un plan de negocio que yo pudiera estudiar, pero viendo que iba a lo suyo, decidí no interrumpir. Estaba calándome para ver si le caía bien. Cuan- do al final Steve me preguntó: «¿Podrías visitar Pixar pronto? ¡Me gustaría que lo hicieras!», me alegré .Me encantaba la idea de ver por fin qué era aquello de Pixar.

Pero de camino a casa,

mi mente volvió a las cuestiones propiamente empresariales; él tendría que haber hablado de ellas y yo haberle obligado a hacerlo. Nos habíamos caído muy bien —mejor de lo que podía imaginar—, pero ¿cómo sabía yo que Steve no estaba produciendo lo que en la jerga se llama «campo de distorsión de la realidad», fenómeno por el que era conocido? Esta expresión se refería a la habilidad que tenía Steve para hacer creer a los demás cualquier cosa, independientemente de la realidad empresarial o comercial de esa cosa. A lo mejor estaba forjándose otra fantasía, esta vez con Pixar. Si yo aceptaba aquel trabajo y Pixar fracasaba, como todos aquellos con los que había hablado creían, la carrera que tan cuidadosamente me había labrado y mi reputación sufrirían un golpe terrible.

Y, lo que era peor, cuanto más investigaba, a más personas conocía que decían estar hartas de los excesos de Jobs. El año anterior incluso se había publicado un libro titulado Steve Jobs and the NeXT Big Thing, de Randall Stross, que era una crítica mordaz del comportamiento y las prácticas empresariales de Steve. Yo no quería ser el cabeza de turco de Steve Jobs. Con todo, resol- ví que sería mejor tener paciencia. No era el momento de tomar decisiones. El siguiente paso estaba claro: visitar Pixar.

Pixar estaba situada en Point Richmond, California.

Nunca había estado allí, ni siquiera había oído hablar del lugar. Tuve que mirar un mapa para saber dónde estaba. Point Richmond era una pequeña población entre Berkeley y San Rafael. Se me cayó el alma a los pies cuando vi el trayecto que había que hacer para llegar. Desde Palo Alto, había que coger la autopista 101 norte hacia San Francisco, cruzar el puente de la Bahía por la 80 primero en dirección este y luego norte, pasar Berkeley, coger la 580 oeste y llegar a Cutting Boulevard, donde estaba Pixar. Traté de decirme que podía hacerlo, que no era tan difícil, pero por dentro me asaltaban las dudas. Aquellas autopistas eran las más transitadas de California. Conducir hasta Pixar no sería nada divertido.

Yo siempre había trabajado duro para estar en casa con mi familia. Tenía dos hijos —Jason, de nueve años, y Sarah, de seis— y mi mujer, Hillary, estaba embarazada del tercero. Las exigencias de mi carrera no me habían hecho fácil estar en casa a la hora debida, pero siempre lo había intentado. Yo era parte de la vida de mis hijos, les leía por las noches, los ayudaba con los deberes, los llevaba en coche al colegio. Sabía la mucha disciplina que esto exigía. No quería trabajar en nada que me impidiera estar con la familia.

Guardé el mapa bastante abatido.

—No lo veo claro —le dije a Hillary un día—. Está muy lejos. No veo cómo puedo trabajar allí y seguir viviendo aquí. Y no tiene sentido mudarnos. Es demasiado arriesgado. ¿Quién sabe lo que durará? Si fracasa, mejor será que nos pille viviendo aquí.

Hillary y yo nos conocimos cuando éramos estudiantes en la Universidad de Indiana, donde me matriculé a los diecisiete años, un año después de que mi familia emigrara a Indianápolis desde Londres, donde me crie. Hillary era menuda, de ojos azules, pelo moreno y ondulado, y tenía una linda cara de barbilla graciosa y puntiaguda. Era de naturaleza afable, sensata e inteligente. Nos casamos estudiando el posgrado. Solíamos decir que crecimos juntos porque nuestros veinte años fueron un tiempo de grandes cambios.

Asistimos a la escuela de posgrado en Boston, tras lo cual trabajamos un breve tiempo en Florida, donde mi familia vivía entonces. A los dos años nos mudamos a Silicon Valley, donde yo podría empezar a ejercer de abogado en el pujante mundo de la alta tecnología. Con nuestro hijo de un año a cuestas, nos mudamos al oeste por nuestra cuenta. Hillary era licenciada en Patología del Lenguaje y trabajaba en el Centro Médico de Stanford, donde se especializó en la rehabilitación de pacientes con derrames y traumas cerebrales que tenían problemas para hablar. Siempre nos consultábamos las grandes decisiones.

—No te preocupes aún por eso —me aconsejó—.

Yo no desperdiciaría la oportunidad. Ve a ver. Aún no tienes que decidirte. Fijé la cita en Pixar y unos días después salí para allá. Llegando a San Francisco por la autopista 101 vi aparecer ante mí el impresionante contorno de la ciudad: las onduladas colinas cuajadas de casas, los resplandecientes edificios de oficinas que se arracimaban en el vasto distrito financiero, las nubes bajas del lado de la costa que se disiparían a lo largo del día. Fue una visión que me llenó de estupor y emoción. Cuando la autopista se bifurcó en dos ramales, uno que cruzaba la ciudad hacia el Golden Gate y el otro que atravesaba el puente de la Bahía en dirección a Berkeley, al otro lado de la bahía; me pasé al carril de

la derecha para dirigirme al puente de la Bahía.

La belleza de la ciudad dio pronto paso a la realidad de los congestionados carriles que entraban en el puente de la Bahía. Al pasar por encima de aquellos viejos ojos del puente, no puede evitar pensar en el terremoto de Loma Prieta que cinco años antes, en 1989, lo había derribado parcialmente, matando a una de las casi sesenta personas que murieron en el terremoto.

Pensar que debía cruzar aquel puente todos los días y venirme a la mente con claridad alarmante la imagen surrealista del trecho de carretera caído fue todo uno. Cuando lo atravesé, vi la larga cola que se formaba al otro lado de la carretera a medida que los vehículos que entraban en San Francisco se detenían en el peaje. La caravana parecía kilométrica. Así sería mi vuelta a casa. Mis peores temores se confirmaban. ¿Cómo iba a aceptar ningún trabajo que me obligara a hacer aquel trayecto a diario?

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