Múltiples veces cometí el error de subirme a un carro con alguien que manejaba ebrio, de revisar mi celular y leer mensajes al estar detrás del volante y hasta de distraerme manejando por estar maquillándome. Afortunadamente ninguna de estas situaciones causó accidentes, pero en cada ocasión pude haberlos causado. El acontecimiento sucedido la semana pasada que provocó el fallecimiento del deportista Pablo Gularte fue una tragedia que ha sido abiertamente comentada y cubierta por medios de comunicación, medios sociales, amigos, familiares, espectadores, etc. Algunos resaltan el dolor por el que está atravesando la familia Gularte, mientras que otros empatizan con el acusado.

Esta columna no intenta defender ningún lado ni favorecer ningún punto de vista. Intenta ser un llamado a todos, pero en especial a los jóvenes para reflexionar en cada ocasión en la que hemos violado nuestro derecho como conductores y como ciudadanos. Abiertamente acepto mi culpa de hacerlo en distintas ocasiones y comprendo con claridad las posibles consecuencias que pude haber causado. No solo se limita a como nos comportamos a la hora de manejar, pero incluye por ejemplo, el proceso apropiado para obtener nuestras licencias (en lugar de comprarlas), el pago legal de nuestras multas y sanciones y el mantenimiento adecuado de nuestros vehículos. Lo mejor que podemos hacer es aprender de esta tragedia para evitar que algo similar vuelva a ocurrir.

Este año fue transcendental por muchas razones, pero el denominador común que se presentaba en distintas acciones era el deseo por ver un cambio positivo en Guatemala. En países más desarrollados manejar bajo la influencia es altamente castigado pero también socialmente despreciado. Si queremos ver un verdadero cambio debemos empezar por cada uno de nosotros, hasta en las cosas que muchas veces hemos considerado insignificantes. Que nos conozcan como la generación que comete errores, pero que aprende de ellos; como la generación que se sujeta a las leyes aunque el mismo gobierno no las hace cumplir y como la generación dispuesta a dejar pasar una fiesta, si asistir impone un peligro en nuestras vidas o en la de alguien más.

El cambio no surge de no equivocarnos si no de la capacidad de aceptar nuestra responsabilidad cuando lo hacemos. Si nos imponen una multa por infringir una ley, debemos ser capaces de aceptarla sin poner pretextos. En Guatemala se ha creado un círculo vicioso de hacer las cosas incorrectas porque se ha vuelto socialmente aceptable. Esto incluye manejar ebrios, tomar bebidas alcohólicas sin tener mayoría de edad, pagar mordidas etc. Nos podrá costar ver la correlación, pero para que el país realmente se desarrolle como queremos, para que se le ponga una alto a la corrupción y para que disminuya la violencia, primero debemos hacer esos pequeños cambios en nuestras propias vidas.

Yo me comprometo a ser más consciente de cada una de mis acciones y de hacer mi parte por construir un mejor país para todos. Si todos podemos asumir el mismo cambio, podremos regularnos nosotros mismos y presionarnos a hacer lo correcto. Este año pegamos de gritos, literalmente, por cambiar todo aquello que por años ha roto la paz en Guatemala. Manifestar nuestra voz marcó una diferencia histórica innegablemente, pero no va a tener impacto si no somos capaces de implementar los mismos cambios que queremos ver en nosotros mismos. Por lo mismo, seamos una generación prudente, consciente y dispuesta a hacer los sacrificios necesarios para transformar a nuestro país.