En contra de todos los pronósticos, Donald Trump se convirtió el martes pasado en el presidente electo de Estados Unidos. A pesar de haber perdido el voto popular, el sistema del Colegio Electoral le permitió al candidato republicano arrebatar la presidencia a una veterana de la política, la demócrata Hillary Clinton. 

La semana pasada en este mismo espacio, argumentaba sobre la dificultad de identificar el tema principal de la campaña de este año. Enumeré algunos como la migración ilegal, los escándalos de corrupción tanto política como moral, el rechazo a la política tradicional y los resultados de políticas económicas y sociales.  

Luego de la victoria de Trump me parece que el panorama queda un poco más claro. La “coalición” que llevó al controversial político al poder consistió principalmente de ciudadanos hombres, blancos, sin educación universitaria. Para muchos, esto refleja que el mensaje de Trump resaltó sentimientos racistas de dicho segmento de la población. Para otros, el apoyo de ese grupo refleja el rechazo a la política tradicional, dominada por las élites y representada por Clinton.

Sin embargo, me ha llamado la atención una hipótesis, muy acertada, que ha aparecido en algunos artículos internacionales. Pareciera que la victoria de Trump no es necesariamente una expresión racista de los estadounidenses, ni tampoco un rechazo total a la clase política. Más bien, la animadversión podría ser hacia el orden económico mundial, cada día más globalizado. El flujo libre de bienes, servicios, personas y capitales no necesariamente ha llenado las expectativas de la clase trabajadora blanca poco educada.

En efecto, hay un par de elementos que podrían fortalecer esta hipótesis. En primer lugar, si se observa los resultados de la elección, Trump ganó estados que han sido tradicionalmente dominados por los demócratas. Pensilvania y Wisconsin fueron clave para la victoria de Trump con el método del Colegio Electoral. En esta parte del país, los votantes demócratas probablemente se enfocaron más en la agenda económica propuesta por el candidato republicano, quien desde el inicio se pronunció en contra de la salida de empresas y capitales de Estados Unidos, y los términos de varios tratados de libre comercio. Dado que la elección no se gana con el voto nacional, la estrategia de enfocarse en la clase trabajadora estadounidense en estados demócratas rindió sus frutos para Donald Trump. 

Un segundo factor, poco tomado en cuenta, fue la candidatura de Bernie Sanders. El surgimiento de dicho candidato en la primaria demócrata era una señal de lo que habría de venir. Al igual que Trump, Sanders se enfocó en resaltar la frustración de los trabajadores estadounidenses y mostró su oposición a los resultados, negativos según él, del libre comercio. Al salir Sanders de la contienda, el ahora presidente electo hizo un movimiento inteligente al mantener el mensaje en contra de los supuestos daños de la economía global para los trabajadores estadounidenses.

Un par de días después de haber perdido la elección, Clinton mencionó que el anuncio de una investigación del FBI fue la responsable de su derrota. Sin embargo, yo apoyaría la hipótesis de que en efecto, el descontento con la globalización y sus efectos en la economía, la migración, los servicios públicos y la cultura en general, así como el mensaje de Trump en contra de dichos efectos, fueron la causa de su pérdida.  

La salida de Gran Bretaña de la Unión Europea, así como la negativa de los colombianos a unos acuerdos de paz, en buena medida impulsados por actores internacionales, son otros dos ejemplos que muestran el rechazo de los ciudadanos a políticas dictadas por actores externos. Estas experiencias recientes deben estar muy presentes en la mente de las élites guatemaltecas, sobre todo ahora que se discuta una reforma constitucional impulsada por actores extranjeros.    

Republicagt es ajena a la opinión expresada en este artículo