El 2 de octubre, Colombia dijo NO a un acuerdo negociado en Cuba por las élites de gobierno y de las FARC.  Nunca hubo oportunidad para que el poder soberano, que lo ostenta el pueblo, opinara al respecto durante la negociación, que ya llevaba cuatro años antes de someterla a votación. Como la Congresista María Fernanda Cabal dijo en su trascendental intervención ante la Cámara de Representantes en Colombia, “No estamos diciendo “NO” a la paz, sino “NO” a este acuerdo.   

En Guatemala no estamos diciendo “NO” a reformar la justicia.  Estamos diciendo NO a la propuesta de CICIG y a la imposición extranjera de políticas que no necesariamente son las mejores para los guatemaltecos ni para la construcción de un Estado de Derecho.

Como ya manifesté en un artículo anteriormente, la justicia es el tema más fundamental que debemos resolver.  Sin justicia imparcial, sólida, sin intereses personales, impartida sin ideología, sin corrupción, no es posible tener una Guatemala  que se abra a la inversión y generación de empleos, a la construcción de un Estado de Derecho que nos permita a todos, sin distinción, desarrollarnos en lo que cada uno de nosotros decida hacer. 

Sin diálogo, no habrá paz.  Y sin paz, no hay justicia, ni crecimiento, ni desarrollo.  Los acuerdos de paz, firmados hace ya casi 20 años, fueron discutidos de igual forma que en Colombia: por las élites políticas de ambos lados.  Dejaron fuera a quienes tenemos el poder soberano de decidir sobre nuestro futuro.  Cuando tuvimos la oportunidad de opinar mediante el voto, DIJIMOS NO a los acuerdos de paz.  Esto debemos recordarlo siempre.  El poder soberano dijo NO.  Llevamos 20 años de vivir “en tiempos de paz”, pero el crecimiento del país, su desarrollo y la generación de oportunidades, está muy por debajo de la mayoría de países de América Latina.  Tenemos un país paralizado, con inversión casi inexistente, lo que implica muy poca generación de empleos. 

Vivimos ahora lo que quisiéramos creer que son “dolores de crecimiento” después de nuestra primavera chapina del año pasado.  No es así. Estos “dolores” no nos están llevando a ningún crecimiento ni cimentación de nuestro país.  Estamos grandemente polarizados, con muchos odios y resentimientos.  La llamada “sociedad civil” ha encontrado un vacío de poder y liderazgo sobre el cual promover sus propios intereses, sin legítimamente representar a los grupos que dicen defender.  El sector empresarial se ve afectado por imposiciones de ideas falsas que demonizan a quienes generamos empleos, inversión, desarrollo social sostenible, encadenamientos productivos, y aportamos la mayoría de ingresos al Estado.  Se nos acusa de ser “élites de poder”, cuando realmente ese poder está en las manos de esta sociedad civil, ahora empoderada por extranjeros que los apoyan con millones de euros, ideología destructiva, odio y resentimiento. 

El Convenio 169 sobre derechos de los pueblos indígenas, también está por cumplir 20 años.  Tampoco hubo diálogo, pues fue un requisito que la guerrilla exigió al gobierno para continuar con las negociaciones del acuerdo.  Pero, la gran pregunta es ¿se ha logrado algo a raíz de la firma de este convenio?  La respuesta es sí:  muchísima conflictividad.  Y ningún desarrollo para los pueblos indígenas, excepto el generado por las empresas que invierten y desarrollan a las comunidades aledañas a los proyectos.

¿Está sirviendo de algo este convenio?  Por supuesto que sí, para aquellos que quieren aprovecharse de la ausencia del Estado en todas las actividades del país, para sus propios intereses que no son más que dinero y poder.  Las acusaciones abundan, las pruebas de lo que dicen no existen, no las hay. Pero la campaña de demonización del sector privado ha logrado penetrar en muchas comunidades a nivel nacional.  Y el gobierno de turno ha sido incapaz de salir a defender a nadie; solamente cede ante las presiones de los que bloquean, amenazan, presionan con artimañas, para lograr sus propios beneficios.   

Hoy hago  un llamado al diálogo legítimo.  Se ha vuelto casi imposible hacerlo pues todos queremos hacer valer nuestras opiniones.  Es muy difícil pues las posiciones que todos tenemos son radicalmente diferentes. Yo me opongo férreamente a imposiciones socialistas destructivas.

Sin embargo, debemos intentarlo. Expresemos nuestras opiniones de forma que contribuya a construir país, a encontrar posiciones intermedias con las que todos podamos vivir en paz. Seamos nosotros  los que abramos los espacios para que esto suceda.