La inferencia es el proceso mental de derivar una proposición de la observación y/o de otras proposiciones. Puede ser: inductiva, deductiva, o abductiva.

La inducción es el proceso de generalizar a partir de observaciones particulares o de lo menos general. Viene el término ‘inducción’ del latín inductio, de in –en, y ducere –conducir. Es pues, un modo de razonar que consiste en conducir desde los hechos hacia una conclusión general. Es la inferencia a partir de casos individuales en los que se observa la ocurrencia de un fenómeno, a que ocurre o se da en todo caso de cierta clase semejante a los anteriores en las mismas circunstancias materiales, sin contradecir todo conocimiento relevante. Dicho de otro modo, es el proceso de establecer una proposición general, universal, que se integre a todo el conocimiento relevante, a partir de casos particulares en donde se muestra su verdad.

Por ejemplo, cuando uno ve que llueve y se moja, y que siempre que llueve se moja aquello a lo que le cae el agua, uno concluye que la lluvia moja.

La deducción consiste en pasar de proposiciones universales a conclusiones universales o particulares. Siguiendo con nuestro ejemplo, por inducción llegamos a la proposición universal: la lluvia moja. Vemos que llueve, por lo tanto concluimos que porque todo aquello a lo que le llueve encima se moja, si uno sale bajo la lluvia uno se moja, por eso tomamos un paraguas y nos protegemos con él.

La abducción consiste en que a partir de observaciones, por medio de un proceso de deducción de regreso, planteando diversas hipótesis, se busca la posible causa de lo observado, y se verifica por el método de concordancia y diferencia de Mill, que es un proceso inductivo. Siguiendo con nuestro ejemplo: Llegamos a casa de un amigo y vemos que el césped está mojado. Pensamos en varias hipótesis que puedan explicar las causas de que el césped esté mojado. Una es que llovió. Otra es que regaron el césped. Otra es que una tubería de agua que pasa por el jardín se hubiera averiado y la fuga de agua mojó el césped. Observamos si otros objetos –el camino, la casa, autos alrededor –están también mojados. Si no lo están, descartamos que haya llovido. Revisamos el jardín y no encontramos ninguna fuga de agua. Luego concluimos que la razón de que el césped esté mojado es que lo regaron. Es el razonamiento que usan los detectives para resolver un crimen, o los médicos para diagnosticar una enfermedad.

La inducción es la manera fundamental de adquirir conocimiento conceptual. Sin la inducción no habría premisas universales de donde deducir. Por tanto, la deducción presupone la inducción. Toda inferencia o es inductiva o es de premisas a las que se llega inductivamente. Por eso, quien ataca la inducción, ataca toda inferencia.

La teoría Objetivista de inducción es la de Leonard Peikoff, presentada en The Logical Leap y en su curso sobre inducción, que se basa en la naturaleza jerárquica del conocimiento y en que los conceptos son clasificaciones abiertas. Su teoría se desarrolla a partir de la teoría de conceptos de Rand.

La jerarquía se aplica de igual modo a las generalizaciones que a los conceptos. De tal manera que, para entender la inducción, no se puede analizar en una etapa casual o aleatoria de la jerarquía. Así como es imposible entender la formación de conceptos de nivel superior ignorando su jerarquía, así es imposible entender la inducción examinando una generalización de nivel superior, como “el agua hierve a los 100°C” aisladamente, ya que ésta no se forma de la percepción directa.

Las generalizaciones más avanzadas dependen de generalizaciones menos avanzadas, de tal manera que los casos que deben examinarse primero son aquellos que están en la base de la jerarquía. La base consiste en generalizaciones de primer nivel, aquellas que son primarias, que no tienen generalizaciones previas. Peikoff pone como ejemplos: “El fuego quema el papel”, “empujar una pelota la hace rodar”, “beber agua calma la sed”.

Los hechos de los que se formulan las generalizaciones de primer nivel, son evidentes, es decir, directamente perceptibles. Los conceptos que se usan para formular esos hechos son conceptos validados por la percepción directa y por lo tanto, son inerrables. No se puede errar al formar conceptos como ‘azul’, ‘suave’, ‘encima’, etc. Todo caso de generalización de primer nivel como “el fuego quema el papel”, “empujar una pelota la hace rodar”, “beber agua calma la sed”, son identificaciones de conexiones causales.

De hecho, toda inducción, a cualquier nivel, es una identificación de conexiones causales. Toda inducción identifica relaciones de causa y efecto, desde la causalidad que opera en los casos más simples, que pueden percibirse directamente, como ver y sentir el efecto de empujar una pelota; o ver el papel quemándose; o sentir que el agua calma la sed; hasta la causalidad más compleja que sólo puede identificarse en base a conceptos abstractos.

La inducción que identifica conexiones causales de primer nivel, percibidas directamente, no son como las más complejas, por ejemplo como que “un incremento en la oferta hace decrecer los precios”. Esta última identifica una conexión causal, pero una que no es directamente perceptible, como la conexión causal identificada en la afirmación “el fuego quema el papel.”

El proceso inductivo se da a partir del descubrimiento de que existen conexiones causales en la realidad, y su objeto es determinar entre qué elementos se dan esas conexiones. Hay conexiones causales que percibimos directamente, como cuando tenemos hambre y esta nos produce dolor de estómago, y al ingerir algún alimento saciamos esa hambre y eliminamos el dolor estomacal. Descubrimos la relación entre el alimento y la eliminación del hambre, porque si nos chupamos el dedo no saciamos el hambre, si jugamos tampoco, si pintamos menos. Por eliminación de otras actividades, concluimos que es ingiriendo alimentos que podemos saciar nuestra hambre. Descubrimos la relación entre el alimento y la eliminación del hambre, y además verificamos, que cada vez que comemos, saciamos nuestra hambre, es decir que concuerdan ambos elementos en dicho fenómeno.

Lo mismo sucede cuando tenemos sed, descubrimos la relación causal entre ciertos líquidos, como por ejemplo el agua y la eliminación de la sed. Igualmente descubrimos la relación entre nuestra conexión con el mundo y nuestros sentidos. Si cerramos los ojos dejamos de ver el mundo, y al abrirlos volvemos a percibirlo. Si nos tapamos los oídos, dejamos de oír el mundo y volvemos a percibir los sonidos al destaparlos.

Si nos tapamos la nariz, dejamos de percibir olores, los que volvemos a percibir al destaparla. Así mismo percibimos la relación causal entre nuestra voluntad y algunos de nuestros movimientos, por ejemplo al levantar el brazo, al escribir o al lanzar una pelota.

Luego abstraemos de estas percepciones, por medio de la omisión de medidas de las conexiones causales particulares, la relación causal entre entidades y la relación causal entre la acción y la identidad. Así llegamos a la conceptualización de que una cosa o persona produce un cambio en otra, y que este cambió depende de la identidad del agente y del paciente.

Para hacer una inducción válida, uno debe conocer la causalidad que opera, ya sea que la perciba directamente o que llegue a ella conceptualmente. Para generalizar de este S hace P” a todo S hace P”, uno debe saber que este S hace P porque es S, y no por otro factor. Uno debe comprender que ser S implica poder hacer P.

La segunda parte de la teoría de Peikoff, que es la explicación del mecanismo de generalizar, es decir, de cómo la mente pasa de “esto hizo tal cosa” a “todo esto hace tal cosa”, la explicaré en mi próximo artículo.