Por José Carlos Ortega Santa Cruz

He trabajado en comunidades urbanas y rurales paupérrimas, promoviendo el desarrollo personal, comunitario y nacional. He podido compartir con maravillosas personas que voluntariamente trabajan por sus comunidades, con sacrificio y sin remuneración, he hecho amigos en todos esos lugares. He visitado lugares olvidados, dentro de esta ciudad, con personas que tienen ciertas necesidades, inclusive físicas, solo por el hecho de no tener o contar con ciertos servicios básicos, como agua potable, saneamiento, recolección de basura, etc. En muchas de estas comunidades hemos llevado un mensaje diferente, un mensaje de esperanza, un mensaje de empoderamiento, de liderazgo comunitario, productividad, desarrollo, de competitividad. En muchas de mis pláticas, ante el ineludible pensamiento asistencialista, reforzado por los gobiernos corruptos locales y nacionales que nos han antecedido, a través de bonos que no son ni seguros, ni solidarios; ante la bolsa que llega pocas veces, y si llega, llega diezmada y retrasada, las personas tienen el pensamiento recurrente de pedir más asistencia, cuando no reciben ni siquiera aquellas que sí son obligación del Estado, como la seguridad, la justicia y algunas, que aunque subsidiarias, a nivel local, como agua, drenajes, eliminación de basureros clandestinos, etc. son vitales.

En muchas de estas pláticas hago la pregunta que hoy nos inquieta, ante la apabullante comercialización y hábitos consumistas de la época, ¿y qué haría usted si hoy recibiera un millón de dólares? Y hago la advertencia: no es medio millón de quetzales, no es un millón de quetzales, ¡es un millón de dólares! Las respuestas son fascinantes. Los líderes, siempre los líderes, empiezan con mejorar el barrio de todos, etc. Algunas respuestas muy comunitarias, y otras fuera de proporción. Pero la pregunta afilada corta, choca y hace pensar como cualquier ser humano, nos iguala. Defino que el dinero se le entrega solo a esa persona, en secreto, en privado. La respuesta común es primero no le contaría a nadie. Ante una general respuesta, las historias sobre la inseguridad, sobre extorsiones a gente que apenas inicia un negocito, secuestros, asesinatos es demasiado común, terrorífica, detestable y genera una ira de impotencia. No le contaría a nadie, por seguridad, pero ni a la familia, familia que seguro se multiplicaría, amigos de momento que irían a pedir, y concluimos, hasta de forma violenta algunos.

Otro buen grupo compraría una casa, en otro barrio, alejado, con seguridad privada. Pagarían deudas, comprarían cosas. Pero hacemos cuentas, y alcanza, alcanza para algo más y la respuesta más frecuente de lo que quisiéramos es “lo sacaría del país y me iría a vivir a otras latitudes”, más cercanas a la casa de Santa Claus.

El dinero, decía alguien, es el bien más escurridizo y miedoso. A la menor situación de temor, de sentimiento de pérdida, se escurre, se traslada, se va. Necesitamos mucha inversión para generar muchas empresas y que éstas generen muchos empleos. Se ha repetido hasta el cansancio que la mejor política social es la generación del empleo. Es el mayor factor de distribución, más importante que los impuestos, las bolsas, bonos y asistencia subsidiaria. ¡No se puede repartir lo que no existe!, es matemática y contabilidad, no falacias o teoremas trastornados de burócratas de oficina o de analistas que escogieron sus carreras porque no tenían matemáticas.

No tenemos Santa Claus que nos de un millón de dólares, ni siquiera una lotería que alcance para todos. Pero lo que deseo, y espero, y demando de nuestro próximo gobierno es que cree las condiciones de confianza para atraer la inversión, que dejemos de pensar que aquí, no se puede hacer, por las condiciones de miedo y terror, y que haya muchas empresas, sobre todo medianas y pequeñas, en todos los barrios, pueblos y zonas, para que haya mucho empleo, y que así, seamos un país donde cada familia pueda cubrir sus necesidades básicas, y más…