Estas son las Crónicas policiales del Comisario W.P. Chanan. Comenzamos con Si Dios me quita la vida. El autor es Francisco Alejandro Méndez. República la publicará domingo a domingo. Para más información consultá el correo [email protected] o en Twitter: @elgranfascinado

El tercer hombre

Tanto Enio como Fabio consideraban las probabilidades de que el comisario hubiera sido letalmente alcanzado por la bala del maldito atacante. Con cada metro que avanzaban, su ritmo cardiaco se incrementaba casi al ritmo de taquicardia.

Primero se toparon con los cuerpos caídos sobre los muchachos suecos. Tras palpar la yugular de ambos, apartaron los cuerpos y les pidieron a los rubios que permanecieran en el suelo y en silencio.

Las armas de los dos detectives apuntaron hacia el sitio donde estaba el tercer hombre, el que debió de disparar contra el comisario Wenceslao Pérez Chanán.

Los dos avanzaron, ahora con el corazón en la mano. Sin embargo, el impacto para ambos fue tan satisfactorio, pero de incógnita a la vez, tras observar el cadáver del tipo postrado sobre los hierros retorcidos del picop, desde donde hace unos pocos

minutos apuntaba hacia el comisario. El hombre estaba tirado hacia delante, es decir, hacia donde estaba el comisario, por lo que el disparo no pudo venir de esa dirección.

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Fabio y Enio avanzaron hacia donde estaba el cuerpo del comisario.

Su superior no tenía ninguna bala en el cuerpo. Fabio golpeó el rostro de su superior para espabilarlo. Entonces reaccionó.

—Muchachos. Me parece que cuando me lancé al suelo me golpeé la cabeza. ¿Qué pasó al fin?

—No tenemos claro. Los tres individuos están muertos. El problema es que no

sabemos quién pudo matar al tercero. Enio y yo nos encargamos de los dos que tenían a los rehenes.

El comisario se incorporó con la ayuda de sus detectives. Los tres caminaron hacia los muchachos a los que abrazaron y les brindaron sus chaquetas.

Wenceslao echó un vistazo a los tres cuerpos. Observó con detenimiento al hombre

tirado entre los restos del auto y trazó una posible trayectoria. Caminó hacia la fila de autos. Algunos curiosos habían descendido de sus autos. Los policías municipales se habían presentado para agilizar el tránsito. Cuando Wenceslao se aproximó, comenzó a escuchar aplausos y vítores. Una niña salió de su auto y abrazó al comisario, quien la apretó con cariño.

Sin embargo, seguía en busca del tercer tirador, que prácticamente le había salvado la vida. De repente se detuvo frente a un auto en el que se encontró con un hombre regordete, alto de estatura, un poco barbado y con una sonrisa nerviosa, quien le entregó un arma, con la que evidentemente había realizado el disparo.

—Estoy a su disposición, comisario.

—¿Por qué disparaste?

—Desde aquí tomé nota de todo lo que ocurría. Cuando entendí que si sus agentes disparaban, el tipo ese lo haría contra usted. Entonces decidí dispararle en la espalda.

Wenceslao observó el escudo de su camisa. Era el de la selección nacional de tiro.

Cuando lo volvió a observar recordó su cara sonriendo con una medalla en el pecho, subido en un podio en alguna de las fotografías del diario. No recordó el nombre, pero de los labios de su salvador salieron las palabras.

—Ernesto Hemin para servirle comisario.

—Jovencito. Es usted un héroe. Fue muy arriesgado lo que hizo, pero se le agradece. Me encargaré que se le reconozca con una medalla. Guarde su arma. Seguramente lo llamarán a declarar los del Ministerio Público.

El comisario regresó al punto donde se encontraban los muertos. Ya los peritos del Ministerio Público se encontraban analizando la escena. Los bomberos le brindaban primeros auxilios a los muchachos. Su padre había aterrizado en helicóptero a los pocos metros. Buscaba con desesperación al comisario. Cuando lo encontró, le agradeció por haber encontrado sanos y salvos a sus hijos. El comisario le expresó que varios eran los responsables de ello y que esperaba que su gobierno apoya más al deporte guatemalteco. El diplomático le estrechó la mano y con extrañeza le aseguró que pondría todo de su parte para traer al país entrenadores.

Enio, Fabio y el comisario se subieron a la patrulla.

Wenceslao habló con el ministro y con el doctor Sierra para juntarse más tarde en la morgue. Ahora solamente quería tomarse un Predilecto en el Pulpo Zurdo. Era lo menos que podían hacer.

—Comisario. Están muertos los tres testigos o los tres posibles sospechosos del asesinato de la familia Figueroa ¿Y ahora? ¿Qué sigue?

—Acelere, Fabio. Tomémonos unos tragos. Creo que por hoy fue suficiente. ¿Cuándo ganaremos una medalla olímpica en tiro?

La patrulla enfiló hacia la zona 5. En el bar esperaban con entusiasmo al comisario.

Una pieza de Héctor Lavoe estaba a punto de sonar.

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Estas son las Crónicas policiales del Comisario W.P. Chanan. Comenzamos con Si Dios me quita la vida. El autor es Francisco Alejandro Méndez. República la publicará domingo a domingo. Para más información consultá el correo [email protected] o en Twitter: @elgranfascinado

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