Es de académicos sensatos y personas prudentes reconocer la complejidad de las figuras políticas más controversiales y relevantes de un país, evitando así generalizaciones absurdas o interpretaciones limitadas por la temporalidad de ciertos fenómenos que son demasiado recientes para comprender. Sin embargo, el fervor de las situaciones inesperadas y la necesidad de emitir una opinión producto de la inmediatez y de la necesidad de la aceptación en las redes sociales provocan comentarios poco calificados sobre personajes que por mucho que hayan causado sentimientos encontrados por un lado o por otro, merecen ser dimensionados de forma objetiva para poder comprenderlos de mejor forma. Para demostrar el punto mencionado previamente quisiera centrarme en la calificación que se le dio a las personas que mostraron alguna simpatía o respeto por el fallecimiento del alcalde capitalino Álvaro Arzú, evidenciando como muchos analistas y comentaristas fallaron en comprender las distintas facetas que representaba dicha figura para los guatemaltecos.

No pasó más de un día para que muchas personas interpretaran el respeto y admiración al Álvaro Arzú como el producto de un fenómeno psicológico conceptualizado como “Síndrome de Estocolmo”. En esencia esta distorsión mental y emocional explica como una persona, o en este caso grupo de personas, se “enamoran” o sienten admiración y fascinación por una figura autoritaria que los ha mantenido captivas. Sin profundizar sobre las razones por las cuales ocurre dicho fenómeno, quisiera hacer énfasis en por qué dicha aseveración no solo es una generalización desafortunada sino que impide la comprensión de la multiplicidad de los actores que lo admiraban y las razones por las cuales lo hacían.

La calificación de estas diferencias entre las personas que lo apoyaron se puede ver claramente representada en los tres momentos más climáticos a partir de su muerte. El primero de ellos fue el momento de las honras fúnebres realizadas en el Palacio Nacional. A dicha actividad llegaron las personas más cercanas a él y aquellos funcionarios que fueron parte de su gobierno y los que forman parte del gobierno actual que de igual manera tuvieron una relación relativamente directa con él o con su familia. Para ellos, Arzú fue una figura que en momentos políticos complicados, fue consecuente con los valores y principios que siempre profesó sin miedo alguno a las consecuencias sobre la opinión pública. Ellos conocieron el lado humano del Presidente y del Alcalde, y fueron testigos que ambas caras del mismo hombre en ningún momento estuvieron separadas. Para ellos Álvaro Arzú fue un ejemplo de un líder político y de un hombre a seguir que en estos momentos es difícil sino imposible encontrar.

El segundo de estos grupos fue el de las personas que acompañaron el féretro desde su salida del Palacio Nacional, atravesando la Sexta Avenida y llegando al Palacio Municipal. Estas personas, que no estuvieron en el círculo cercano del Alcalde y que probablemente no lo conocieron a profundidad o si quiera tuvieron una conversación cara a cara con él, mostraban el mismo sino es que más sentimiento al ver pasar la carrosa fúnebre. Ellos son los que han vivido los proyectos y las obras que ha hecho el Alcalde y su esposa en las comunidades marginales o barrios poco conocidos para los capitalinos que se quejan de que el Alcalde nunca soluciono el tráfico. Para estas personas el tráfico probablemente es lo de menos. Detrás de la figura alcaldina ampliamente criticada por aquellos que tienen todas sus necesidades satisfechas subyace una municipalidad que trabajó ampliamente en proyectos menos publicitados que mejoraron la calidad de vida de muchos que lo necesitaban. Para ellos Álvaro Arzú si los tomó en cuenta y si bien su trabajo pudo ser mejor, el riesgo de que alguien más los olvidara como suele suceder al cambio de gobierno era demasiado alto para no seguirlo apoyando.

Finalmente la carroza llegó al Palacio Municipal, el punto de reunión del tercer y último grupo. En este espacio se encontraban en su mayoría, los funcionarios que han trabajado en la municipalidad recientemente o que lo han acompañado en las últimas décadas. Son personas que más que leales a la municipalidad eran leales a Álvaro Arzú. Son personas que cuando el Alcalde regresó de la conferencia de prensa sobre la posible investigación en su contra, no dudaron ni un momento en salir a la plaza y cantar el himno en muestra de apoyo hacia él. Son los que también colaboraban en las obras sociales de la municipalidad sin ningún “pero” porque confiaban en el buen criterio del jefe de la municipalidad. Para ellos Álvaro Arzú fue como un padre que estaba siempre presente con la puerta abierta dispuesto a escuchar sus problemas para buscarles solución.

Arzú no fue una figura monolítica. La incapacidad de reconocer sus diferentes facetas hace imposible comprender la inmensidad y diversidad del apoyo y respeto que tuvo y que sigue teniendo. Sin embargo son lecciones tanto positivas como negativas que tenemos que internalizar. Estas tres formas de ver al Alcalde por parte de aquellos que han mostrado su simpatía también son riesgos e incertidumbres que ha dejado su partida. Así mismo, más que criticar estas tres percepciones de las personas, este es un ejercicio que invita a comprender la cultura política que rodeaba a esta figura controversial para sí poder ubicarlo dentro del espacio y tiempo que merece dentro de la historia de Guatemala.

 

República es ajena a al opinión expresada en este artículo