Termina el año y con él, vienen reflexiones, tanto personales como colectivas de lo ocurrido, lo logrado y lo retrocedido en los últimos doce meses, ciertamente turbulentos. Para Guatemala, el 2015 ha sido un año trascendental en materia política, de transparencia y fiscalización, donde se rompieron numerosos paradigmas de involucramiento ciudadano y rendición de cuentas hacia funcionarios públicos. En 2015, Guatemala se convirtió en un modelo a nivel mundial de protesta pacífica efectiva y de independencia de los poderes del Estado, síntomas sin lugar a dudas positivos para una sociedad polarizada, muy resquebrajada y muy herida. Hay luces, definitivamente. La clave es prepararse para un largo y tortuoso camino que inició con una convergencia inusual de diversos sectores (MP, CICIG, ciudadanía, etc.) para botar a las cabezas visibles de un gobierno corrupto y sus correspondientes sanguijuelas. Lo importante, es no desfallecer.

Y es que esta revolución pacífica que se está dando en Guatemala apenas comienza. Apenas se derribaron los primeros muros de una fortaleza del mal que alguna vez contemplamos en la lejanía y la consideramos inalcanzable. Apenas se abrieron las primeras cloacas de corrupción pero restan muchísimas más que se muestran más aferradas a su sucio juego y sistema. Falta mucho, pero muchísimo, pero las bases se están gestando. Sin embargo, preocupan ciertas actitudes que se vislumbran, tal vez normales, al haberse perdido cierta inercia de la “Plaza”:

1) Comodidad: Bajo la dinámica del polizón (o free rider en inglés), muchas veces caemos en el error de dejar a otros la labor y el deber del ciudadano informado y activo para luego recibir los beneficios. Nos quejamos, pero no actuamos y sin embargo queremos resultados. Dejamos los costos a unos cuantos pero queremos socializar las ganancias. Una actitud propia de una masa urbana que siempre se mostró apática o reacia a involucrarse activamente en la fiscalización ciudadana. Peligroso volver a esta dinámica. 2) Activismo selectivo: Recurrimos al activismo solamente hasta que la crisis llega a nuestra puerta, hasta que algo nos indigna por incidencias personales o queremos ser parte de la moda del momento. O finalmente, solamente cuando la corrupción está personalizada y posee caras visibles (OPM, Baldetti, Baldizón, etc.), de lo contrario, el enfoque de la indignación se diluye y el paso a la acción ciudadana pierde fuerza.

Mi temor es que se pierda la inercia de la fiscalización ciudadana y nos volvamos a enfrascar en el conformismo, la comodidad, la apatía y esa falsa sensación de involucramiento que nos brinda el ciber-activismo (selectivo) en las redes sociales. Y es que ante tanto acto de corrupción cuyas consecuencias son evidenciadas desde la falta de insumos básicos en el sistema hospitalario hasta las condiciones deplorables en escuelas a nivel nacional, es fácil desmotivarse y tirar la toalla argumentando que el sistema está podrido y es imposible cambiarlo. No desfallezcamos, juguemos nuestro papel como ciudadanos y canalicemos nuestro esfuerzo y apoyo a través de asociaciones ya engranadas para la fiscalización ciudadana. Guatemala cambió y mucho. Que este cambio inicial no sea en vano y que el 2016 sea la continuación y consolidación de este despertar. No será fácil, pero ¿Desde cuándo lo que vale la pena lo es?

Jorge V. Ávila Prera

@JorgeAvilaPrera