Como suelo hacer, empezaré por las definiciones.  La RAE define “justo” como “que obra según justicia y razón”. “Justicia” la define como “el principio moral que lleva a dar a cada uno lo que le corresponde o pertenece”.  “Solidario” lo define como “adherido o asociado a la causa, empresa u opinión de alguien”.

Como suele suceder, cada quien interpreta los términos según su conveniencia y los adapta para su propio beneficio.  Esto lo pude constatar los últimos días cuando tuve la oportunidad de ir a Panajachel y a Totonicapán a dar una capacitación a un grupo de emprendedores.

Vivimos en dos Guatemalas.  Allá no se discute si Iván Velásquez aquí, si Thelma Aldana allá, si quieren defenestrar al Presidente, las luchas ideológicas de si el socialismo destruye o no, ni nada de los temas “de coyuntura”, que abundan y cambian cada semana.

Sin embargo, la ideología destructiva sí está presente, viva e implementada por las oenegés que, como ya sabemos, reciben fondos de la “comunidad internacional” para “defender a los indígenas, sacarlos de la pobreza, proteger sus derechos humanos”, etc.

Lo que yo vi es a un grupo de más de 30 empresarios que tienen sus negocios: desarrolladores de páginas web, antojitos, venta de huevos frescos, de vegetales orgánicos, chocolate en polvo para restaurantes, abono orgánico, productos de mimbre, venta de repuestos para motos, jabones artesanales y productos de limpieza, ropa casual, etc.  Son emprendimientos pequeños que los van “sacando adelante” con lo que van aprendiendo y lo que la experiencia les dicta.

En Totonicapán hay gran cantidad de comercio. En el casco de la cabecera departamental hay un sinnúmero de negocios de todo tipo, y se ve bastante movimiento en las calles.

Sin embargo, hay quienes deciden que saben más que todos estos pequeños emprendedores y, con financiamiento internacional, les dicen que la forma es con “economía justa y solidaria”. En su “inmensa sabiduría”, esto significa que todos producen algo (algunos vegetales, textiles pequeños como manteles, entre otros), y luego lo venden y se reparte “justa y solidariamente” entre todos.  Si alguien tiene más capacidad de producir, pues recibirá igual ingreso que quien no es tan bueno.  Eso es “justo” porque todos reciben igual, y también es “solidario” porque todos se ayudan entre sí.

El resultado para ellos es, utilizando las palabras de una gran mujer que ayuda a estos emprendedores: “nos quedamos con nuestras servilletas, nuestra mesita donde las colocamos y a ver quién nos compra”.  Una servilleta de esas típicas lindas puede costar Q2 a Q3 allí. Hay días en que reciben no más de Q10.  Con eso mantienen a la familia en la miseria, pues seguramente tienen muchos hijos y los esposos producirán algo que tendrá los mismos resultados.

Con el afán de ser todos iguales, que tanto pregonan los de la ideología destructiva, dejan a todos igualmente pobres.

Pero recordemos que el nombre del juego es dinero, siempre.  Y éstos que “convencen” (obligan) a distribuir equitativamente sus ganancias, tienen muchísimo dinero.  Han recibido de la comunidad internacional alguna buena cantidad de euros, que por supuesto no reparten igualitaria y equitativamente entre todos.  El más “buzo”, ese que pone la cara y arma el proyecto, se queda con la mayor parte.  El resto le servirá para hacer la propaganda de lo bien que está ayudando a las comunidades.  Entre tanta miseria, la ignorancia es ilimitada.

En la ciudad de Guatemala discutimos hasta el cansancio lo dañino que es el socialismo, resaltamos los fracasos a nivel mundial, especialmente los cercanos como El Salvador, Nicaragua, Venezuela, Ecuador, Bolivia y, por supuesto, Cuba. Los insultos abundan pues no hay argumentos para defender tan absurdas e irreales ideas. Pero sí tienen suficiente “verborrea” para convencer a quienes les darán los cientos de miles de euros o dólares para llevar a cabo sus “causas”.

Los que vemos esto luchamos incansablemente.  Pero no hemos llegado a lo que el ex presidente Pérez Molina llamó “la Guatemala profunda”, donde no hay discusiones como éstas que tenemos aquí.  Solo hay pobreza, miseria, carencia de educación y de posibilidades de vivir mejor.

Por eso no se extrañe por qué, cuando llegan los grandes proyectos de inversión y desarrollo, como minas, hidroeléctricas, siembra de palma africana, etc., hay una gran oposición.  A quienes explotaban ahora tienen trabajo, salud, educación y una vida digna.  Entonces, se inventan que “la mina contamina”, que la hidroeléctrica contamina y desvía el río, que las grandes plantaciones de palma son monocultivos que le quitan trabajo a los agricultores pequeños, cuando los más beneficiados son estos agricultores.

El progreso y desarrollo les quita el negocio, que se llama dinero.  Buscan entonces nuevas mentiras y formas para conseguir y mantener “su forma de vida”.

 

República es ajena a la opinión expresada en este artículo