La corrupción es definida como la práctica que organizaciones –especialmente públicas – llevan a cabo al utilizar sus funciones y medios en provecho, económico o de otra índole, de sus gestores. El Banco Mundial estima que el costo de la corrupción en nuestro país supone un 20% del presupuesto nacional, lo cual equivale a Q14 mil millones. En la práctica, la corrupción supone un costo palpable para todos los guatemaltecos. Desde sufrir un accidente por transitar en una obra pública que no cumple los estándares mínimos, hasta no contar con el tratamiento adecuado en un hospital público por falta de medicamentos.

 

Para tratar de comprender mejor este fenómeno, debemos identificar los detonantes. A mi criterio, existen cuatro grandes negocios que generan la mayor cantidad de corrupción en nuestro país: (i) el narcotráfico, (ii) el contrabando, (iii) los medicamentos y (iv) la construcción de obras públicas. Estos cuatro negocios piratas -muy rentables además- han encontrado la forma de insertarse hasta lo más hondo en la administración pública. Por ende, las decisiones que muchos de nuestros gobernantes toman, no se hacen en virtud del beneficio de los ciudadanos, sino en virtud de cómo se logra la mayor tajada y rentabilidad para el gestor.

 

Nuestro sistema se ha degenerado al punto donde las obras no se deciden según las necesidades de la población, sino según la distribución de las mismas que los diputados llevan acabo en sus pseudo empresas, burlándose por completo de los procesos de licitación pública. Debemos entender que estos negocios pirata no existen en el vacío, sino que dependen de una serie de servicios de apoyo, tales como el lavado de dinero, el tráfico de influencias, el abuso de poder, la compra de voluntades, etcétera. A lo largo de los años ha crecido una red altamente desarrollada de proveedores que se dedican a atender este tipo de clientes piratas,

 

La corrupción es un cáncer que parecía no dejar de crecer. Desde hace años, este cáncer ha ido enfermando paulatina y decididamente todo nuestro sistema. Un gobierno permeado por la corrupción y sus derivados –tráfico de influencias, incumplimiento de deberes, abuso de autoridad, etc. – no vela por los intereses de la ciudadanía, ya que es dirigido por funcionarios que buscan su enriquecimiento personal. La corrupción no solo desvía recursos que podrían destinarse al bienestar público, sino que además erosiona la confianza en todo el sistema político. La impunidad y la ausencia de consecuencias, a lo largo de tantos años, ha permitido que los sistemas de corrupción se hayan enraizando en las estructuras clave del estado.

 

Los guatemaltecos tenemos el poder de cambiar el rumbo de nuestro país. Las recientes marchas y gritos demandando justicia son muestra que finalmente hemos despertado. El gran beneficiario de este despertar será nuestro futuro. No solo dejaremos de pagar los altos costos de la corrupción, sino que además aseguraremos que los limitados recursos de nuestro estado se destinen a ofrecer servicios de calidad en educación, salud, infraestructura, etcétera. Guatemaltecos, no nos podemos quedar dormidos, continuemos con esa chispa que tanto nos caracteriza. Debemos seguir exigiendo ese cambio que ya estamos viendo. ¡Sigamos adelante!

 

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