Estas son las Crónicas policiales del Comisario W.P. Chanan. Comenzamos con Si Dios me quita la vida. El autor es Francisco Alejandro Méndez. República la publicará domingo a domingo. Para más información consultá el correo [email protected] o en Twitter: @elgranfascinado

Vaca-yendo una lágrima en tu mejilla

El comisario Pérez Chanán empujó una de las dos puertas corredizas y entro de primero. Se dirigió de inmediato hacia la mesa reservada, jaló la silla y dejó caer el peso de su cuerpo con gran alivio. Le siguieron sus dos detectives. Lo dejaron en medio de ambos y en menos de lo que cantaba un gallo, una de las muchachas apareció como por arte de magia, con un viejo azafate en el que destacaba una media botella de Predilecto acompañado por gaseosas, hielo, limones y sal. Al lado del licor, dos cervezas frías para Enio y Fabio.

Apenas tocó la botella la superficie de la mesa Wenceslao la tomó, la dirigió hacia su codo, golpeó la tapa y tras observar las burbujas presionó para sacar la tapita. Vertió el líquido sobre los hielos que había ubicado Enio segundos antes en su vaso. Seguidamente realizó la mezcla con las gaseosas y el agua mineral, el limón, la sal; movió la mano en círculos, lo llevó a su boca y tragó lentamente hasta “ver a Cristo”.

—Tiene su sed, comisario. Salud por aquello de las dudas.

—Cagamos muchachos. Sin lugar a dudas, cagamos.

—Pero, ¿qué dice, comisario? ¿a qué se refiere?

—¿Se dan cuenta que matamos a los testigos o a los asesinos de la familia Figueroa?

Tras pronunciar esas palabras,

el comisario se sirvió otro trago un poco más generoso que el anterior. Enio y Fabio ordenaron más cerveza, mientras la mesera ubicaba tres escudillas con sopa de gallina, una canasta con tortillas del comal, chiltepes y un plato con pepinos bañados con limón.

—Según nuestras investigaciones, los individuos ahora fallecidos, podrían ser los responsables de esa masacre. Solamente pónganse a pensar que el hijo mayor de ellos está en la morgue y ahora estos tres cadáveres van a ir a parar a ese cuarto frío. Prácticamente estamos en cero otra vez.

Enio se había levantado de la mesa sin dejar de prestar atención a las palabras del comisario. Llegó a la rockola y automáticamente, tras meter varias monedas, pulsó la melodía favorita del comisario: El cantante de Héctor Lavoe. Apachó el botón cinco veces y luego volvió a su silla, como si en realidad no se hubiera levantado.

El teléfono celular del comisario timbró. La voz chillona y quebrada del Ministro de Seguridad y Justicia le escupía oraciones indescifrables y mal estructuradas gramaticalmente. Sin embargo, entre las que Wenceslao pudo descifrar reclamaban del desmadre que había provocado el comisario y su equipo en el trébol de Vista Hermosa.

Además, del peligro al que fueron sometidos los hijos del embajador de Suecia, que conducían cándidamente por el sector sin saber que impactarían contra el auto de los malhechores. Y ese loco que disparó, que diz que es campeón de tiro, por qué no lo consig… Wenceslao le hizo creer que la señal estaba muy mala, mientras colgó con una mano y con la otra empinó el vaso hasta “ver a Cristo”.

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Era un viernes por la tarde en la ciudad. El tráfico de carretera a El Salvador comenzaba a despejarse. Sin embargo, la carretera al Atlántico estaba por colapsar: un camión con varios semovientes chocó contra un automóvil a inmediaciones del puente Belice. Algunas de las vacas comenzaron a caer al vacío o mejor dicho al río que lleva su nombre. Otras reses, atolondradas por el golpe, enfilaron por la Calle José Martí entre conductores y peatones que no daban crédito a lo que ocurría.

De pronto, una a una, las reses comenzaron a desaparecer. Algún astuto carnicero lazó a una de ellas, desapareciéndola de la vía pública. Otros lo emularon, salieron de sus casas o se bajaron de las palanganas de los picops, para atraparlas hasta con el cincho.

Una de ellas logró pisar la Plaza Central. Un canal televisivo transmitía la estampida que poco a poco de plural pasó a singular. El angustiado locutor expresó que la vaca merecía ser salvada por burlar a la seguridad pública.

A unos kilómetros, en el interior del Pulpo Zurdo, el comisario y sus muchachos, junto a varios cadáveres de botellas brindaban por el campeón nacional de tiro. La música se había tornado pegajosa. La había escogido Fabio: los Iracundos coreaban vaca yendo una lágrima en tu mejilla…

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Estas son las Crónicas policiales del Comisario W.P. Chanan. Comenzamos con Si Dios me quita la vida. El autor es Francisco Alejandro Méndez. República la publicará domingo a domingo. Para más información consultá el correo [email protected] o en Twitter: @elgranfascinado

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