En el blog de historias urbanas escribe José Vicente Solórzano Aguilar.

Mis amigos periodistas siempre recalcan la actualidad: todo reportaje, crónica o entrevista deben ceñirse al tema del momento, coincidir con la celebración de algún aniversario u ofrecer la primicia que supere a la inmediatez de las redes sociales y la competencia del día siguiente.

Pero hay temas, les digo, que conservan vigencia por largo tiempo o buen rato. Otros demandan distancia para apreciarse mejor, sin caer en apologías o unirse al bando de los detractores solo porque sí. Eso me sucede con la administración municipal liderada en Ciudad de Guatemala por Álvaro Arzú, sea de manera directa, sea por intermediario a sus órdenes, entre 1986 y 2018.

Mi queja contra Arzú es el maltrato que sufrimos los pasajeros de los armatostes de transporte colectivo que

ruedan por la ciudad y lentamente se te van 

afuera la humanidad se transforma en animal

 la ira y el mal olor, el cansancio y el dolor

se remueven al entrar en su estómago de metal

como escribió el bajista cubano Jorge Gámez en las primeras estrofas de la canción «Violento metrobús», a cargo del grupo Zeus, para referirse al rudísimo transporte urbano de La Habana.

Con toda la autoridad y el carácter que le atribuyen sus partidarios, ¿qué le costaba a Arzú intervenir las empresas –Ega, Eureka, La Fe, Bolívar, Microtax, Flomitax, Ruta 40, Ruta 96, Adaza, Servibus, Común, R.L., Cotraudegua, Unión, Cooperativa Reforma, R.L., Coobusgua, todas pintadas de color rojo para cobrar más dinero por el pasaje bajo pretexto de que pertenecían al servicio preferencial–, sacar nuevas líneas a licitación para que sus socios las compraran a precio de ganga y mandar a traer buses más cómodos, menos contaminantes y, cuánto se le agradecería, más seguros para la gente? Nada, prefirió que los dueños se empacharan con el subsidio gubernamental y expuso a buena parte de la población capitalina al descuido, las tropelías y los asaltos.

El problema, sobra decirlo, es de larga data. «Yo andaba por los veintidós años», escribió el poeta Luis Eduardo Rivera al recordar cierta tarde de 1971. “Como de costumbre, esperaba uno de los tantos buses destartalados que circulaban por la avenida Bolívar y que, entre molestos bamboleos y estruendos de chatarra, terminaría al fin y al cabo depositándome en la entrada de Ciudad Universitaria”. (1)

Yo puedo decir que ando por los cuarenta años y el viernes de la semana pasada, como de costumbre, esperaba uno de los tantos buses destartalados que circulan por el bulevar Liberación que, entre molestos sacudones y estruendos de música norteña mexicana, terminaría depositándome en la avenida Reforma y 16 calle.

Pero al observar los modales de cada chofer, la pinta de pandillero de los tres o cuatro vagabundos que lo rodean para cobrar el pasaje, y de solo pensar que esos dos que subieron a la 40R exigirán monedas a cambio de no arrasar con las pertenencias de los usuarios, y al notar que un predicador acaba de bajar de la 22 tras recibir la ofrenda de aquellos que se asustaron con la promesa del infierno por no aceptar a Cristo como señor y salvador, no lo pienso dos veces y mejor me voy en taxi. Si puedo cubrir la distancia a pie, lo hago. El ejercicio no me viene mal aunque las suelas de mis zapatos protesten.

Lo cierto es que Álvaro Arzú tendría más defensores si se hubiera preocupado por mejorar el transporte urbano. No importa que se tuviera que pagar más: todo servicio eficiente, en manos de personal bien instruido, a salvo de vendedores de golosinas y prófugos de la justicia con biblia en mano, cuesta lo suyo.

Total, hasta diez quetzales he tenido que ceder si quiero regresar a mi casa después de las once de la noche. Todo amontonado, en el último rincón del armatoste, que todavía le queda algo de espacio. “Y si no te parece, te bajás carnal”, espeta el pandillero al volante, sin bajarle el volumen a la radio.

(1) Prólogo a la antología poética Los años de fuego, Marco Antonio Flores, Tipografía Nacional, Guatemala, 2011.

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