Los guatemaltecos fuimos arrollados el 16 de abril por los acontecimientos que se precipitaron frente a nuestros propios ojos. En cuestión de pocos minutos, se anunciaron cateos y órdenes de captura contra personajes públicos muy conocidos, algunos de ellos funcionarios de gobierno y otros personajes políticos. Este esfuerzo de investigación e inteligencia, conducido por la CICIG y el Ministerio Público, desnudó una realidad que ha existido en nuestro país desde hace muchos años, pero que pocas veces los guatemaltecos habíamos podido ver y oír a través de prueba documental. Me refiero a la existencia de cuadros organizados para saquear los recursos de la nación. Lo dramático del caso no fue solamente ver el funcionamiento en tiempo real de estas estructuras sino también el hecho de que a la cabeza de ésta, o al menos al frente de esta primera red denunciada, hubiera profesionales de alta investidura, que dirigían comisiones contra un delito que ellos mismos promovían o que ejercían funciones en instituciones encargadas de recaudar lo que ellos mismos se robaban. Una verdadera estampa surrealista.

 

Todo lo sucedido a partir de la denuncia sobre la existencia de esta organización, denominada “La Línea” ya ha pasado a los anales de nuestra historia. Un vendaval político que en solo 20 días lleva ya en la cuenta varios funcionarios renunciantes -entre ellos la Vicepresidenta-; visas retiradas, manifestaciones multitudinarias y hasta una guerra de medios de comunicación. No sabemos dónde terminará este proceso, pero lo cierto es que no volveremos a ser iguales. Una movilización ciudadana muy auténtica, la ha emprendido en contra de nuestro sistema político, contra ese sistema que promueve el patrimonialismo, el clientelismo y la robocracia como modo de vida. Difícilmente las estructuras de crimen se volverán a mover con la comodidad con la que lo hacían antes. Ya eso es un primer triunfo.

 

Pero así como hay sujetos pertenecientes a “La Línea”, también he visto agazapados a otros personajes en torno a otra red que yo llamaría “La Liana”. Una liana, un bejuco, es una rama de árbol de la que se cuelgan algunos especímenes de la naturaleza, para brincar de un lugar a otro. Casi aprovechando el movimiento pendular de la liana, estos animales se suben a ella, viendo la ocasión simplemente para desplazarse a un nuevo ambiente. Llevando este ejemplo a asuntos referidos a la política de nuestro país, aquellos personajes que nunca han construido nada, aquellos que electoralmente han sido y serán insignificantes, aquellos que no muestran su verdadera cara, quieren tomar la genuina indignación de la gente como una especie de liana, como un envión, para empujar su agenda oculta. Hoy se convierte en “lectores” de la situación. Hablan de una revolución que ni ellos imaginaban que pudiera comenzar –porque si ellos la convocan nadie les sigue- y tampoco tienen la más mínima idea en qué terminará. Lo único que les interesa es llevar tanto a los malos como a los que les caen mal, al patíbulo.

 

A los de esta red, a los de “La Liana”, no les preocupa ni inquieta echar por la borda la democracia y los principios republicanos. Les interesa causar confusión para que en el nuevo re arreglo de las cosas tengan al menos un mínimo chance de salir gananciosos. Que al fin y al cabo, si les sale mal siempre habrá alguien a quien culpar. Esta red no opera en la clandestinidad. No, para nada. Se mueve en círculos más elegantes, muy bien financiados y con un discurso que aprovecha el soplo de los tiempos para presentarse como voces “más inn”. En eso consiste su impunidad.

 

Hoy hay dos batallas en nuestro país. La que se lleva legalmente en contra la “La Línea” y lo que esta red criminal representa tanto en las esferas de gobierno como en ámbito de lo privado. Esa se ha emprendido públicamente y con el acompañamiento de un movimiento ciudadano cansado de la corrupción. Pero la otra batalla, la de “La Liana”, una de corte más político, puede pasar desapercibida para los ciudadanos. En esta no se pelea la caja fiscal y sus ingresos, sino el corazón de las instituciones republicanas y las garantías ciudadanas. Esa quizá no se libre hoy con procesos jurídicos sino por medio del debate que arroje la necesaria luz sobre las verdaderas intenciones de estos personajes que hoy, como Nerón de aquellos tiempos, no caminan a la par de los manifestantes sino tañen su laúd pacientemente, para ejecutarlo cuando todo arda. La primera conquista ciudadana aquí será entonces la de evitar que un espíritu ciudadano, verdaderamente genuino y espontáneo, termine siendo la liana de la que cuelguen ellos sus intereses mezquinos.