En el blog de historias urbanas escribe José Vicente Solórzano Aguilar.

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Con incredulidad me entero de la nueva ocurrencia de los congresistas guatemaltecos: ordenar que de aquí en adelante se celebre el día de la independencia de Israel en toda entidad del Estado. El pretexto para aprobarlo con 107 votos a favor fue que se debe promover la amistad y el entendimiento entre los pueblos. Si recibe la sanción presidencial, estrenamos nuevo día festivo el 14 de mayo. En el fondo subyace el oportunismo rastrero y el fanatismo religioso que cunde cual plaga entre la clase política del continente, de Tijuana hasta las bases que chilenos y argentinos mantienen en la Antártida.

Yo fui sionista.

A mis 14 años cayó en mis manos la novela Éxodo, firmada por el escritor estadounidense Leon Uris. El libro recreaba la odisea del barco de igual nombre, que transportaba a miles de supervivientes de los campos de concentración nazis y las autoridades del Mandato Británico de Palestina les impidieron desembarcar por largo tiempo.

Al mismo tiempo, documentó con precisión los orígenes de varios de los personajes: los hermanos Barak y Akiva ben Canaan, que abandonan su pueblo en Rusia tras vengar la muerte de su padre, muerto a manos del populacho en un pogrom, y marchan a pie a Eretz Israel para sumarse a las colonias que florecían en terrenos comprados a los árabes; una joven proveniente de una familia que se considera asimilada a los alemanes hasta que las leyes impuestas por el gobierno de Adolf Hitler les recordó su real y verdadera procedencia; un muchacho que sufre el hacinamiento que padecieron los judíos polacos en el gueto de Varsovia y se propone sobrevivir a toda costa.

Y a la vez, Éxodo incluyó un capítulo emocionante (los vellos se me erizan al recordarlo) donde describe la votación realizada en la naciente Organización de las Naciones Unidas para decidir la participación del Mandato Británico de Palestina en dos estados, uno árabe y otro judío.

Me sentí orgulloso de que el canciller guatemalteco,

solo identificado con su apellido, Granados, fuera declarado «campeón de la partición». Me indigné contra el muftí de Jerusalén cuando llamó a la destrucción de todos los judíos. Y me emocioné cuando el pequeño ejército israelí, con muchos de sus hombres fogueados en la lucha terrorista contra los ingleses, supo controlar el avance de los ejércitos enviados por Egipto, Siria, Irak y, ay, el Líbano.

Me enojé cuando la Legión Árabe de Transjordania, al mando del inglés Glubb Pachá, logró resistir en la mitad oriental de Jerusalén. También me conmovió la historia del traslado por avión de los judíos de Yemen, aislados durante siglos en las montañas del sur de la península arábiga y me divirtió la desesperación del piloto, un gringo, al ver que los yemeníes encendían fogatas en el piso del aeroplano. No sentí esa empatía cuando los árabes que cultivaron la amistad con la familia de Barak ben Canaan abandonan a toda prisa su villa para huir del avance de los israelíes.

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Yo fui partidario de la existencia de un Estado judío

asentado en ambas orillas del río Jordán. ¿Qué derecho tienen los árabes a ocupar Judea, Samaria y Galilea?, me decía. Nada, que les sigan volando reata. Y aclaro: me crié en hogar católico. En mi casa siempre repelimos la propaganda de protestantes y testigos de Jehová, defensores a ultranza del moderno estado de Israel. Cierta vez que le escupí en la cara a mi hermano, me replicó «judío». Bien que se acordaba del maltrato que sufrió Jesús a manos de los secuaces del sanedrín mientras el procurador romano Poncio Pilatos trataba de salvarlo, o al menos eso pensaba.

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Tengo inmenso cariño por Isaac Bashevis Singer, el gran narrador nacido en Polonia que preservó los hábitos, costumbres, creencias, contradicciones y la lengua, sobre todo la lengua, el yiddish despreciado por religiosos, académicos y próceres del estado de Israel como David Ben Gurion, el yiddish que brotó del alemán mixtado con hebreo que sirvió como lengua franca de los judíos asentados en territorios germánicos, polacos y rusos durante siglos.

Apenas se consolidaba como idioma literario cuando fue yugulado por los alemanazis. Bashevis Singer lo preservó y todas sus páginas fueron escritas en yiddish.

Con el tiempo cobré aprecio por las biografías, ensayos, cartas y obras de divulgación escritas por Stefan Zweig, el último representante de la sociedad artística, literaria y científica que floreció en la Viena imperial de finales del siglo XIX, cuyos últimos años fueron amargados por la pérdida de su patria y nacionalidad por el solo hecho de tener cepa judía.

Y más atrás,

en los albores de la era cristiana, floreció el genio contradictorio de Flavio Josefo, primero involucrado en la revuelta que estalló en el año 66 contra la dominación romana, luego capturado y aceptado en el bando rival merced a su amistad con el emperador Vespasiano, testigo de la destrucción del segundo templo de Jerusalén y volcado a contar la historia de su pueblo para rebatir las opiniones que consideró equívocas de sabios griegos y paganos.

No puedo olvidarme de los sefardíes, los judíos expulsados de España por los muy católicos Fernando de Aragón e Isabel de Castilla en 1492, poquito antes de que Cristóbal Colón diera por accidente con las islas aledañas al territorio americano. Conservaron las llaves de sus hogares, legadas de generación en generación; también llevaron consigo el castellano del siglo XV que echó raíces en ciudades tan alejadas como Fez, Tetuán, Bitola, Skopje, Salónica, Sarajevo, Plovdiv y Constantinopla pues los otomanos no desaprovecharon la ocasión para hacerse con los servicios de artesanos, herreros y panaderos bien calificados en sus oficios.

Ese castellano, que incorporó palabras eslavas, griegas y turcas, conservó su parentesco con el español hasta que los alemanazis y sus aliados los mandaron en tren a los campos de concentración. Esa pérdida me duele.

Basten estas menciones para aclarar el aprecio que tengo por la cultura judía porque seguro me tacharán de antisemita por criticar al estado de Israel y, de premio, me iré directo al infierno por meterme con el pueblo elegido de Dios.

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Seguro que el presidente Jimmy Morales,

promotor entusiasta del traslado de la embajada de Guatemala a Jerusalén, firmará con carácter de inmediato la conmemoración de la «amistad entre los pueblos» guatemalteco e israelí. Mi penúltima esperanza es que la Corte de Constitucionalidad le marque tarjeta roja y lo obligue a archivarla. Si no, las naciones volverán a enterarse del atraso en que nos sume la repartición de bendiciones a mansalva. Esto mientras se roba, miente y engaña.

Sepa el mundo exterior que habemos ciudadanos que desaprobamos esta decisión. Nosotros nos solidarizamos con los palestinos de Cisjordania. Ellos que sufren toda clase de tropelías, expulsiones, destrucción de cultivos, desvío de manantiales y demás abusos cometidos por los colonos israelíes al amparo de su ejército.

Que repudiamos el malvado e impío cerco por aire, tierra y mar que somete al hambre y la desesperación a los palestinos. Ese pueblo encerrado en la franja de Gaza cual judíos en el gueto de Varsovia.

Nosotros quisiéramos que el país donde nacimos y vivimos tienda su mano con generosidad a quien lo necesite. Sin sectarismos, sin filiaciones, sin condiciones. Que esperamos que la cordura prevalezca a pesar de la insensatez impuesta por la lectura literal y al calco de la Biblia.

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