Vimos en mi artículo anterior que la causa de este desastre urbano que divide, margina, aísla y separa a los ciudadanos, haciendo difícil, si no imposible el intercambio de experiencias valiosas que promueven el crecimiento humano del individuo, se debe a la planificación y zonificación totalitaria que condujo al mal diseño urbano. La solución está en la libertad de responder al mercado y en el buen diseño urbano. El buen diseño lo vemos y experimentamos en aquellas urbes que son turísticamente exitosas, aquellas que la gente desea visitar, como Roma, Venecia, o Santiago de los Caballeros (Antigua) por manifestar fuertemente su locus, su carácter local, su memoria histórica, la identidad de sus pueblos.

Lo que resulta atractivo en éstas es la permanencia del plan urbano, la riqueza de detalles arquitectónicos de alta calidad artesanal y la mezcla de actividades propias del barrio. Lamentablemente las regulaciones, tanto de Santiago de los Caballeros (Antigua) como del centro histórico de Guatemala de la Asunción, que violan los derechos de propiedad, condenan a estas urbes a perder su carácter como tal –arquitectura de la ciudad– y lo reemplazan por el carácter de museo histórico. En la Antigua los edificios públicos afectados por el terremoto se han conservado, por legislación, tal como quedaron a causa del desastre, cuya conservación como edificios muertos los hace monumentos patológicos, con una permanencia histórica que se percibe como un pasado aislado y anómalo. Si la regulación fuese diferente y se pudiese reconstruir los monumentos dañados, éstos darían una permanencia de un pasado que experimentamos aun como relevante y propulsor. Se podría dar continuidad al desarrollo de la urbe, como sucedió en Roma desde el medioevo, renacimiento, barroco y neoclásico, sin destruir el locus, sino que por el contrario, al seguir la tipología del lugar, reafirmarlo. Los monumentos seguirían dando vida a la ciudad, como lo hace el Gran Palacio Peterhof (el Versalles ruso), construido en 1740, destruido durante la Segunda Guerra Mundial en 1941 y reconstruido después tal como era, en todo su esplendor; o la Frauenkirche (Iglesia de Nuestra Señora) en Dresden, reconstruida en toda su belleza tras su destrucción, también en la Segunda Guerra Mundial, y funcionando como tal hoy en día.  De ser así, Santiago de los Caballeros sería una ciudad viva, con una Catedral funcional en toda su magnificencia y una Santa Clara majestuosa. Pero la regulación vigente en Guatemala lo impide. A pesar de eso mantiene un locus, como fenómeno patológico por sus monumentos y como fenómeno de persistencia parcialmente relevante que aun atrae a los visitantes, por su ámbito privado –restaurantes, hoteles, comercio artesanal, etcétera.

Cayalá es un intento de volver al buen diseño urbano enfatizando fuertemente el locus guatemalteco mediante tipologías esenciales y analógicas. Obedece al plan maestro diseñado por el Arquitecto y Urbanista León Krier de acuerdo a su teoría urbanística, en colaboración con los arquitectos Pedro Pablo Godoy y María Fernanda Sánchez y a la visión empresarial,  persistencia y firmeza para sostener su deliberada decisión del ingeniero Héctor Leal. La arquitectura del lugar se debe al diseño de numerosos arquitectos que participan en el proyecto, cada uno con su diseño individual. Retomando el concepto de barrio, que reúne las actividades públicas y domésticas en un lugar, remedia el problema de alienación y aislamiento de los individuos al proveer un asentamiento urbano rico y variado, con calles, plazas, parques, tiendas, oficinas, teatros, viviendas, iglesias, restaurantes y todo aquello que se necesita para vivir una vida plena y feliz. Al crear un ambiente bello con obras de arte, el ciudadano puede disfrutar vivir en un lugar que por ser extraordinario lo saca del mundo ordinario. Su casa se convierte en el entorno urbano donde goza cosas que no puede costear en su residencia privada. Así que resulta de poca importancia si carece de medios y duerme en un pobre cuarto, pues su vida se enriquece por la experiencia urbana que le provee un locus que le devuelve su memoria histórica colectiva recordándole su identidad como pueblo hispanoamericano. Aquí experimenta una sociedad de la cual realmente se puede beneficiar al intercambiar con otros, desde cosas muy simples como una sonrisa, conocimiento, ideas, bienes y servicios, hasta las más sublimes como el amor romántico. En este sentido fáctico, Cayalá ofrece la experiencia de la “Cita Felice”.

El concepto de barrio corresponde el crecimiento poli-céntrico de la urbe. Así, la metrópolis, en lugar de crecer desparramada en una mega-polis, puede crecer por duplicación como una federación  de barrios. Cada barrio, delimitado en los bordes por avenidas automovilísticas que conectan otros barrios, bulevares, alamedas, jardines públicos, barrancos, o espacios para actividades feriales, consta de una plaza central y una calle mayor que forma la espina dorsal de una red de calles y plazuelas. Lo que los une son las calles que rematan en puntos focales. La medida de su diámetro está determinada por la distancia caminable en diez minutos de borde a borde –un diámetro de 500 a 600 metros y una superficie de 30 a 40 hectáreas máximo. El objetivo es reducir significativamente el número de kilómetros recorridos al día por cada persona entre el puesto de trabajo, hogar, escuela, tiendas y actividades de ocio. La sensación de seguridad en los espacios públicos aumenta gracias a la eficacia de la circulación y densidad de la trama urbana.

Para la creación de la buena urbe, el uso mixto es una condición necesaria, pero no es condición suficiente. Los usos cívicos y públicos deben estar dispersos en el barrio, cada uno con su plazuela, es decir, se debe evitar su concentración en un área especializada  y deben mezclarse con otras funciones urbanas, evitando así, la monotonía de los efectos de la estandarización de zonificación funcional. El plan urbano debe aprovechar todos los dispositivos geométricos y topográficos disponibles. La morfología urbana debe mezclar el trazado clásico, regularizado, rectilíneo y monumental, con el trazado irregular vernáculo o doméstico. La afinación arquitectónica del asentamiento requiere la buena dosificación de la combinación del urbanismo y la arquitectura vernácula-clásicos, la unidad por su tipología analógica y la identidad de los edificios por su tipología esencial, como idea no construible y general de un edificio a partir de su esencia determinada por su actividad, uso y función, conocible sólo por el intelecto, que comprende todos los ejemplos posibles de edificios de esa clase que han sido y pueden ser construidos. Así la variedad formal de los edificios responde a su tipología esencial: una iglesia como ejemplo del tipo templum, para celebrar ritos religiosos; un monumento conmemorativo como ejemplo del tipo tholus, para indicar un lugar de veneración; un teatro o auditorio como ejemplo del tipo theatrum para imaginar un mundo posible o mejor; un palacio como ejemplo del tipo regia para administrar y reuniones públicas; una casa como ejemplo del tipo domus, para habitar o morar; y una tienda o portal de tiendas como ejemplo del tipo taberna, para comerciar. Los tipos esenciales pueden combinarse en un edificio, como por ejemplo uno con comercio en la primera planta y residencia en las plantas superiores. O en un edificio público que se hace legible por su combinación tipológica, como el Capitolio de Estados Unidos de Norteamérica que es una integración de tholus (el domo) que indica que la Constitución se venera aquí, dos theatrum que son la cámara del congreso y la cámara de senadores, una regia que es el edificio contenedor con oficinas y salones de recepción y simboliza el poder y la legislación de la cosa pública, con su respectiva plaza y jardín público atrás, y los seis pórticos (taberna) que indica su apertura a la nación con la que interactúa. Lo que debe evitarse es la variedad funcional con uniformidad arquitectónica, donde una iglesia, una biblioteca, un edificio de oficinas, un teatro, o residencias, se ven todas iguales, confundiendo la identidad de cada una.  Y por otro lado, debe evitarse la variedad formal arbitraria que destruye la claridad tipológica esencial y la congruencia entre el decoro o relativa jerarquía de los edificios.

El orden conduce a un buen diseño urbano. Pero un orden repetitivo y simple es tan aburrido como el desorden. Lo que requiere el buen diseño urbano es armonía, un orden con variedad, una complejidad organizada. Las fachadas de la edificación vernácula (doméstica) en Cayalá obedecen a una composición aditiva poli-axial (una serie de unidades pequeñas colindantes unas con otras, cada una tratada como elemento arquitectónico de pleno derecho, que unidas conforman la fachada de una parcela completa o cuadra). Sólo los edificios públicos, no residenciales, tienen fachadas de una sola parcela. Por ser un buen diseño urbano exhibe calles con vida, con comercios en el primer nivel de los edificios vernáculos y oficinas y residencias en los pisos superiores, donde la vida de la ciudad se manifiesta, diferente a las de calles muertas como las de muchas urbes modernistas, calles aburridas donde no hay nada que ver, sólo fachadas ciegas o muros espejos de hasta doscientos metros de largo.

Como todo buen diseño urbano es compacta, armónicamente ordenada con numerosas plazas donde estar. Una buena plaza debe ser un espacio público, pero íntimo y suficientemente cerrado para percibirse como una extensión de la casa. Al reposar aquí, tomando un café o leyendo un periódico uno tiene la oportunidad de estar con otra gente cuyo efecto calmante, relajador y animador es restaurador. Lo aleja a uno de la atmosfera intensa del hogar. Una buena plaza, como las que encontramos en Cayalá, no debe ser ni muy grande ni muy pequeña, pues cualquier medida superior a los treinta metros de diámetro empieza a volverse muy grande y el individuo se vuelve muy pequeño en relación al espacio que lo rodea, creando la sensación de alienación y desarraigo. En una buena plaza uno debiera poder ver la cara de otra persona en el otro extremo de la plaza, uno debiera poder, si fuera necesario, saludar a otro que camina del otro lado. La buena plaza debe ofrecer una sensación de contención pero no de claustrofobia.

La escala es fundamental en el buen diseño urbano. La altura ideal de las edificaciones es entre cinco y seis pisos, más allá de eso la gente empieza a sentirse pequeña, insignificante y trivial. Esta altura permite la misma conexión visual entre los transeúntes y los usuarios de los pisos que la de los individuos en la plaza, es decir, permite ver las caras de los otros reforzando las relaciones interpersonales.

Continuará.

 

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