Bien reza la frase “aun cuando no te interese la política, la política siempre se interesará por ti”. La política tiene presencia en todo momento de nuestras vidas, aunque usted no lo note. El precio de la comida y la gasolina, la facilidad con la que consigue un trabajo, sus posibilidades de obtener una buena educación o de estar esperanzado con un futuro prometedor, todo ello se vincula directa o indirectamente con el Estado.

 

Y no lo digo en un sentido totalitario, como lo entendió Stalin, Hitler, Mao o Pot, o como lo sigue entendiendo Castro: esa horripilante idea que la política debe meter sus manos en todos los aspectos de la vida humana, como un estricto padre corrige a su hijo desviado con las penas más severas. Cuando el poder nos dice a qué dios rezarle o nos prohíbe rezarle a Dios, ejercitar el pensamiento propio o hacer crítica, cuando nos dice que le debemos rendir culto a la nación, en ese momento hay despotismo y toda esperanza de libertad o decoro a la vida privada ajena se ha perdido.

 

Me refiero, por el contrario, a que la buena marcha de un gobierno, fundado en instituciones públicas sólidas –aunque nunca perfectas– permiten a los ciudadanos llevar una vida cómoda y buena y le abre las posibilidades, tanto como sea posible, a que puedan soñar con un futuro mejor que el presente y trabajar por conseguirlo.

 

Por el contrario, si el cáncer de la corrupción ha invadido a todo el Estado y si el diseño institucional es tan malo que no permite mantener a raya a los antisociales, la pobreza y la inseguridad serán el pan de cada día. En un país así es muy difícil hacer planes a largo plazo, la inversión no es bienvenida, la educación y la cultura –florón de las sociedades pujantes– no tiene lugar dónde echar raíces y el destino de las nuevas generaciones es incierto.

 

Si bien la democracia es el ideal de gobierno, también debemos tener en cuenta que la democracia es el sistema que más compromiso le exige a su gente, porque en la democracia el éxito o fracaso de un gobierno y las instituciones que lo acuerpan, a final de cuentas se le atribuirá al pueblo. Un pueblo pensante, preocupado por su país, participativo, difícilmente permitirá que la vida en sociedad degenere. Pero si el pueblo es oportunista, le rehúye a los sacrificios de los proyectos a largo plazo y prefiere los placeres pasajeros, el resultado será el desastre.

 

El guatemalteco pocas veces se presentó a velar por la buena marcha de su país. Desentendido de la política y de su deber moral como ciudadano, permitió que el país se destruyera. Afortunadamente, y porque no podía ser de otra manera, hemos empezado a despertar, algo tarde, pero más vale tarde que nunca.

 

Los ciudadanos se están manifestando, han salido a las calles, se han organizado. Gente que otrora no hablaba de política, ahora lo hace y con mucho entusiasmo. La política ha dejado de ser un bonito tema de conversación entre familias y se ha trasladado a las calles y las pancartas. Ahora este impulso debe durar lo suficiente como para que los políticos entiendan quién manda aquí.

 

Guatemala está en uno de sus peores momentos y probablemente nunca en su vida ha sido tan mal visto a nivel internacional, pero son en estos momentos, cuando el cuchillo está sobre el cuello, que la gente encuentra fuerzas dentro de sus pechos para hacer cambios que en otro contexto nunca harían.

 

¡Ánimo, Guatemala, que el futuro puede ser prometedor!