“Papá cuéntame otra vez ese cuento tan bonito

De gendarmes y fascistas, y estudiantes con flequillo

Y dulce guerrilla urbana en pantalones de campana

Y canciones de los Rolling, y niñas en minifalda”

Me cuesta profundamente entender la nostalgia y el halo de añorante melancolía que se crea con cada año terminado en 8. Este 2018 seguramente lo tendremos especialmente presente, pues se cumplen 50 años de aquellos eslóganes agotados (“¡Haz el amor y no la guerra!”), los estudiantes revolucionarios, las flores y los pechos por doquier y los retratos del Che y Mao por iconografía. ¿Qué nos dejó aquel mayo? Mucha confusión, para empezar. Pero por lo demás, la generación del 68 ha pasado como todas: con sus éxitos y sus fracasos, con sus dejes en la cultura y sus gritos al aire que no se han visto aún cumplidos.

No vimos la autogestión obrera ni el final de las guerras, vimos Irak y vimos Siria, y vimos la crisis financiera del 2008.  No vimos la total liberación sexual, vimos los abusos y las grandes redes de prostitución. Pero parece que estos reportajes  nostálgicos solo nos llevan a añorar el pasado y nos olvidamos de que lo que tenemos entre manos aún está lejos de los ideales del mejor mundo. Quien sabe además si ese idealizado mayo no tuvo un poco de culpa en los problemas que ahora enfrentamos: la confusión de valores, la pérdida del respeto a la autoridad, la irresponsabilidad y la especulación.

Quizás es momento de que aquellos jóvenes del 68, que hoy ya llevan años jubilados, dejen sus recuerdos y añoranzas para las tertulias entre amigos y nos den un poco de espacio a los que ahora intentamos cambiar el mundo, a nuestro modo. Espero que no nos valgamos de huelgas ni tetas al aire, que sepamos transformar el mundo sin subvertirlo, que dejemos de vivir de los restos de una cuasi-revolución que no fue la nuestra. Espero sinceramente que quienes hoy somos la juventud podamos librarnos de los prejuicios de una generación de personas que se creen oprimidas. No podemos seguir viviendo de los vestigios de un movimiento que hoy ya está desfasado: levantar carteles de Mao y del Che en un mundo que ha conocido Cuba y Venezuela es no haber leído ni un bendito libro de historia.

Así como los jóvenes franceses en Nanterre no habían leído a Marcuse, y sin embargo lo alababan, los que hoy siguen esperando que se realice “la revolución” no saben lo que dicen: se sienten atraídos por las flores y el aire de Coachella cuando en realidad no tienen ni idea de lo que piden. Creerse moderno por pedir la revolución sexual es no saber contar: han pasado cincuenta años, esas demandas están desfasadas y a veces es un mero complejo de víctimas el que no les permite darse cuenta de que a nadie le importa dos pitos lo que hagan o dejen de hacer solos o con quien quieran. Ahora, intentar centrar el discurso público en estas demandas ya es otra cosa pues desvía de la atención a problemas realmente importantes y actuales, que no son pocos.

Mayo del 68 fue lo que fue y lo fue en el 1968. Ahora, en el 2018, por favor seamos otra cosa, lo que queramos, pero algo distinto.

 

República es ajena a la opinión expresada en este artículo