En el blog de historias urbanas escribe José Vicente Solórzano Aguilar.

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El 27 de diciembre de 1961, los talleres del centro editorial José de Pineda Ibarra del Ministerio de Educación Pública terminaron de imprimir los 3 mil ejemplares de la primera edición de los Cuentos de Belice, escritos por Alfonso Enrique Barrientos.

Semanas antes, el 31 de octubre de 1961, el huracán Hattie tocó tierra al sur de Ciudad de Belice. El meteoro lanzó olas de tres metros de altura contra las casas, arrasó con la mayor parte de edificios de madera de la capital beliceña, dejó sin hogar a cerca de 10 mil personas y motivó el traslado de las autoridades a la nueva ciudad de Belmopán en 1970, ochenta kilómetros tierra adentro.

Me imagino que Barrientos fue uno de los pocos guatemaltecos que conocieron la vieja Belize City antes de su destrucción. Licenciado en letras por la Universidad Nacional Autónoma de México, periodista fogueado en Guatemala y Buenos Aires, un día de tantos salió con libreta y lapicero en su equipaje, subió al avión de Aviateca que lo dejó en el aeropuerto de Santa Elena y de ahí viajó en carretera de terracería al pueblo fronterizo de Fallabón.

Alfonso Enrique Barrientos.

Alfonso Enrique Barrientos.

Tras visar su pasaporte,

Entró a Belice por Benque Viejo del Carmen y recorrió los distritos de Cayo, Orange Walk, Belize y Stann Creek. Observó, escuchó, tomó notas, contrastó costumbres, conversó (intérprete de por medio) y regresó con material para seis cuentos:

«Nat Brown», «La casa de Mrs. Veal», «Pat Wallace», «Natalia Zetina», «La joven Zetina Polland» y «El pantano» (incluido en la segunda edición de Cuentos de Belice, tiraje de 8 mil ejemplares, impresión finalizada el 24 de mayo de 1978).

Sea que se lo aconsejaran, ya fuera su idea, el libro fue publicado en versión bilingüe español-inglés con la intención de alcanzar a lectores residentes en British Honduras; la traducción fue firmada por H. Reina Barrios. ¿Cuántos ejemplares llegaron a manos beliceñas? ¿Se habrán reconocido en ellos? ¿Aceptarían la afirmación del escritor José Luis Cifuentes, anotada en la solapa del libro: «Acaso sea este libro el pritestimonio (sic) de una “Literatura de Belice”, escrita con sentimiento guatemalteco?».

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Miguel Ángel Asturias confío en la Biblioteca Nacional de París para depositar los manuscritos de sus novelas; los borradores de Augusto Monterroso se resguardan en la Universidad de Oviedo. Hace falta la papelería de nuestros escritores para consultarla y conocer la evolución que tuvieron sus libros antes de que los publicaran.

¿Dónde fueron a parar los apuntes dejados por Carlos Illescas, Miguel Ángel Vázquez, Enrique Juárez Toledo, Manuel José Arce y Roberto Obregón? Supongo que Barrientos guardó sus notas de viaje, recortes de periódicos y fotografías tomadas durante su estancia beliceña para consultarlos mientras daba forma a sus escritos. ¿Siguen en manos de sus familiares, se habrán perdido o los conservan en alguna institución?

Alfonso Enrique Barrientos.

En esos apuntes de Barrientos estarían las ideas,

los esbozos, el plan que siguió para armar los Cuentos de Belice. Seguro que estaba a favor de la recuperación del territorio, pero se cuidó muy bien de promoverlo en sus relatos. Pudo sortear ese milímetro escaso que separa la creación literaria de la propaganda. A cambio, dio a conocer al lector guatemalteco retazos de la vida y el paisaje situados al otro lado de la línea de adyacencia.

El oficio periodístico de Barrientos expuso los hechos de manera concisa, sin adornarlos y sin tomar partido. Tres de las historias («Nat Brown», «La casa de Mrs. Veal» y «El pantano») son protagonizados por negros, dos son encabezados por mujeres («Natalia Zetina» y «La joven Zetina Polland») y el restante incluye a un inglés en el elenco («Pat Wallace»). Retratan la procedencia caribeña, mestiza y europea de los pobladores de la porción norte de Belice. No fue un acercamiento superficial: cada párrafo escrito por Barrientos destila las vivencias que recolectó.

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¿Cuánto tiempo duró la estancia de Barrientos? La suficiente para captar el clima, la fisonomía humana, la arquitectura, los contrastes entre Guatemala y el territorio de British Honduras. Debió platicar con cantidad de gente: colonos jamaiquinos, estibadores, marineros, vendedores del mercado, funcionarios ingleses. Supo de la prohibición colonial que impedía los enterramientos en tierra y ordenaba lanzar los difuntos al mar. La práctica atentaba contra las creencias de los jamaiquinos, como lo describe el protagonista de «Nat Brown» en su carta a la reina Isabel II:

…siempre tuvimos en la isla un palmo dónde ser enterrados y a veces hasta un cementerio. Y Su Majestad sabe bien que la presencia cercana de nuestros muertos nos insufla vida y que vivimos mejor cuando tenemos la oportunidad de organizar un bodú (o bou-doo), confundiéndonos con el espíritu de los nuestros. Y ocurrió en Belice, Su Majestad, que el gobernador creyendo que esta es una práctica insana, evitó enterrarlos y ordenó el lanzamiento de los cadáveres al mar o al río, donde seguramente nadará el espíritu y ya no se nos permite celebrar el rito.

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Esa prohibición decide la suerte del personaje central de «El pantano». No quiere que el cuerpo de su esposa termine lejos del rancho donde habitaron; sabe que irá a la cárcel si desobedece la ley impuesta por el inglés. Pero el mandato que rige a su gente es más fuerte y la hunde dentro del suampo (castellanización de swamp, pantano). Si queman el cadáver y tiran las cenizas al mar, el alma se pierde para siempre. No lo permitirá. Cumple con su deber a riesgo de que su desobediencia llegue a oídos del prefecto de Stann Creek.

Regreso con «Nat Brown».

El personaje fue sentenciado a trabajos forzados en Belice junto con 98 compatriotas, y los trasladaron de Jamaica a Orange Walk. Les ofrecieron darles a cada quien su terreno cuando completaran la sentencia. Sus 98 compañeros murieron esperando el cumplimiento de la promesa. Nat Brown se entera de la llegada de la reina Isabel II a la colonia (seguro que fue licencia poética de Barrientos: la monarca visitó por primera vez Belice del 9 al 11 de octubre de 1985) y apela a Su Majestad en demanda del pedazo de tierra ofrecido. Quiere tener un palmo de terreno que pueda trabajar y donde lo entierren. Nat Brown no cuenta con que su mensaje será filtrado por la burocracia estatal y recibirá una respuesta contraria a la esperada.

Si los colonos estaban expuestos a arbitrariedades, ya se pueden imaginar cómo les iría a las mujeres. Calor, trópico y frontera: no se puede preservar la virginidad en esas condiciones. Barrientos se encontró con vidas como la de Natalia Zetina, acaso su nombre real y verdadero. Retratada como «una mujer dura de carnes, de turgentes senos, fortachona, caderuda», mora en un bohío a medio camino entre Fallabón y Benque Viejo. Sabe tirar con escopeta y ofrece refugio a contrabandistas. Tiene el oído atento a las conversaciones de sus huéspedes para enterarse del movimiento de dinero y mercancías de una orilla a otra. Se entrega al hombre que le gusta y también lo entrega si lo considera necesario.

Cierro este paseo con «Pat Wallace» (recién me fijo que todos los cuentos, excepto «El pantano», portan los nombres y apellidos de sus protagonistas; Barrientos eligió a individuos como portavoces de la colectividad). El contramaestre de un buque inglés que solía encontrarlo en el muelle, donde pasaba el rato, lo llama a toda voz. No recibe respuesta; insiste. El grito inquieta a la gente que camina y trabaja por el puerto; hace que Harry, su sobrino, corra a buscarlo al viejo caserón donde vive. Todo atrancado y cerrado. El gobernador abre investigación; cita a Harry y a su mamá, la señora Thompson. Durante el interrogatorio se enteran que Pat Wallace hablaba de establecerse en Petén. El gobernador se exalta: un súbdito inglés no puede abandonar Belice sin permiso. Ordena su búsqueda.

Alfonso Enrique Barrientos.

Wallace saca ventaja a sus perseguidores. Aunque el camino no es fácil:

Quiso apresurarse, pero las piernas se le enredaban en la maleza y el temor. Además, frente a sí, no había una abierta senda, plana y anchurosa que invitara a correr; sino la selva cerrada, nutrida de maleza espinosa, cuyo follaje se trenzaba con los bejucos y las plantas trepadoras, oponiéndole increíble resistencia. Pensó Pat Wallace en abandonar la escopeta, pero recapacitó, le pesaba más la mochila. Pensó que en llegando al primer campamento maderero de El Petén, los cortadores le auxiliarían.

A punto de arrepentirse, una esperanza alienta en Wallace: «le alentaba la idea de establecerse en Guatemala, de recuperar el tiempo perdido en Belice, donde, desde su juventud, había sido un sencillo guardián del muelle. Además, había oído decir que los guatemaltecos son hermanos de beliceños, y Pat Wallace se sentía más cerca de Belice que de Inglaterra» (el subrayado es mío).

Guatemaltecos, hermanos de los beliceños. ¿Dónde lo habrá escuchado Pat Wallace?

Barrientos no lo menciona. Será la única vez en todo el libro que aluda al posible entendimiento entre los dos pueblos. Wallace se tiende a descansar, confiado en que recibirá ayuda de cortadores, cuando oye voces y galopes que se acercan. Son mexicanos.

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Agrego datos acerca de Barrientos. Nació en Moyuta, departamento de Jutiapa, en 1921. Pudo terminar como mozo de finca; un alma generosa le facilitó la cercanía del estudio y los libros. Publicó novelas (El desertor, Áncora en la arena, Máscara segunda), cuentos (El negro, Cuento de amor y de mentiras, La huella del maniquí) y teatro (El señor embajador).

Dirigió el suplemento cultural del diario La Hora. Vivió lo suficiente para que le concedieran el Premio Nacional de Literatura; se quedó sin recibirlo, como pasó con Marco Augusto Quiroa, Franz Galich y Angelina Acuña. La muerte lo libró del padecimiento que amargó sus últimos años en 2007.

Bibligrafía

BARRIENTOS, Alfonso Enrique, Cuentos de Belice, Editorial José de Pineda Ibarra, Guatemala, 1961.

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