En mi artículo anterior mostré que Ayn Rand pinta en la imagen del ingeniero los principios clave de racionalidad, creatividad, productividad, y acción autogenerada o propósito como la vida apropiada del hombre. Hoy me referiré a otro concepto retratado en los héroes de sus novelas: el de la personalidad armoniosa.

Rand se vio influenciada por Nietzsche, y aunque disintió en algunos conceptos, retuvo la idea básica de que el ser humano es una unidad, que la mente y el cuerpo son inherentemente inseparables y que la mente es el instrumento del hombre para sobrevivir. En una entrevista con Garth Ancier de Focus on Youth, in 1976, Ayn Rand dijo: “¿Qué le daría a usted la idea de que el Objetivismo defiende la dicotomía mente-cuerpo, y que se inclina hacia lo que yo llamo “los místicos del espíritu”? La noción de que el hombre debería vivir dentro de su mente e ignorar el mundo exterior, contradice al Objetivismo. El Objetivismo sostiene, y prueba, que el hombre es un ser integrado de mente y cuerpo.”

Nietzsche indica, al igual que Rand –quien afirma que el hombre es quien usa su razón como medio o instrumento para su supervivencia – que el hombre, ese cuerpo consciente, actúa para pasar de una situación que considera menos satisfactoria para pasar a otra que considera más satisfactoria y que para esto debe deliberar, debe pensar:

“Todo mi yo es cuerpo y nada más, y el alma no es sino el nombre de algo propio del cuerpo. El cuerpo es una gran razón, una enorme multiplicidad dotada de un sentido propio… Tu pusilánime razón, hermano mío, es también un instrumento de tu cuerpo… Más razón hay en tu cuerpo que en tus pensamientos más sabios… El Sí-Mismo (el cuerpo) le inculca al yo: « ¡Siente dolor!» Y entonces el yo sufre y medita en torno a lo que hará para no sufrir: precisamente para eso debe pensar.” [Friedrich Nietzsche, Así Habló Zarathrustra,(España: Editorial Brugera, 1982) 70.]

Nietzsche concibe al superhombre (Übermensch) para rescatar el concepto griego del aristócrata, hombre ideal o perfecto, calificado como “kalos kagathos”, el hombre de personalidad armoniosa, armonioso en mente y cuerpo. Es una frase compuesta de dos adjetivos: “kalos” que significa hermoso, y “agathos” que significa excelente.  El poseer estas virtudes de belleza y excelencia (“kalos kai agathos”) tiene su correspondencia en la cita latina atribuida a Juvenal “mens sana in corpore sano” (mente sana en cuerpo sano).  El superhombre, este “kalos kagathos”, es el concepto del más alto desarrollo e integración posible, de poder intelectual, fuerza de carácter y voluntad, independencia, pasión, gusto y físico. El superhombre es quien ha desarrollado su potencial al máximo, quien se atreve a ser él mismo, quien valora su existencia terrena, quien vive su vida en toda su plenitud, quien dice ‘sí’ a la vida, quien vive al máximo, hasta el tope sus deseos:

“El Superhombre es el sentido de la tierra… Hermanos míos, escuchadme a mí, oíd la voz del cuerpo sano: con toda seguridad, es una voz más pura y más honrada. El cuerpo sano, el cuerpo perfecto y cuadrado es el que habla con máxima lealtad y con máxima pureza. ¡Y habla del sentido de la tierra!

 Así habló Zarathustra.” [Friedrich Nietzsche, Así Habló Zarathrustra, (España: Editorial Brugera, 1982) 70.]

Rand describe a sus héroes como hombres y mujeres de personalidad armoniosa: físicamente como esculturas de dioses griegos, y mentalmente, como eminentemente racionales y plenamente conscientes. Por ejemplo la descripción que hace de Howard Roark pareciera un retrato del David de Miguel Ángel, ese físico perfecto deliberando sobre cómo actuar:

“Alto, esbelto. Algo angular, de líneas rectas, ángulos rectos, fuertes músculos. Camina suavemente, con soltura, con demasiada soltura,  aflojándose un poco, un tipo suelto con facilidad para el movimiento, como si el movimiento no requiera de ningún esfuerzo…Manos grandes, largas: prominentes articulaciones –nudillos y muñecas – con venas duras y grandes en el dorso de las manos; manos que no parecen jóvenes ni viejas, pero sumamente fuertes.

Una mente rápida, aguda, valiente y sin temor a ser herida, hace tiempo que ha captado y entendido plenamente que el mundo no es él y sabe exactamente qué es el mundo.” [Ayn Rand, El Manantial, (Buenos Aires, Argentina: Grito Sagrado, 2004), 749.]

Dominique al ver a Roark, “Pensó en las estatuas masculinas que siempre había buscado y se preguntó cómo se vería desnudo.” [Ayn Rand, El Manantial, (Buenos Aires, Argentina: Grito Sagrado, 2004), 227.]

A Kira Argunova, la estudiante de ingeniería, la describe con cuerpo de bailarina, fuerte y capaz de movimientos gráciles que parecieran no requerir de esfuerzo alguno, y que bien podría ser una diosa griega:

“Un joven oficial de los soviets consideraba apreciativamente la línea de su cuerpo, que se dibujaba sobre el fondo claro de la ventana sin cristal; una gruesa señora cubierta de pieles observaba indignada la actitud desafiante de la muchacha, que recordaba a una cabaretera sentada en el taburete de un bar entre copas de champaña; sin embargo, la bailarina tenía un rostro tan severo y arrogante que tal vez –pensó la señora – parecería estar mejor sobre un pedestal que la junto a la mesa de un cabaret.” [Ayn Rand, Los que Vivimos, (Buenos Aires, Argentina: Grito Sagrado, 2009), 26.]

Y a John Galt, el genio inventor del generador de energía, lo retrata como al Apolo de Belvedere o el Prometeo de Paul Manship:

“Las largas líneas, desde los tobillos a las planas caderas, al ángulo de la cintura y a los hombros rectos, se parecían a las de una estatua de la antigua Grecia, compartiendo el significado de esa estatua, pero estilizadas en una forma más larga, ligera y activa, en una más ágil fortaleza, que indicaba dinamismo y una intensa energía, que no podía surgir del cuerpo de un conductor de cuadrigas, sino del de un constructor de aviones. Y así como el significado de una estatua de la antigua Grecia –la estatua de un hombre como dios – discrepaba con el espíritu de los salones del siglo actual, así su cuerpo discrepaba con un sótano dedicado a actividades prehistóricas.” [Ayn Rand, La Rebelión de Atlas, (Buenos Aires, Argentina: Grito Sagrado, 2005), 1223.]

El superhombre de Nietzsche que acepta la obligación de perfeccionarse, constantemente desarrollar y mejorar su habilidad, coraje y creatividad, encuentra un paralelo en el énfasis que Rand pone en la habilidad y fuerza de carácter, en el desarrollo de sus personajes principales y que es el fundamento de su moralidad. El héroe de las novelas de Rand es este ser integrado de mente y cuerpo, pero su integración es armoniosa, simétrica, donde ni el intelecto disminuye al cuerpo, ni el cuerpo disminuye al intelecto. Es el moderno “kalos kaghatos”, el hombre cuya personalidad armoniosa es de un superior poder racional que implica una capacidad de mantenerse en un estado total de atención consciente, objetividad, carácter y voluntad, independencia, pasión, gusto refinado y físico eficiente para vivir. Como el superhombre de Nietzsche, tiene una extensa lógica en todas sus acciones, difícil de ver debido a su magnitud y consecuentemente engañosa. Tiene la habilidad de extender su voluntad a través de grandes trechos de su vida y de despreciar y rechazar todo aquello que es nimio. Es más racional, decidido, determinado y sin miedo a la “opinión” que el hombre ordinario. Carece de las virtudes del ‘rebaño’. No sigue a nadie, prefiere, si es necesario, ir solo.  Es necesariamente escéptico. La fuerza de su voluntad radica en ser libre de todo tipo de ‘convicción dogmática’, pues se guía por su razón, su facultad para identificar los hechos. Es un ‘espíritu libre’. No esta corrompido, pues cuando elige, nunca  prefiere lo que a él le es perjudicial. Como el superhombre, es el imaginativo, el creativo, el valiente, el que se atreve, el curioso, el libre, el no limitado por morales de esclavo –el que es libre para vivir su vida al máximo y para realizarse a sí mismo.

Rand hace una alusión a este concepto de Nietzsche al poner en boca de dos villanos –Ellsworth Toohey del Manantial, y Lilian Rearden de La Rebelión de Atlas – su apreciación de dos de los héroes:

“Ellsworth Toohey permaneció a la expectativa. Hizo dos pequeñas sugerencias. Encontró en el archivo del Banner la fotografía de Roark tomada durante la inauguración de la Casa Enright, la fotografía del rostro de un hombre en un instante de exaltación, y la hizo publicar en el diario bajo el título “¿Está contento, señor Superman?”.”  [Ayn Rand, El Manantial, (Buenos Aires, Argentina: Grito Sagrado, 2004), 370.]

“–La señorita Dagny Taggart… – dijo conteniendo una leve risa –. La super mujer de quien las esposas corrientes no sospecharían nada, la joven sólo preocupada de sus negocios y acostumbrada a tratar a los hombres de igual a igual.” [Ayn Rand, La Rebelión de Atlas, (Buenos Aires, Argentina: Grito Sagrado, 2005), 580.]

Los héroes de Rand son los aristócratas de la producción, humanos integrales de inviolable racionalidad, física e intelectualmente eficientes para vivir, que unen lo teórico con lo práctico, que dan forma física y material a sus innovadores inventos, que forman la materia para que se adapte al propósito de uno, que trasladan una idea a una forma física, que aplican la racionalidad a la adaptación de la naturaleza para uso humano.

Repúblicagt es ajena a la opinión expresada en este artículo